Domingo, 08 de Febrero de 2026
CIUDAD VALLES, S.L.P.
DIRECTOR GENERAL.
SAMUEL ROA BOTELLO
Semana del 02 de Marzo al 08 de Marzo 2012

Monterrey entre el Cielo y e Infierno

Monterrey entre el Cielo y e Infierno

Luis Bárcenas Torres



Hace diez años, cuando traje a mi hija a estudiar aquí, Monterrey era no sólo una ciudad de contagioso dinamismo, sino muy pacífica. Cientos de estudiantes extranjeros llegaban por intercambio al prestigiadísimo Tec, y los fines de semana llenaban los antros y cafés del Barrio antiguo. La riqueza de Valle Oriente y la modernidad del “downtown” regiomontano coexistían, digamos que “armónicamante”, con las colonias proletarias de la Loma larga que separa la opulencia sanpedrana del centro capitalino.

Convertida desde tiempos del porfiriato en el más poderoso polo de desarrollo, la Sultana del Norte impresionaba por un vertiginoso crecimiento. La industria metalmecánica, de la construcción, del vidrio, del cemento, alimentaria y de toda índole, daban trabajo a miles de obreros y profesionistas que egresaban de sus prestigiadas universidades.

Como remate de la riqueza generada, impresionantes construcciones se levantaban por doquier y San Pedro se convertía en asiento de los más poderosos corporativos empresariales del país. Sus dos equipos de futbol, Tigres de la UANL y Rayados del Monterrey, aseguran los llenos de sus estadios por toda la temporada a pesar del alto costo de los abonos. Y si bien es esta la ciudad más cara del país, una comida en un restaurante de franquicia tiene un costo promedio de cien a ciento cincuenta pesos, en compensación es donde se pagan los más altos salarios.

A diferencia de las ciudades del centro del país, Monterey no heredó un patrimonio arquitectónico colonial y salvo la Catedral y el Palacio de Gobierno, construido por el Gral. Bernardo Reyes y terminado a principios del siglo XX, uno que otro edificio del pasado se salva de la picota. Por eso, y para proyectar una imagen de la ciudad acorde a la riqueza que generaba, el gobierno de Alfonso Martínez Domínguez construyó la mo-derna Macroplaza y Natividad González Parás el Paseo Santa Lucía con su río artificial que une el centro de la ciudad con el Parque Fundidora.

Es cosa de ir a San Pedro para darse cuenta del ambicioso crecimiento urbano y calidad de vida alcanzado por los visionarios neoloneses. Transitar por las calzadas Del Valle y sus palaciegas residencias de los magnates de la industria, San Pedro, Vasconcelos o Lázaro Cárdenas, bordeadas de exclusivas boutiques o altos edificios y transitadas por costosísimos, jaguar, ferraris, mercedes, o BMW; o los rutilantes centros comerciales de Valle oriente. Hasta la policía vigila la paz sanpedrana desde elegantes lamborghinis. Otro mundo.

Al sur de ese edén, y apenas bordeando la loma, el contraste. Allí están la Risca, el cerro de la Campana, desde donde baja Celso Piña acor-deón al hombro y su cumbia del Rio; o la Indepe, el viejo barrio de San Luisito llamado así por los canteros potosinos que vinieron a tallar la piedra del palacio de gobierno. Ahí sentaron sus reales los capos de las mafias y convirtieron en carne de cañón a los desam-parados jovenzuelos, niños aún muchos de ellos.

Arriba de la loma, entre ca-lles intransitables, poca luz y míseras casas de cartón las balaceras y las ejecuciones son cosa cotidiana. Allá no llegaba la policía; ahora va solo acompañada del ejército. Luego el mal se extendió a Guadalupe, Juárez y Escobedo. El “Downtown” no fue la excepción y las masacres del “Sabino gordo” y otros bares fueron el preludio del golpe más cruel: la tragedia del casino Royale. Un testerazo inmisericorde a una clase media que despacha sus horas de ocio entre la ludopatía y la frivolidad. Lo acontecido en el penal de Apodaca no es más que otra de las respuestas de un enemigo al que no se le ha sabido hacer la guerra.

Los regiomontanos han cambiado sus hábitos. De día la ciudad se mueve a pesar del temor; de noche las calles se vacían sin necesidad de toque de queda. Barrio antiguo languidece. El Tec. Disminuyó su matrícula nacional, los extranjeros optaron por otros destinos. San Pedro no deja de crecer, detonan allí pequeñas comunidades, micróplis en forma vertical: altos rascacielos con todo incluido, vivien-da, ocio y trabajo al amparo de la violencia. Otro mundo. Desde allí Lorenzo Zambrano, magnate del cemento, llamó cobardes a los que prefirieron refugiarse en la frontera vecina. El cielo y el infierno son vecinos.

 


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