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Semana del 06 de Septiembre al 12 de Septiembre 2013

El día que Culiacán se unió a Medellín

El día que Culiacán se unió a Medellín

Juan Veledíaz/www.estadomayor.com



¿Cómo se gestó la primera asociación hemisférica entre los narcos mexicanos y colombianos?

Todo estaba listo desde un día antes en la casa de playa que Miguel Ángel Félix Gallardo tenía en la bahía de Altata, localizada a menos de una hora por carretera desde Culiacán. Aquella tarde de finales de 1977, el antiguo agente de la policía judicial del estado, quien se desempeñó como guardaespaldas de la familia del entonces gobernador de Sinaloa Leopoldo Sánchez Celís (1963-1968), tenía en mente que todo quedara afinado a la perfección y listo para recibir a sus invitados que llegarían al día siguiente, vía la ciudad de México, desde Medellín, Colombia.

En los últimos meses ese había sido el tema al que le había dedicado más tiempo junto a su socio, el hondureño Juan Ramón Mata Ballesteros. El capo centroamericano, con enlaces en Miami y Medellín, había impulsado la idea con el grupo de Félix Gallardo, entre quienes estaban Ernesto Fonseca Carrillo, Rafael Caro Quintero, Manuel Salcido Uzeta y los hermanos Juan José y Emilio Quintero Payán, para formar una sociedad con los colombianos y utilizar las rutas de tráfico de cocaína que operaba el cubano Alberto Sicilia Falcón, quien había sido detenido meses atrás.

El año de 1977 no había sido muy bueno para la organización. En enero, el naciente gobierno de José López Portillo había lanzado una brigada de militares a la sierra de Sinaloa, Durango y Chihuahua en lo que se conoció como “Operación Cóndor”. El despliegue había afectado a varios productores de mariguana y heroína que no pudieron colocar en el mercado sus cosechas. Además, durante todo el año pareció que las reglas tomaban otro cariz ante el aumento de la presencia de los estadounidenses, quienes a través de la DEA, presionaban al naciente régimen para que actuara contra los sembradíos de droga en la región noroeste. La presión comenzó a crecer a través de la Embajada estadounidense en México, desde donde se solicitaba que los policías fueran “más efectivos” en la detención de traficantes que circulaban sin ningún problema con su mercancía por la frontera.

Era el momento de tomar decisiones y tenía la anuencia de sus socios para sentarse a negociar con los enviados de Pablo Escobar, el jefe del clan de Medellín, quien miraba con buenos ojos asociarse con los sinaloenses. Aquella mañana de otoño, Mata Ballesteros llegó a la casona de Félix Gallardo acompañado de un personaje singular. Se trataba de Gonzalo Rodríguez Gacha, un hombre de estatura media, cabello ensortijado, tez moreno claro, quien era oriundo de la región de Pacho, en Cundinamarca. Tan pronto se saludaron, la química fluyó entre ambos como si se conocieran de tiempo atrás. El sinaloense sabía con antelación que su invitado tenía una fascinación por todo lo significaba el país. Ya desde el apodo, le decían “el Mexicano”, tenía una idea de cómo dirigirse para intentar generar mayor confianza y cercanía y despejar toda duda de que era un buen anfitrión.

“El Mexicano” era un viejo socio y amigo de Mata Ballesteros. Ambos tenían varios años trabajando las rutas del Caribe para trasladar droga al sur de la Florida y veían una oportunidad de ampliar sus redes si se aliaban con los sinaloenses para llegar al mercado de la costa oeste: California, Arizona, Nevada y hasta el sur de Texas. La recepción que Félix Gallardo les ofreció a ambos incluyó un mariachi en vivo, un espectáculo charro, una selección de platillos típicos del país, y todo lo que un festejo característico de aquella época podía ofrecer: alcohol, música y mujeres. Fue una degustación que devino en una celebración que dejó un grato sabor de boca a Rodríguez Gacha. Quedó tan enamorado de Sinaloa, decía uno de los asistentes al convite, que a una de sus fincas en Colombia la llamó “Mazatlán”. Tiempo después se le volvió un hábito llamar a sus propiedades con nombres que referían al país, bautizó algunas de sus fincas y ranchos como “Cuernavaca”, “Chihuahua” y “Sonora”.

Al día siguiente, después del desayuno, cuando Félix Gallardo se sentó para hablar de negocios con Rodríguez Gacha y Mata Ballesteros, escuchó atento la exposición del colombiano de cómo bajó el liderazgo de Escobar, y en sociedad con los hermanos Fabio, Juan David y Jorge Luis Ochoa y Carlos Lheder, habían establecido todo un conglomerado para el tráfico de cocaína hacia los Estados Unidos, y que tenía a la ciudad de Medellín como epicentro.

El acuerdo sobre el que venían desde meses atrás trabajando y que se cerró en aquella casona de la bahía de Altata, consistió en que “el Mexicano” y sus socios de Medellín, pondrían la droga en territorio nacional, y por la costa del pacífico y la ruta occidental en dirección al norte, los sinaloenses la moverían por sus propios medios hasta territorio norteamericano, donde gente vinculada a los colombianos la recibiría. El acuerdo incluyó también que la comisión sería entre el 25 y el 30 por ciento del precio de venta al por mayor en territorio estadounidense. En ese entonces, el kilo de cocaína oscilaba entre 12 mil a 14 mil dólares. De esa forma, habría una comisión por cada kilo de tres mil dólares y por cada tonelada de tres millones de dólares, toda una ganancia para la organización de los sinaloenses. Así se pactó el primer acuerdo con la organización colombiana que aun no era bautizada como cartel de Medellín, y el grupo de sinaloenses que por esos años, a raíz de la Operación Cóndor, dejó Culiacán para irse a radicar a Guadalajara.

Félix Gallardo “quedó impresionado por la fuerza que emanaba del joven rostro —tenía 30 años—de Gonzalo. Aunque solo le conocía de oídas, sabía que en los últimos tiempos el colombiano había sufrido un cambio radical, al extremo de que en esos momentos dejaba de lado su fama de hombre de negocios sin escrúpulos, para verlo como un verdadero líder; como uno de los narcotraficantes más temidos de
Colombia”.

Fosa Común

El episodio fue narrado por Félix Gallardo al veterano reportero de policía José Luis García Cabrera, quien incluyó parte de este encuentro en su obra “El Pastel: 1920-2000. Ocho décadas del narcotráfico en México”, una obra con pasajes inéditos de la historia del narco en el país, y que solo se consigue vía Internet en edición de autor en los Estados Unidos.

La relación de los capos mexicanos y colombianos, a partir de aquel histórico encuentro en Altata, comenzó a crecer y se desarrolló de tal forma a lo largo de los años 80 y 90, que una parte se convirtió en imprescindible para la otra. Uno de los últimos momentos de esa cercanía y confianza que han unido a los mexicanos y los colombianos, lo narró Hernando Gómez Bustamante, el capo del cartel de Norte del Valle conocido como “Rasguño”, extraditado hace unos años a Estados Unidos. El colombiano contó que una ocasión su mayor socio y amigo, Amado Carrillo Fuentes, quedó tan a gusto con una serie de cargamentos que había logrado “colocar” vía aérea, hecho que a la larga le valió el mote del “Señor de los Cielos”, que le regaló un fusil ruso AK-47 enchapado en oro. Era su particular forma de agradecer y de reforzar los enlaces que unían más que a unas ciudades, a sus organizaciones.

 


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