Alejandro Zapata Perogordo
La sociedad mexicana, probablemente sin una intención preconcebida de ello, estamos inmersos en un proceso de concientización en relación a la calidad de vida, de nuestra identidad, valores y vinculación comunitaria, es decir de todo aquello que nos es común, de las tradiciones, de nuestra cultura, de los orígenes y del destino.
Ahora, todos opinamos y damos nuestros puntos de vista, por supuesto; con medida, calculados, bien pensados, reflexivos y analíticos, nadie pensamos en correr riesgos, hemos incursionado al terreno de la tolerancia, pues también adoptamos la costumbre de escuchar, y por aquello de que hasta las paredes oyen, hasta nos volvimos prudentes en los comentarios, no vaya siendo que los interlocutores sean halcones de la delincuencia organizada y así nos vaya.
Creo que nunca antes habíamos tenido el debate social que ahora se da; en las oficinas, los cafés, restaurantes, loncherías, organizaciones sociales, universidades, sindicatos de obreros y de patrones, en las redes sociales, etc., en todas partes, y por diferentes medios, hablamos y planteamos los diversos problemas que nos aquejan, y aportamos aquellas soluciones que consideramos las mejores para resolver las enormes dificultades de la humanidad, tengamos o no razón, nos hemos ido acostumbrando a no quedarnos callados.
No quedarnos callados; es algo extraordinario, probablemente no le hemos otorgado la justa dimensión que tiene su fundamento en dos consideraciones: la primera, proviene de regímenes democráticos, mediante los cuales se fortalece la libertad de expresión, el derecho a la información, la ampliación de las libertades y la creación de instituciones. Lo que alimenta y alienta la inclusión social en las decisiones de gobierno. Por otro lado resulta indiscutible, lo que se refiere a las amenazas derivadas de la carencia de valores, el impulso materialista, consumista y acomodaticio de las nuevas generaciones, aunado a una gran fragilidad social y pública, cuya génesis se encuentra en la enorme disparidad de la distribución de la riqueza, de instituciones carentes de políticas públicas, de estar estancados en la pos transición y sobre todo de no tomarlo como una responsabilidad de todos: padres de familia, maestros y sociedad en su conjunto debemos ver la educación como una prioridad para formar ciudadanos.
Así, podemos afirmar que dentro de los males que nos aquejan y que han dado paso al debate social, sería un verdadero desperdicio, un garrafal error, una falta imperdonable el que no se aprovechara ese desarrollo cívico social, y el potencial impulso de la comunidad para concretar los esfuerzos revalorizando la participación y humanización del país.
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