Luis Bárcenas Torres
En la antigua Roma cuando algún ciudadano pretendía un cargo de elección popular salía a pedir el voto vistiendo una toga blanca y la gente los identificaba como “los de la toga cándida”, de ahí viene la palabra candidato. Vestir la toga de aquel color significaba que el postulante era “moralmente apto” para el cargo al que se proponía.
Etimológicamente entonces, la palabra candidato se deriva de candidez, vocablo que el diccionario define como sencillo, sincero, limpio, ingenuo, sin malicia ni doblez. Yo le pregunto entonces, ¿advierte alguna de estas carac-terísticas, en algún especimen de la nefasta plaga de chapulines que ahora nos acosan en pos del voto que los mantenga dentro del presupuesto?
La respuesta más segura es no y coincidimos, porque los diputados locales que aspiran a dar el brinco hace ya tiempo que se despojaron de la Toga cándida, que en estos tiempos puede ser sinónimo de honestidad y eficiencia, para entregarse, sin ápice de vergüenza, al medro a costa de la hacienda pública.
De qué color tendría que ser la toga de aquella que inescrupulosamente declaró a la prensa un: “Si, mentí”, cuando supuestamente había gestionado “un beneficio” para la ciudad y luego acusara neciamente a quienes le descobijaron las truculencias de su gestión. En estos practicantes de la tenebra tercermundista embolsarse un dinero indebidamente o elevar la mentira al rango de virtud son méritos más que suficientes para seguir “mamando y dando de topes”.
Decía el eminente Pericles, gobernante griego a quien Tucídides llamó “el primer ciudadano de Atenas”, que sólo en las democracias el más vil o bruto de los hombres puede convertirse en gobernante, y bueno, si estos malandrines continúan usufructuando sus generosas dietas será por que encontraron en la corrupción de sus partidos el amparo adecuado o bien, si llegaran por la vía del voto, significará la urgencia de una nueva y mejor campaña de alfabetización.
La ciudadanía española, que padece nuestros mismos vicios en sus dos partidos mayoritarios, ha recurrido a una práctica electoral que manda al carajo a sus gobernantes ineficientes y mentirosos; ya le pasó a Aznar, que los embarcó en la Guerra de Irak con funestas consecuencias; y a Zapatero, que los dejó hundidos en una crisis económica no prometida. Rajoy ya tiene las barbas remojando.
Aquí tenemos el recurso de la inhabilitación política muy pocas veces aplicado. Los expresidentes de la República que se vuelven incómodos para el nuevo régimen, se les designa embajadores en un país lo más lejano posible, algunos se exilian voluntariamente, como Salinas.
Una mejor sugerencia: Los griegos, padres de la demo-cracia, ensayaron hacia el siglo 508 a.C. un sistema de votación negativa que les permitía exiliar por diez años al político o políticos impopulares por su negativo desempeño. Los votantes utilizaban unos fragmentos de cerámica denominados “ostraca”, de donde se deriva la palabra ostracismo (destierro, exilio, confinamiento). Esta ley, decretada por Clístenes, tenía como propósito la lucha contra la tiranía, aquí podríamos utilizarla para luchar contra los corruptos y mentirosos. Grandes protagonistas de la historia de Atenas sufrieron esta condena: Pisístrato, Hiparco, Jantipo (padre de Pericles), Arístides, Temístocles (héroe de la batalla de Maraton), Cimón y el demagogo ateniense Hipérbolo (famoso por el uso de la exage-ración en sus discursos, por lo que a este recurso se le denomina hipérbole).
Y si después de la votación no se quieren ir les lanzamos las ostracas por la cabeza, ya estuvo bien.
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