Domingo, 08 de Febrero de 2026
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Semana del 24 de Enero al 30 de Enero de 2014

La gran fuerza transformadora que no se puede sujetar

La gran fuerza transformadora que no se puede sujetar

Víctor Manuel Tovar González



Los debates públicos sobre la situación de los jóvenes: hablan de los jóvenes desde una perspectiva que pretende ser objetiva, pero en buena medida reflejan las preocupaciones de los adultos sobre la marcha de los asuntos colectivos, sus propias vidas y las relaciones intergeneracionales. En los últimos años, estas imágenes sobre cómo se es joven están sometidas a una constante transformación debido a la velocidad de los cambios sociales, económicos y culturales en nuestras sociedad globalizada. El ritmo de estas transformaciones es tan elevado que se producen desajustes que convierten rápidamente en obsoletos los diagnósticos previos. La consecuencia es que, en ocasiones, hablamos de una juventud que ya no existe.

Sin duda, la visión de la juventud que mayor impacto ha tenido en el imaginario colectivo de las sociedades globalizadas, se forjó a finales de los años sesenta y principios de los setenta. En ella, el joven aparecía a los ojos del resto de las generaciones como el icono de la transformación social y cultural, con sus largas y desarregladas cabelleras en ambos sexos, la cultura del rock y la inconformidad contra todo lo establecido, pero sobre todo contra la explotación del hombre por el hombre, militante de la revolución obrera.

Quien que vivió en esos tiempos no recuerda la primavera de Praga, la rebelión de París, las jornadas contra la guerra de Viet Nam en Berkeley o nuestro transformador movimiento estudiantil del 68. La canción de protesta, preñada de sentir social y el rock aglutinador de la protesta juvenil.

Fueron tiempos con todas sus connotaciones positivas y negativas. Generalizando la actividad contestataria de los estudiantes de todo el planeta, la imagen de la juventud se construyó en torno a significados de compromiso, desafío a lo establecido, innovación cultural y politización. Una serie de atributos que sólo reproducían y, además, de manera bastante idealizada la experiencia de sectores juveniles muy concretos, pero que se impuso como visión hegemónica de la juventud con la que se contrastará su posterior evolución.

De la imagen de la juventud contestataria y comprometida, que ha seguido funcionando durante todos estos años como una especie de paraíso perdido, hemos pasado en este inicio del siglo XXI a la del joven exclusivamente preocupado por sus necesidades e intereses individuales, indiferente por lo que acontece en la esfera de los asuntos colectivos, y cuya integración social se produce básicamente a través del ocio y el consumo. Unos jóvenes ausentes la mayor parte del tiempo del espacio público, y que sólo de vez en cuando irrumpen en él de manera caótica, imprevisible y efímera. Aunque a veces también positivos, como la inclinación a participar en cuestiones ambientales y solidarias, es evidente que en los últimos tiempos predomina una visión ciertamente negativa de la juventud en las sociedades globalizadas.

En ocasiones, la responsabilidad de la situación se achaca a los propios jóvenes y a su cultura individualista propia del capitalismo predador que les toca vivir, mientras que en otras se hace hincapié en una dinámica social e institucional que tiende a excluirlos, dificultando su integración en la vida adulta. Sea cual sea la argumentación predominante, en todos los casos se resalta su alejamiento de las posiciones centrales de la sociedad.

Así cada vez más, nos encontramos con que los jóvenes han dejado de ser protagonistas de la vida social. Recluidos en su individualidad y atrapados en una creciente red de dependencias que les impide desarrollarse como sujetos autónomos con capacidad de decisión sobre sus proyectos vitales, los jóvenes como grupo social se ven empujados hacia posiciones periféricas y sólo se hacen visibles socialmente bajo la etiqueta de problema social que exige intervención. En ese momento, se convierten en objetivo de la acción protectora del Estado que trata de reconducirlos hacia una trayectoria de integración, plagada de obstáculos y en la que ellos apenas tienen protagonismo.

Los jóvenes adquieren desde la mirada del establishment, un estatus de indefinición y de subordinación; a los jóvenes se les prepara, se les forma, se les recluye, se les castiga y, pocas veces, se les reconoce como ser social. En el mejor de los casos, se los concibe como sujetos sujetados, con posibilidades de tomar algunas decisiones, pero sólo aquellas que los adultos les permiten; con capacidad de consumir pero no de producir, con potencialidades para el futuro pero no para el presente.

Es en este entorno contradictorio en el que hay que plantearse las posibilidades reales de que los jóvenes dejen de ser un mero objeto de la acción protectora del Estado, para pasar a ser actores en la escena sociopolítica, asumiendo su condición de ciudadanos; es decir, de poseedores activos de derechos y deberes, con capacidad de participar en los procesos sociopolíticos.

Se piensa habitualmente que la gestión del presente es responsabilidad de los adultos, y que el futuro es de los jóvenes. Pero en esta manera de plantear la cuestión, lo que se intenta es poner restricciones a las generaciones jóvenes, intentando evitar que interfieran en los asuntos serios de la vida social actual, y que pospongan la realización de sus sueños e ideales; que los pospongan, hasta cuando, llegados a adultos, se hayan ya olvidado de esos ideales y sueños.

A eso le apuesta el estado temeroso de la irrupción desenfrenada de ideas frescas que traen los jóvenes, por eso les conviene y promueven una juventud sólo interesada en su individualidad, alejada de la sociedad. No quieren un “yo soy 123”, estos jóvenes asustan, molesten e incomodan.

Sin embargo ante este negro y tétrico panorama, como siempre se ilumina el túnel. Durante los milenios de historia que anteceden a nuestro tiempo, la historia fue siempre el resultado de la acción de los jóvenes. Los creadores de las grandes religiones, los fundadores de las civilizaciones, los próceres de nuestras Repúblicas, los conquistadores de nuevos mundos, los grandes creadores en los campos del arte, la ciencia y las invenciones tecnológicas, han sido mayoritariamente jóvenes, incluso muy jóvenes, digamos, entre los 20 y los 35 años de edad. O sea personas que hoy serían considerados como todavía “inmaduros”.

Incluso en la actualidad, allí donde encontremos cambios y novedades verdaderas, innovaciones significativas, emprendimientos novedosos, es casi seguro que detrás de ellos encontraremos las ideas y las acciones de jóvenes creativos. La inconformidad y la creatividad, tienen edad, y no sobrepasan los 30.

 


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