Juan Veledíaz/www.estadomayor.com
¿Qué hacía el legendario jugador blaugrana en una de las ciudades más violentas de México? ¿Puede un hombre aficionado a la lectura pasar por alto lo que ocurría en las calles de la ciudad sede del cártel de Sinaloa?
Pep Guardiola bajó del avión que lo llevó a Culiacán desde la ciudad de México aquella mañana de enero del 2006. En el aeropuerto ya lo esperaba un viejo amigo con quien solía departir y hablar de futbol. Se trataba de Manuel Lillo, un hombre de 47 años que había sido contratado un par de meses atrás por la directiva del club de futbol Dorados de Culiacán para que ayudara a consolidar el proyecto de armar un equipo competitivo que peleara ese año por el título en la primera división de la liga mexicana. Guardiola sobresalía con su casi metro ochenta entre el resto de pasajeros. Cuando salió a la sala de llegadas del aeropuerto sinaloense, miró a lo lejos a una pequeña comitiva que lo esperaba, entre los que distinguió a Lillo. Saludó al técnico español y después a los utileros que lo acompañaban, gente que vestía de manera modesta, sin mucho relumbrón como los hombres de traje que a unos metros lo observaban. Eran los directivos que esperaban saludarlo, los dejó al final, muy formal sin tanta expresividad, les dio los buenos días.
—Mira Pep, te presento al Chevo, él será tu guía en la ciudad—recuerda Eusebio Martínez que le dijo Lillo al jugador cuando los presentó. A partir de ese día y durante más de cinco meses, Chevo Martínez, auxiliar de la dirección técnica, se convirtió en el chofer, asistente y guía de Guardiola en Culiacán. Martínez es un hombre bajito, robusto y muy moreno. Su acento es de la región central del país, no habla golpeado o con expresiones locales, pues dice que nació en Guanajuato, el estado que un día tuvo un equipo de futbol, el Celaya, donde se retiró en 1998 Emilio Butragueño, otra de las estrellas del futbol español. Eusebio es un hombre de 45 años que trabajaba en el área técnica y de utilería del equipo sinaloense. Recuerda que no sabía quién era Guardiola hasta que Lillo le explicó que se trataba de uno de los mejores jugadores de la liga española y del mundo. Venía de los Emiratos Árabes, donde jugó en la liga local después de una estancia en el Brescia, en la liga italiana, a donde llegó tras su salida del Barcelona.
A Chevo no solo le sorprendió la calidad de juego Pep –parecía que tenía el balón pegado al botín y lanzaba pases de cambio de juego de más de 60 metros—sino la disciplina, y calidez humana que siempre mostró con sus compañeros y los empleados del club. Guardiola en Culiacán era un estoico que vivió cinco meses en la suite 411 del hotel Lucerna. Salía poco, se dedicaba a entrenar, a repasar las tácticas de juego con Lillo en su domicilio, revisar videos, analizar jugadas, y a leer. Le llamaba la atención obras de escritores locales, algunos extranjeros, sobre todo buscaba temas de no ficción como ensayo, crónicas. Eran largas horas después de los entrenamientos en los que se la pasaba leyendo todo lo que le caía a la mano. Iban al supermercado y tras la despensa, Pep compraba revistas de futbol y de política. Las últimas semanas de su estancia en la capital sinaloense, se mudó a una vivienda de dos plantas en un fraccionamiento privado. Martínez recuerda que un día le contó cuánto ganaban y el costo de la vida que existía en la ciudad. Entonces apareció otra faceta de la generosidad de Guardiola, cada semana les daba sobres con dinero a los empleados de más bajo nivel del club para ayudarlos económicamente.
Pep era inquieto. Le atraía algo de Culiacán, algo indescifrable en el ambiente que a los viajeros hipnotiza sin saber bien a bien cómo nombrarlo. En las primeras semanas le pidió a Chevo que lo llevara a comer, quería conocer lugares de platillos regionales. Decía que prefería la comida mexicana sin mucho picante, y confesó que no comía marisco crudo cuando le hablaron de uno de los platillos regionales más representativos de Sinaloa, el aguachile, preparado a base camarón sin cocer, bañado en limón con rodajas de pepino, cebolla morada y gotas de salsa de chile rojo.
A la hora de la comida, Guardiola contaba sobre su paso por el futbol de los Emiratos Árabes, donde decía que ganó tanto dinero como para dejar de trabajar. Recordaba que provenía de cuna muy humilde, y desde pequeño tuvo privaciones económicas que solo al paso del tiempo su familia pudo superar. Había nacido en 1970 en Sampedor, a escasos 70 kilómetros de Barcelona. Su padre Valentí, se ganaba la vida como albañil, su madre Dolors, atendía el hogar. Decía que desde pequeño sus padres priorizaron su educación sobre el deporte, pero no pudieron decir que no cuando a los 13 años la academia internado del Barcelona, conocida como La Masía, lo becó.
Guardiola no era ajeno a lo que pasaba a su alrededor. Miraba a las mujeres sinaloenses y decía que las mujeres en Culiacán eran muy hermosas, tenían ese toque de coquetería latino que hechizaba cuando se les veía andar. Pese a ello, prefería a las italianas, su estancia en el Brescia le enseñó que la mujer italiana a su sensualidad natural, le sumaba un aire mediterráneo a su personalidad que muchas lo traían desde pequeñas. Aún así, Guardiola reconoció que en Culiacán estaban algunas de las mujeres más hermosas de todo México. Cuando salía por las tardes, solía ir al café Miró, en la colonia Chapultepec, se convirtió en su favorito desde que lo descubrió. Pero la mayoría de las veces iba casa de Lillo a discutir de futbol, tema que siempre tenía para analizar. Mandaba comprar todas las revistas que existían sobre el juego y tenía a un vendedor de libros personal que le dotaba de literatura cada vez que viajaban con el equipo a jugar a la ciudad de México. Tuvo inquietud por el tema del narcotráfico, al principio preguntaba si la ciudad era de verdad muy violenta. Cuando se percató que el problema estaba focalizado, como le dijeron, al enfrentamiento que comenzaban a librar por esos días bandas locales tras la fractura de la llamada Federación, como se autodenominó la fusión de los cárteles de Sinaloa y Juárez, pocas veces volvió a comentar del tema con Chevo o algún otro de los muchachos del staff.
Para Guardiola, el equipo de los Dorados –el dorado es un pez típico de las costas de Sinaloa que vive en el Mar de Cortés, característico por su dinamismo y fortaleza cuando se resisten a ser dominados—se convirtió en un laboratorio para dirigir en el campo. Hizo mancuerna con el jugador uruguayo Sebastián “El Loco” Abreu, a quien el principio de la temporada le confió que le pidiera los centros como quisiera porque tenía una técnica con la que podía tirarlos de diferentes formas. En la cancha, Pep parecía un jugador de 20 años de edad. “Has de cuenta que era un plebe”, dice Chevo, mientras recuerda los primeros partidos con el ex campeón de Europa en el estadio Banorte de Culiacán. Jugó 10 partidos, ganó 3 y empató 7, anotó un gol durante el juego contra los Jaguares de Chiapas. Fueron cinco meses en los que padeció todo tipo de lesiones, hasta que en junio de 2006 se dobló del dolor en la pierna durante un partido contra Morelia.
— ¡Hostia, ya me rompí otra vez!—recuerda Chevo que exclamó Pep cuando cayó al césped en el área grande del equipo rival tocándose la pierna. Viajó para operarse a España y aprovechó para concluir su curso de entrenador. Solicitó le suspendieran su salario y mientras duró su recuperación, el equipo se quedó a un punto de pasar a las finales y concluyó en octavo lugar de la tabla, coronando la que sería su mejor temporada antes de descender a segunda división.
Guardiola estaba considerado antes de su llegada a Culiacán como un crack de “cerebro exquisito” que conducía equipos desde el centro de la cancha. Era un convencido de que el futbol vale la pena cuando empuja libertades individuales desde un compromiso colectivo. “Tiene sangre de individuo curioso”, anotó el periodista del diario argentino Clarín, Ariel Scher. Fue esa curiosidad y el viajar en busca de conocimiento futbolero lo que en principio lo llevó a aceptar la invitación de su amigo Lillo para aterrizar en Culiacán desde Dubai. Su huella en la capital sinaloense quedó impresa en los restaurantes “La cocinita del medio” y “Los Arcos”, en algún atardecer en Altata —la playa más próxima a la ciudad—junto a Cristina, su mujer, sus hijos y sus suegros que lo visitaron en mayo de aquel año.
—Chevo, güeeey como estas, como está todo por allá—dice Chevo que le pregunta Guardiola cuando habla con él por teléfono. Quiso aprender algunas palabras y para empezar a familiarizarse, comenzó a usar a manera de broma, la palabra “güey”, recuerda.
Pep Guardiola, el entrenador que ha conseguido más títulos en un año en la historia del futbol mundial, que marcó un hito en la historia del Barcelona como jugador y después como técnico, se retiró de las canchas en el verano del 2006 mientras vestía los colores de un equipo mexicano que representa a una provincia donde el deporte más popular es el beisbol.
Fosa común
Guardiola ya está en Munich, Alemania, donde tomó la dirección técnica del legendario Bayern, un equipo que la temporada que acaba de concluir, ganó el triplete que cualquier equipo de Europa quisiera en sus vitrinas: Liga, Copa y Champions. Viene un nuevo capítulo para el ex inquilino de la suite 411 del hotel Lucerna de Culiacán. ¿Cómo le irá? Veremos.
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