Domingo, 08 de Febrero de 2026
CIUDAD VALLES, S.L.P.
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SAMUEL ROA BOTELLO
Semana del 06 de Febrero al 12 de Febrero 2015

Edgar: El sobreviviente

Edgar: El sobreviviente

Julián Díaz Hernández



Nombre: Edgar Vázquez Mata. Edad: 30 años.
Lugar de origen: Ciudad Valles, S.L.P. Aspiración: Ganar dinero en Estados Unidos.
Único resultado: Convertirse en el sobreviviente de Falfurrias

La de Edgar no es una historia más de indocumentados: Es una secuencia de desesperación y anhelos desembocada en tragedia que se convirtió en noticia nacional cuando el 26 de enero de 2006 aportó en una carretera cercana a Falfurrias, Texas, su cuota sangrienta a la estadística de aquellos que van en pos del sueño americano, desalentados por la falta de trabajo en su país. “De hecho en México no hay muchas fuentes de empleo, y si hay trabajo no te pagan muy bien que digamos”.

Lo más difícil esa mañana de invierno fue partir de su lugar de origen, dejar en Ciudad Valles a sus dos hijos y a su esposa, a sus padres y hermanos. Pero nada lo iba a detener, estaba decidido a terminar con la crisis económica que mantenía a su familia inmersa en las limitaciones: “Me sentía como encajonado, como un ratón; llega un momento en que te vas endeudando, en el que ya no puedes con tu mismo sueldo sobrevivir y pagar, y llega la desesperación viendo que con este sueldo no la hacía”.

Y comenzó la odisea, las llamadas telefónicas recurrentes del hombre que lo internaría en la Unión Americana. Se dejó llevar por la emoción de ganar mucho dinero en poco tiempo, y eso le dio el impulso para abandonar su huasteca, llevándose nada y arriesgándolo todo: “Nos pusimos de acuerdo y él me contactó con los chavos que me iban a llevar y ya todo se dio por teléfono”.

- ¿Y los amigos qué tal? ¿Te alcanzaste a despedir de ellos?

“No, de ninguno, ya te digo: Todo fue de improviso. Yo más que nada lo que quería era salir de mis problemas, y le dije a mi esposa que me iba al otro lado, ya después le fui a decir a mi papá”.

Pese a los consejos paternales se puso en marcha y dio los primeros pasos fuera de casa: Un autobús foráneo lo alejó de su pueblo y así fue recorriendo kilómetros hasta llegar a Matamoros, casi al terminar el día. Ahí medio durmió; estaba asustado, melancólico por la primera noche fuera de su hogar, sin saber de los suyos e ignorando también lo que ocurriría con él.

Al día siguiente llamó al “coyote”, quien le pidió trasladarse a Reynosa, donde fue integrado junto a otros ilegales procedentes de varios puntos del país y Centroamérica. Los enganchadores los llevaron hasta un rancho cercano al río “Bravo”: El primer obstáculo a sortear; “esa misma noche lo intentamos pero había mucha corriente y dijo el chavo que ya no se quería arriesgar, ahí dormimos y en la tarde otra vez lo volvimos a intentar, ya fue cuando logramos pasar, éramos como unos doce chavos”.

“La primera vez que pasamos el río fue en lancha y no batallamos nada; pasamos en lancha y allá en el otro lado el mismo (“coyote”) que nos pasó nos llevó caminando, y no caminamos ni cinco minutos y nos levantó un carro, dije: Nombre para esto me tardé tanto en venir”.

Pero Edgar ignoraba que sus desventuras estaban por comenzar. De aquel lado del río fueron recibidos en otro rancho: Ahí estuvieron tres días, aguardando que el viaje se completara, porque necesitaban un mínimo de quince personas para emprender el recorrido final a bordo de un vehículo; entre el reducido espacio solo podía respirarse desconcierto y angustia, cruzaban miradas de cuando en cuando, porque las palabras salían sobrando.

No pasó demasiado tiempo para que ese incómodo capítulo terminara, aunque el siguiente tampoco fue demasiado grato: Lanzarse desde la camioneta, correr hacia los matorrales sin importar perder la comida y las pocas pertenencias; brincar cercados con alambres de púas y soportar las espinas del monte. Cuando llegó la oscuridad había que estar muy atentos para no perderse, y al mismo tiempo ingeniárselas para no congelarse en esa fría noche de enero.

Sus músculos empezaban a adormecerse tras esa larga jornada de casi doce horas. Faltaban fuerzas, agua y alimentos, solamente el miedo seguía presente. Cerca de Mission, Texas, cuando ya el corazón parecía desfallecer por el esfuerzo y la angustia, sucedió lo inesperado: La presencia de agentes migratorios que entraron a la zona escabrosa a bordo de patrullas y fuertemente armados; no hubo más remedio que entregarse para ser deportados.

Al pisar de nuevo suelo mexicano algunos desistieron, pero no Edgar, quien se resistía a ser engullido por la derrota. “Y yo me dije: Yo lo tengo que intentar todo otra vez porque dejé todo allá en Valles y no quiero regresar con las manos vacías; yo tengo que pasar a fuerzas, e hicimos contacto y lo volvimos a intentar”.

Ni siquiera aguardó a recuperar energías, el ansia por llegar a Estados Unidos pudo más que la prudencia y luego de enlazarse con otros “polleros” se aventuró de nuevo a desafiar la línea divisoria. Esta vez el cruce fue más difícil: Debió pasar oculto por una línea de drenaje para burlar la vigilancia, que por ese entonces era más nutrida debido a la reciente incautación de un cargamento de droga.

El camino se volvió más abrupto; había cerros y desiertos, pero nada lo detuvo, y en un santiamén ya estaba de nuevo en el rancho donde días antes había comenzado su anterior aventura truncada. Fue ahí donde conoció a los dos vallenses que unas horas después se convertirían en parte de las víctimas fatales de la tragedia de Falfurrias: Ramiro López Maciel y Miguel Lestarjete Guevara.

“A ellos los llevaron a ese rancho para completar el viaje, porque ya no querían llevar de poca gente; y como nos fuimos haciendo amigos, ya supimos que ellos eran de Valles. Una noche anterior, uno de ellos cayó en un hoyo, y se lastimó la rodilla e iba muy mal, ya como pudimos nosotros le cortamos una rama esa noche y le hicimos un bastón para que se apoyara, porque el caminador (“coyote”) y el ayudante no lo esperaban, si se quedaba se quedaba”.

Caminaron un par de noches guiados por dos nuevos “coyotes” hasta arribar a un nuevo punto, al amanecer de aquel fatídico 26 de enero, un día que no olvidarían. “Llegamos donde estaba como una fábrica. Habían alquilado dos camionetas porque éramos como veinte; ya estábamos agotadísimos, ya lo que quería era subirme a la camioneta e irme a descansar”.

Fueron subidos a dos unidades, amontonados en una camioneta blanca Ford Expedition con placas de Texas, y otra donde viajaría Edgar: Una tipo Pick Up, color gris, doble cabina, de reciente modelo. “Pues como era de noche no vimos bien, pero era una camioneta de lujo, como una Lobo, cabina y media, íbamos en la caja, encontrados y otros pocos en la cabina, y los demás en una Expedition; se puso en marcha la camioneta y el chavo que nos levantó nos aventó una cobija”.

Una vez arriba se quedaron dormidos, pero aun así podía sentir como la velocidad aumentaba en forma inmoderada. Y de repente sucedió, fueron nada más unos segundos, instantes que recuerda entre dolor: Solo sintió el impacto del tráiler contra la camioneta; se vio a sí mismo volando por los aires y al camión destrozando al vehículo donde los otros vallenses ya no pudieron salir con vida.

“Iba dando vueltas y ahí iba viendo cómo se me desprendían los zapatos, la ropa se me hizo garras; aquí -dice señalando su pierna- me hice un hoyote, me faltaba carne en todo esto”.

En aquella transitada autopista resultó un verdadero milagro que Edgar no fuera arrollado por otro automóvil. “A lo mejor pudo haber pasado un carro y me lleva, pero gracias a Dios no pasó eso, como que agarré tantita orilla de la carretera y como que me amarré; me quería incorporar pero no pude porque la pierna ésta se me hizo por un lado, tenía un brazo dislocado y el otro lastimado, y esta (otra) pierna no la podía ni mover”.

“Como quedamos cerca de un lienzo lo que hice fue estirar mis brazos y arrastrarme, entonces vi que el tráiler ya estaba volteado y oía muchos lamentos; era una famosa nodriza, que transportaba carros del año. Ese tráiler se volteó y parte de esos carros les cayeron a los compañeros que quedaron regados; a mí me quedó el cuerpo de un compañero como a un metro”.

Algunos de los “polleros” escaparon de inmediato, incluso se manejó la versión de que agentes de Migración habían sido responsables de la tragedia porque habían iniciado una persecución por carretera contra las unidades donde iban los indocumentados. Pasado el tiempo, Edgar también así lo pensaría, aunque en aquel momento, lo único de lo que tenía conciencia era que algo muy grave había ocurrido.

“No sabía cuántos habían muerto pero te digo que como me pude sentar para ver, vi la magnitud del accidente y vi muchos cuerpos que tenían los carros encima; el que quedó a medio metro de mí se oía claramente que estaba gorgoreando y otros pedían ayuda”.

Entre ese tendido de cuerpos inertes, estaban los de los otros dos vallenses: Ramiro López y Miguel Lesterjete; su suerte no fue igual a la de Edgar, quien aunque muy maltrecho, vivió para contarlo. “Llega Migración y pregunta cómo me sentía y ya le digo que estaba muy lastimado, que me sentía mal; llega un helicóptero, revisan a los demás y a mí me levantan, les dije que me dolía todo y que no me podía mover”.

“Tuve desprendimiento de pierna, y de la rodilla hacia arriba un hueso me quedó despedazado; acá se me hizo un hoyo que me tuvieron que poner una tela delgada. Tuve una dislocación de hombro, fracturas, como dos días tardaron para operarme, necesitaban permisos o que alguien pagara, lo único que me estaban suministrando era morfina para el dolor. Al último fueron para que yo les autorizara si me podían operar, porque las lesiones que tenía eran graves, y hasta la pierna la podía perder”.

Pero Edgar no tuvo suficiente con esta pesadilla, porque además de ser sometido a constantes interrogatorios, era presionado por la directiva del hospital para cubrir la cantidad de seis mil dólares por concepto de internamiento, comidas, cirugías y terapias de rehabilitación que recibió durante los treinta días que permaneció atendido en el nosocomio.

“Yo le decía a la señorita ¿de dónde quieren que les pague si ni trabajé? Yo hasta jugando les decía: Déjenme trabajar y les pago; entonces dijeron bueno ya veremos quién nos paga, y fue la única vez que me llevaron ese papel de que querían que yo les pagara, y hasta la fecha no supe quien pagaría, era mucho dinero”.

“Ya después que pasó la operación y todo lo que me hicieron, me dijo la enfermera: Ya Míster Mata, está dado de alta. ¿Me van a deportar ya? (Pregunté). Dice no, van a venir los federales por ti y te van a llevar a la cárcel. Híjole ¿por qué? (le digo). Pues no sé, pero te van a llevar a la cárcel”.

“Ya el 24 de febrero que me dieron de alta, llegan los federales por mí, y en silla de ruedas me llevan a la Corte Federal como testigo, porque al chavo que iba manejando le estaban dando pena de muerte. Ya estando ahí supe que de los cinco que íbamos atrás en la cajuela (de la camioneta), el único que quede vivo fui yo; y me decían que hubo mucho muerto, que el accidente estuvo muy grave y que ese caso había llegado hasta Washington, hasta arriba”.

Entre sus salidas a testificar en la Corte Estadounidense, Edgar se enteraría que uno de los dos enganchadores había sido detenido y enfrentaría la pena capital, condena que no soportó y terminó ahorcándose en su celda. Era de lo poco que sabía del mundo exterior, porque su reclusión en esa penitenciaría del Condado de Nueces, no le permitiría algún contacto inmediato con su familia.

“Pasé como tres meses en la cárcel. Casi la mayoría era puro mexicano, unos que estaban detenidos por contrabando de droga y otros por pelearse, había otro que estaba sentenciado también a cadena perpetua porque había matado a su novia; había un chavo que se llamaba David, de Michoacán, era diabético por eso estaba ahí, y él fue quien me apoyó mucho, porque yo no tenía a nadie allá, ni conocía a nadie”.

“Ya estando en la cárcel, los tres meses allá no tuve comunicación con nadie, no había como poder hablar a México para decir estoy bien; lo que hizo mi amigo David fue prestarme hoja, papel, timbres y todo para poder escribir, porque allá todo eso se compra. Ya fue como me comuniqué yo a México, aunque no sé cuánto tardaría en llegar la carta”.

También la esperanza de libertad absoluta para Edgar demoraba, porque de esa cárcel fue trasladado a otra más, en Houston, Texas. “Donde reclutan todos los que agarra Migración; ahí hay coreanos, rusos, brasileños, de todas las nacionalidades, puro ilegal. Ahí ya te van y te entrevistan para si quieres ver al juez, firmar tu deportación voluntaria o si quieres pelear; yo les decía: Nombre lo que quiero es irme a México, ya no quiero pelear yo nada”.

“Entonces me dijeron: Fírmame tu deportación voluntaria, y ya la firmé, en la madrugada ya me hablan y me dicen: Ya, Míster Mata, párate porque ya te vas; sentí un alivio, pensé ya me voy, hasta brincaba de gusto, dije ya se acabó este martirio, se acabó todo esto, hasta nunca”.

Sin embargo, al sobreviviente de Falfurrias aún le faltaba sortear otra limitante más, para terminar su peregrinar en tierra extraña; un obstáculo en el que nuevamente fue ayudado por otro compatriota en su misma situación: “Después de la noticia digo ¿pues cómo me voy a ir?, no traigo ni un cinco”.

“Entonces estaba un chavo de Querétaro (que también ya le habían dicho que se iba a ir) que me dijo: Nombre, mañana estando ahí donde nos metan en la celda, me levanto yo y digo que no traes ni un cinco; que hay que ayudar al compatriota. Yo por pena no lo hacía”.

“Nos hablaron, nos tomaron los nombres, regresamos la ropa que nos habían dado, nos pusimos nuestra ropa, y llegando a la celda le volví a decir (a mi amigo) que no traía ni un cinco, que cómo le iba a hacer cuando me deportaran; contesta: No te apures, se levanta, y dice, a ver compañeros, aquí el camarada no trae ni un cinco para irse a su pueblo, a su ciudad, hay que hacer una coperacha; y junta como unos sesenta dólares, y me dice, a ver, ya con esto yo creo que llegas”.

“De Houston, ese mismo día que nos deportaron me mandaron a San Antonio para poder llenar el autobús; pasamos por otra gente a San Antonio y ya de San Antonio nos venimos, me deportaron por Laredo; de Laredo me voy a Matamoros, ahí con una prima, la prima me da alojamiento, estando en Matamoros hago contacto acá con mi familia, que ya estoy de este lado, le hablo a mi hermana, me dice yo voy por ti, no te vengas, y ya fue ella por mí”.

El reencuentro con su familia fue como una segunda oportunidad de vida que casi pareció recompensar el daño físico que sufrió en el accidente: Esa alborada del 26 de enero que se tiñó de tragedia y transformó rostros ansiosos de superación en gestos de muerte; una fecha en la que no solo perdió sus ilusiones, sino también su dinero, y a punto estuvo de hipotecar su propia existencia.

“Pasó la tragedia y le doy gracias a Dios que estoy vivo. Pero regresas y la realidad es la misma, sigues con lo mismo, nada cambia”.

 


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