Rodolfo del Ángel del Ángel
Una de las bendiciones del evangelio es vivir y expresar nuestra comunión en Cristo. La comunión cristiana no reconoce fronteras o diferencias nacionales, raciales o de género. Desde Abraham ya todos los de la fe estamos incluidos en el gran pueblo elegido: "Todas las familias de la tierra serán bendecidas por medio de ti". (Génesis 12:3b). Esta promesa se hace real y se cumple en Cristo Jesús. El apóstol Pablo escribe en la Carta a los Gálatas: "Ya no hay judío ni gentil, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús". Gálatas 3:28.
Este es un verdadero milagro que solo la gracia de Dios hace posible. Somos un solo pueblo y una sola familia en Cristo Jesús. No somos más extraños, extranjeros o advenedizos, sino conciudadanos de los santos y herederos según la promesa. ¡La pared intermedia de separación ha sido derribada! Dios nos dice: bienvenido a casa, no necesitas más pasaporte que la fe, ni carta de naturalización, excepto, haber nacido de nuevo. Tal milagro es para celebrarlo y vivirlo, pero es, también, un desafío y llamado a ser un testimonio ante el mundo.
El mundo divide, separa, levanta murallas, impide el acceso. Esto lo vemos cotidianamente cuando los espacios que deberían estar abiertos y accesibles se cierran para decir: "Aquí no eres bienvenido". Que degradante clasificación la que se vive en nuestra sociedad: pobres y ricos, personas que tienen sus capacidades físicas plenas y los que portan una discapacidad, viejos y jóvenes, ciudadanos y extranjeros, blancos y negros, gente de razón e indígenas. Esas separaciones son resultado del pecado, del egoísmo humano que nace de un corazón indiferente a Dios y al prójimo.
Vivir nuestra comunión en Cristo y expresarla en el llamado sin distinciones y la inclusión es la vocación de la iglesia como comunidad de fe. En otras palabras, ser un oásis en un mundo desierto, ser un espacio de seguridad, paz y reconciliación en medio de una sociedad fragmentada, violenta e indiferente.
Esa unidad en Cristo que no conoce distinciones se expresa, especialmente, en la Cena del Señor que también llamamos comunión. A propósito de la Cena del Señor el apóstol Pablo escribe: "Aunque somos muchos, todos comemos de un mismo pan, con lo cual demostramos que somos un solo cuerpo". (1 Coritnios 10:17)
La mesa del Señor es una mesa abierta, siempre podemos colocar una silla más para hacer espacio y eso es lo que el Señor desea, que muchos vengan a participar de la gran fiesta del reino de Dios. Esto es un llamado no solo a la vitalidad misionera dando testimonio de Cristo, pero a ser una presencia en el mundo que abre espacios para dar lugar al que está excluído, olvidado y marginalizado.
Esto tiene mucho sentido en un mundo que levanta murallas, cierra fronteras y mira al que es diferente o viene de lejos como a un extraño del que hay que cuidarse. Si, es todo un desafío que exige compromiso, imaginación y sobre todo, amor, pero nada menos que eso es el evangelio de Cristo.
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