Arlene Ramírez Uresti
Lo que hoy parece un conflicto mediático podría terminar convirtiéndose en una reconfiguración completa de la relación bilateral.
La relación entre México y Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más delicados de las últimas décadas. Ya no se trata solamente de tensiones comerciales, diferencias diplomáticas o discursos electorales incendiarios. Lo que hoy está ocurriendo rebasa incluso la narrativa tradicional de la cooperación bilateral y se instala en un terreno mucho más peligroso: la construcción de un enemigo funcional para los intereses políticos de Washington.
La desaparición pública del gobernador con licencia de Sinaloa tras señalamientos provenientes desde Estados Unidos sobre presuntos vínculos con el crimen organizado detonó una nueva ola de especulación política, mediática y diplomática. Pero más allá del personaje o del escándalo coyuntural, lo verdaderamente preocupante es el mensaje estructural que se está construyendo desde el gobierno estadounidense: México ha dejado de ser únicamente un socio comercial complejo para convertirse, en el discurso político norteamericano, en una amenaza directa para la seguridad nacional de Estados Unidos.
Ese cambio de narrativa no es casual. Tampoco improvisado.
La reciente estrategia estadounidense de control de drogas para el periodo 2026 coloca oficialmente a los cárteles mexicanos bajo una lógica cercana a la del terrorismo internacional. Y cuando Washington utiliza conceptos como "terrorismo", "seguridad nacional" o "amenaza transnacional", el lenguaje deja de ser diplomático y comienza a adquirir implicaciones militares, de inteligencia y de intervención.
Ahí radica el verdadero fondo del problema.
Porque el asunto ya no es solamente la extradición de determinados personajes políticos o criminales. El tema central es que Estados Unidos empieza a justificar públicamente la posibilidad de actuar más allá de sus fronteras bajo el argumento de proteger su seguridad interna.
Y eso coloca a México en una posición extremadamente vulnerable.
LA POLÍTICA DEL GRAN GARROTE REGRESA AL SIGLO XXI
Lo que estamos viendo es, en esencia, una reedición moderna de la vieja política del "gran garrote". Una estrategia donde Estados Unidos ejerce presión económica, diplomática y mediática sobre otros países utilizando amenazas de seguridad como mecanismo de control geopolítico.
Donald Trump entendió desde hace años que el miedo es rentable políticamente. Lo utilizó con la migración, lo explotó con China y ahora lo capitaliza con el narcotráfico mexicano.
La fórmula es sencilla: construir un enemigo externo, amplificar la percepción de amenaza y presentarse como el único líder capaz de contener el caos.
Y la realidad es que el contexto le favorece.
Estados Unidos enfrenta una grave crisis interna derivada del consumo de opioides, una inflación persistente y una polarización política cada vez más agresiva. Ante ello, el trumpismo necesita reposicionar temas que movilicen emocionalmente al electorado y que desvíen la atención de los problemas domésticos.
México aparece entonces como el villano perfecto.
No importa que la crisis de opioides tenga raíces profundas dentro del propio territorio estadounidense. No importa que exista un enorme mercado consumidor del otro lado de la frontera. La narrativa política simplifica todo en un mensaje fácil de vender: "México es responsable".
Y lo más preocupante es que esa narrativa está funcionando.
EL NARCOTRÁFICO COMO ARMA ELECTORAL
En el fondo, la lucha contra el narcotráfico también se convirtió en una herramienta electoral dentro de Estados Unidos. Trump necesita llegar fortalecido a las elecciones intermedias y mantener vivo el movimiento político que construyó alrededor de su figura.
Para lograrlo necesita enemigos visibles, crisis permanentes y una narrativa de confrontación constante.
Por eso el discurso se radicaliza.
Por eso las referencias a intervenciones, acciones directas o persecuciones transnacionales comienzan a normalizarse.
Y por eso México debe entender que ya no enfrenta solamente una disputa diplomática tradicional, sino un fenómeno político mucho más profundo donde la seguridad se usa como espectáculo electoral.
El problema es que, mientras Estados Unidos utiliza el tema para fortalecer agendas internas, México continúa atrapado en una mezcla de negación, confrontación y reacción tardía.
LA SOBERANÍA EN TIEMPOS DE FRAGILIDAD
Defender la soberanía nacional nunca ha sido sencillo frente a la presión de Estados Unidos. Pero hacerlo en medio de una crisis de violencia, infiltración criminal y desconfianza institucional resulta todavía más complejo.
Porque hay una realidad incómoda que tampoco puede ignorarse: el problema del narcotráfico sí existe, la infiltración política sí preocupa y la corrupción ligada al crimen organizado ha debilitado seriamente la credibilidad de muchas instituciones mexicanas.
Ese vacío es precisamente el que Washington aprovecha.
La gran pregunta es si México será capaz de construir una estrategia inteligente que defienda su soberanía sin caer en provocaciones que terminen fortaleciendo la narrativa de Trump.
Y en esa nueva relación, el riesgo es que México deje de ser visto como socio... para empezar a ser tratado como amenaza.
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