Domingo, 08 de Febrero de 2026
CIUDAD VALLES, S.L.P.
DIRECTOR GENERAL.
SAMUEL ROA BOTELLO
Semana del 04 de Abril al 10 de Abril de 2014

Tú eres, Padre

Tú eres, Padre

Rodolfo del Ángel del Ángel



¿Te acuerdas, padre, cuando me tomabas de la mano para cruzar la calle? Esas manos todavía me sostienen cuando tengo que atravesar caminos inciertos.

Cuántas veces en mis dudas e ignorancia tu palabra me instruyó mostrándome el camino de la sabiduría. No tuviste el privilegio de tener un padre comprensivo que pensara que conversar con el hijo y mostrarle la vida fuera importante, pero tú elegiste ser diferente, educar de otra manera, y entregar a tu hijo aquellos cheques de ternura, fuerza y compasión que tu propio padre te quedó a deber.

En el tiempo y la distancia tu voz, cuyo eco se hace más potente con el paso del tiempo, me sigue hablando cuando la duda y la incertidumbre me rodean, sigue atemperando mi carácter impulsivo, y disipando mi soberbia.

Recuerdo tu rostro de perfil fuerte y seguro que mostraba siempre resolución cualesquiera que fueran las circunstancias. Nada parecía doblegarte cuando se trataba de proteger y defender a los tuyos, pero sólo Dios sabe cuántas veces lloraste por dentro y el amor te hizo fuerte para vencer al miedo y el fracaso.

Día tras día saliste a cumplir tu tarea de manera callada, sin quejas, porque sabías que tus hijos en casa necesitaban el pan y tantas cosas más. Hubieras elegido mil veces dar tu vida antes que los tuyos pasaran por hambre y carencia.

Te preocupabas por nuestras necesidades, y no sé de qué manera te las ingeniabas para comprarnos cuanto requeríamos y tú no comprabas nada para ti. Nunca me pregunté si deseabas algo, no parecías tener alguna necesidad, tampoco traté de explicarme porque durabas tanto tiempo vistiendo las mismas y escasas ropas desgastadas por tantas lavadas. Eso sí, siempre bien limpias y planchadas.

Fuiste siempre de costumbres sencillas, de vestir humilde. Nunca te hicieron falta las lociones de marca o el casimir costoso para vestirte de hombre, lleno de dignidad, de fuerza y de honor.

Sabías hacer una fiesta en la mesa aderezando con un buen sentido del humor el día que la comida era escasa. Hasta el alimento más frugal se convertía en un manjar, de tal manera que ni siquiera me daba cuenta de la necesidad que vivíamos y que tú traías encima como una loza.
De ti aprendí, padre, que siempre hay un mañana mejor, que no debemos perder la esperanza, que el mayor honor en este mundo es ser un hombre decente y honorable, que la dignidad no tiene precio, y que la conciencia no se vende.

De ti aprendí que ser padre no es sino un pálido reflejo del perfecto amor de Dios. Que no hay posesión más valiosa que la fe en el Creador, a quien debemos toda bendición y toda gracia.

Tú eres, padre, lámpara encendida en el sendero de la vida, sombra acogedora, fuerza hecha cuidados y provisión, manos que construyen, corazón que ama desinteresadamente.

Quiero que cuando mis hijos me miren te descubran a ti, el ser que me forjó en el crisol de la vida.

Yo quiero ser un hombre como tú: justo y compasivo, sensible y fuerte, paciente y decidido, hombre de fe, hombre de paz, hombre de Dios ¡Que el buen Padre Celestial me conceda esa gracia!

 


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