Domingo, 08 de Febrero de 2026
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Semana del 11 de Mayo al 17 de Mayo 2012

La Cristiada

La Cristiada

José Manuel Arredondo Ramírez



Hace unos días, se estreno en todo México la película de la Cristiada, en ella los actores principales son Eva Longoria y Andy García, junto con otros más, en ella se visualiza la historia de muchos mexicanos que dieron su vida por un ideal. Tal es el caso de José el cual llamó poderosamente mi atención.

¿Pero quién fue José? José Luis Sánchez del Río nació el 28 de marzo de 1913 en Sahuayo, Mich. Hijo legítimo del señor Macario Sánchez Sánchez y de la señora María del Río, quienes engendraron y educaron a sus hijos: Macario, Miguel, José y María Luisa.

Al estallar la cristiada sus dos hermanos mayores, Macario y Miguel, se alistaron en las filas de defensa de la libertad religiosa, bajo el mando del Gral. Ignacio Sánchez Ramírez que comandaba las fuerzas cristeras de la región de Sahuayo. José no tenía todavía la edad suficiente para seguir el camino de sus hermanos mayores, pero con gran empeño estuvo solicitando que se le admitiera, a pesar de los consejos paternos que le hacían ver la poca utilidad que podían tener para la causa las acciones de un niño de poco más de trece años.

En Guadalajara y toda la región, el celo por el ideal del Lic. Anacleto González Flores, activo miembro y líder de la A.C.J.M., jefe y guía de la Unión Popular, motivaba a la juventud tapatía en fervor y deseos de entrega por defender la fe. Su cruel asesinato ocurrido el 1 de abril de 1927 fue motivo de gran duelo para todo el pueblo que a pesar de la represión y las amenazas se volcó a las calles para tributarle póstumo homenaje y para acompañarlo hasta su última morada.

Este hecho afianzó a José en su anhelo de dar su vida por defender la fe que le habían inculcado sus padres y durante una peregrinación que hizo a la tumba de Anacleto, pidió por su intercesión la gracia del martirio. A partir de ese momento su resolución fue firme y con más insistencia se propuso solicitar su admisión en las filas cristeras.

Cristero

Ante la circunstancias de la corta edad de José y de que su padre era un hombre de dinero, las autoridades políticas y militares consideraron la posibilidad de liberarlo a cambio de una fuerte cantidad de dinero. El diputado Picazo (su padrino), se inclinaba por dicho arreglo, dado que José era su ahijado y además tenía relaciones de amistad con la familia Sánchez del Río.

Los Picazo y los Sánchez del Río eran vecinos y se frecuentaban mucho, por eso especialmente el diputado Picazo no podía tolerar el hecho de que los tres hijos de sus compadres se hubieran levantado en armas en contra del supremo Gobierno que él representaba en la región.

“Dicen los que conocieron al diputado Rafael Picazo, que era un hombre muy valiente, pero soberbio y vengativo y no perdonaba que los hijos de don Macario se hubieran levantado en armas en contra del supremo Gobierno que él representaba en la región, por lo que había decidido que su ahijado muriera, pagaran o no el dinero de rescate. También se asegura que Rafael Picazo era un hombre contradictorio, pues por una parte ayudaba a combatir a los cristeros con todo su empeño y por la otra, costeaba el sostenimiento de un convento de religiosas. Dos hermanas suyas, Anita y Adela, de virtudes reconocidas y de vida ejemplar, fueron religiosas de la Congregación de Adoratrices Perpetuas y las dos llegaron a ser superioras de dicha comunidad”.

Esa primera noche de prisión en la parroquia, José contempló con gran pena y honda tristeza el estado lamentable en que se encontraba la parroquia en poder del Gobierno. Ahí se verificaba todo tipo de desórdenes y libertinajes de la soldadesca, además servía de albergue al caballo del diputado Picazo y el presbiterio era el corral de sus finos gallos de pelea que los tenía amarrados al manifestador.

Ya entrada la noche, José logró desatarse las ligaduras de los brazos y se dedicó a matar los gallos de su padrino, además con un golpe certero cegó al caballo. Al terminar la faena se recostó en un rincón del templo y se durmió.

Al día siguiente, miércoles 8 de febrero, al enterarse Picazo de la matanza de sus gallos se presentó iracundo en el templo y enfrentándose a José le preguntó si sabía lo que había hecho, a lo que José respondió con aplomo: “La casa de Dios es para venir a orar, no para refugio de animales”. Picazo con rabia lo amenazó y José le respondió: “Estoy dispuesto a todo. ¡Fusílame para que yo esté luego delante de Nuestro Señor y pedirle que te confunda!”. Ante esta respuesta uno de los ayudantes de Picazo le dio un fuerte golpe a José en la boca que le tumbó los dientes.

Su muerte y la de Lázaro, su compañero de prisión, eran seguras. Cuando su tía María les envió el almuerzo, Lázaro no quería comer, pero José lo animó diciéndole: “Vamos comiendo bien, nos van a dar tiempo para todo y luego nos fusilarán. No te hagas para atrás, duran nuestras penas mientras cerramos los ojos”.

El viernes 10 de febrero, cerca de las seis de la tarde, sacaron a José de la parroquia y lo trasladaron al Mesón del Refugio, situado por la calle Santiago frente a la parroquia, lo habían convertido en cuartel, ahí le anunciaron la cercanía de su muerte. De inmediato José pidió papel y tinta para escribir a su tía María agradeciéndole su apoyo y ayuda incondicional en la realización de su ideal y pidiéndole que le dijera a su tía Magdalena que le llevara esa misma noche la comunión como viático: Sahuayo, 10 de febrero de 1928.

Y por fin llegó la hora del martirio. Cerca de las once de la noche le desollaron los pies con un cuchillo, lo sacaron del mesón y lo obligaron caminar a golpes por la calle de Constitución que en ese tiempo quedaba derecho al cementerio municipal. Los verdugos querían hacerlo apostatar a fuerza de crueldad inhumana, pero no lo lograron. Sus labios sólo se abrieron para gritar vivas a Cristo Rey y a Santa María de Guadalupe. Los vecinos escuchaban con infinita pena los gritos llenos de valor y fervor cristiano que José lanzaba en medio de la noche: “¡Viva Cristo Rey!”.

Ya en el panteón viendo su fe y fortaleza que nos se amilanaba ante el tormento, el jefe de la escolta que presidía la ejecución ordenó a los soldados que apuñalaran el delgado cuerpo del adolescente para evitar que se escucharan los disparos en el pueblo. A cada puñalada José gritaba con más fuerza: “¡Viva Cristo Rey!”.

Luego el jefe de la escolta dirigiéndose a la víctima le preguntó por crueldad si quería enviarle algún mensaje a su padre. A lo que José respondió indoblegable: “¡Que nos veremos en el cielo! ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!”. En ese mismo momento para acallar aquellos gritos que lo enfurecían, él mismo sacó su pistola y le disparó en la cabeza. José cayó bañado en sangre, ahogando así el último grito de su jaculatoria ritual para la muerte. Eran las once y media de la noche del viernes 10 de febrero de 1928. Su cuerpo quedó sepultado sin ataúd y sin mortaja, recibió directamente las paleadas de tierra.

Tiempo después sus restos mortales fueron exhumados y trasladados a la cripta de los mártires del templo del Sagrado Corazón y en 1996 nuevamente fueron trasladados a la Parroquia de Santiago Apóstol, donde actualmente se encuentran entrando por la puerta principal al lado izquierdo a un costado de baptisterio, donde estuvo preso los días precedentes a su martirio.

Nuestra época actual, sigue teniendo a jóvenes dispuestos a defender el ideal y que motivan a otros a ser mejores, existen jóvenes dispuestos a dar su vida y tengo el placer de conocer a muchos, por ellos, por los que fueron, los que son y los que serán ¡Viva Cristo Rey!.

 


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