Rodolfo del Ángel del Ángel
Nosotros como cristianos confesamos a un solo Dios, creador, sustentado y redentor. Ese Dios que se ha revelado en su Palabra y particularmente en Cristo: el Verbo hecho carne. Como cristianos nos oponemos a reconocer y adorar a otro Dios. Sabemos que cualquier intento de adorar a Dios a través de una representación visible o imagen, no solo es una burda e inútil pretensión, sino que es lo que llamamos una abominable idolatría. La naturaleza infinita y la majestad de su ser, sencillamente, no pueden ser representadas en modo alguno. Pero un hecho del que poco nos damos cuenta es que, tener falsas ideas o conceptos de cómo es Dios es también idolatría. Imaginarnos a Dios aparte de lo que él ha revelado de su ser en su Palabra y en Cristo, es construir y adorar falsos dioses, y por cierto, la imaginería popular que caracteriza a nuestra cultura abunda en estas ideas falsas e idolátricas de Dios.
Descubrimos en nuestra cultura, por ejemplo, al dios justiciero, cruel y vengativo que observa atentamente nuestra conducta para descargar toda su ira y enviarnos al infierno al primer pecado que cometamos. Este dios tirano y furioso que se utiliza para intimidar y someter carece de toda compasión y amor. Muchos crecieron con esa imagen y viven constantemente bajo la amenaza de ser castigados, yo no creo en ese dios.
Tenemos en el extremo opuesto de las concepciones culturales al dios anciano bonachón que con su luenga barba contempla indulgente a sus criaturas sin cuidarse para nada de sus acciones y las consecuencias morales de su conducta y sus decisiones. Este Dios permanece sonriente e impasible aún delante del sufrimiento de sus criaturas y la cruel barbarie humana. Es demasiado bueno para intervenir para bien o para mal en el mundo, yo no creo en ese dios.
Encontramos también al Dios genio de la lámpara, este es dios que está allí para complacer los caprichos de sus hijos, que le piden toda suerte de cosas. Este es un dios de conveniencias al que podemos acudir para que satisfaga aún los deseos más egoístas y superficiales, yo no creo en ese dios.
También encontramos en nuestra cultura al dios que es voluntarioso y parcial a la hora de repartir sus bendiciones. Este dios se ensaña con algunas de sus criaturas sin un motivo racional enviándoles toda suerte de pruebas calamidades y sufrimientos, mientras consciente a otros otorgándoles toda clase de favores, yo no creo en ese dios.
Encontramos a dios parcial y exclusivista que tiene sus favoritos, ese dios que solo escucha y bendice a cierto grupo: a los blancos, a los protestantes, a los ricos, etc. y maldice a todos los que no pertenecen a ese grupo privilegiado y exclusivo, yo no creo en ese dios.
El Dios en el que yo creo, es uno que nos amó de tal manera que ingresó en la historia humana, se hizo carne y sangre; el Dios que se sometió a la injusticia y la crueldad humana para colocarse del lado de los débiles, de los desposeídos, los que no tienen nombre y herencia entre la humanidad. El Dios que se indigna justamente contra todo abuso e injusticia en este mundo, pero que ama perdona y restaura al que con humildad y arrepentimiento se acerca a él. El Dios que no hace distinciones y expresa igual su amor por todas sus criaturas, el Dios que nos llama a vivir en el riesgo y la exigencia del amor, la compasión y la verdadera justicia para construir un mundo nuevo y fraterno. Ese es el Dios único, vivo y verdadero que se nos ha revelado en la Palabra y mostrado al mundo en Jesucristo, ese es el Dios en el que sí creo.
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