Rodolfo del Ángel del Ángel
Recordamos la entrada triunfal de nuestro Señor Jesucristo a la ciudad de Jerusalén. La multitud se desbordó para recibirle jubilosa. Hombres, mujeres y niños le aclamaron cantando ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el Nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! En tanto tendían mantos y ramas a su paso. El pueblo esperaba su liberación, aguardaba anhelante al Mesías que vendría a salvarlos de sus enemigos y devolvería al pueblo de Dios la grandeza y esplendor de la época del Rey David.
Por supuesto que Jesús venía para liberar y traer salvación, pero no a la manera como el pueblo judío esperaba, una liberación política por el poder de las armas. La salvación que Cristo viene a traernos se alcanzaría mediante la aparente derrota de su muerte de cruz y por el poder del amor. Su reino es un reino de servicio, de humildad y de entrega a los demás. Sus signos inequívocos son una toalla y un lavamanos con los que habría de lavar los pies de los suyos y una corona, pero de espinas. Esta es una manera no solo absolutamente inusual, sino contraria a toda idea humana de lo que es el poder. Indudablemente Jesús desafía todas nuestras concepciones respecto a cómo se ha de conquistar un reino y ganar la libertad. Por esa razón resulta inconcebible que en la historia se hayan librado guerras y persecuciones en su Nombre, pues todo ello va en contra del verdadero espíritu de su evangelio.
¿Quiénes constituían el "ejercito" que seguía a Jesús? Los pobres, enfermos, mujeres y niños. Esto era por demás extraño pues estos no parecen ser la clase de seguidores que alguien se buscaría para librar una guerra de independencia. El pueblo no lo supo comprender, su entusiasmo al recibir su Rey era auténtico, pero sus expectativas equivocadas. Ciertamente su reino no era de este mundo, ese reino nada tiene que ver con las armas y la violencia, él venía a conquistar los corazones, transformado la esencia humana inclinada al pecado y el odio.
La entrada triunfal de Jesús a Jerusalén es la expresión amorosa de un Dios que se coloca del lado de los desposeídos, los pobres y desheredados de la tierra para decirles que el reino de los cielos les pertenece. Su sola presencia es un juicio contra toda tiranía y poder endiosado que somete y pretende apropiarse de la dignidad de las personas. Jesús habría de luchar contra la maldad, librando la batalla más terrible y decisiva en la cruz donde moriría víctima de la intolerancia, la injusticia y la maldad humana arrancando del domino mismo de la oscuridad la vida y la inmortalidad derrotando a todos los poderes de la muerte.
De esta manera la esperanza queda abierta en la historia humana convocándonos a ser parte de su reino de amor y reconciliación, donde aprendemos a vivir como hermanos sirviéndonos unos a otros, bajo la bandera de la humildad y la entrega personal. Su reino es eterno e indestructible. Los reinos de este mundo pasarán, caerán los tiranos, los que hacen maldad será destruidos, pero su reino permanece y permanecerá eternamente. Por eso quien forma parte de ese reino está lleno de esperanza y puede vivir con un sentido de seguridad y victoria a pesar de todas las luchas y de toda la maldad contra la que todavía tenemos que luchar en este mundo.
El Rey ha venido, ha muerto y resucitado triunfante, exaltémosle, dándole gloria y honra y extendiendo por todas las parte la influencia de su poder transformador. Bendito sea su Nombre por siempre, ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Hosanna en las alturas!
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