Víctor Manuel Tovar González
Gente. Mucha gente. Gente colorida. De todos los colores.
"Los jóvenes salieron a la calle y súbitamente todos los partidos envejecieron...".
El Movimiento de los indignados ha regresado a lo grande al lugar que le vio nacer hace seis meses: la puerta del Sol. Miles de personas han llegado al grito, ya clásico de este movimiento, de "Que no, que no, que no nos representan" a la plaza donde los pertenecientes al movimiento indignado ubican el kilómetro cero. Los indignados, que ocuparon muchas calles aledañas, protagonizaron varias asambleas hasta bien entrada la madrugada.
Mientras, los indignados en el resto del globo han hecho que políticos y banqueros sientan su aliento con sus protestas a las puertas de sedes gubernamentales, y la Bolsa o bancos en varios rincones del planeta. "Somos el 99% frente al 1%" es uno de los gritos de esta protesta que se puede ver en una pancarta de Nueva York o en boca de una manifestante madrileña. Son muchas horas de movilizaciones recogidas en imágenes de profesionales y aficionados de la lente.
La protesta de los indignados, para exigir un nuevo sistema político y económico, se ha dejado sentir en decenas de plazas españolas. En Madrid (460.000 personas había en Sol cuando daban las ocho y media), en Barcelona (260.000, según la Policía), en Sevilla (150.000 personas, según los manifestantes) y en San Sebastián, entre otras muchas ciudades.
”Estamos preocupados e indignados por el panorama político, económico y social que vemos a nuestro alrededor. Por la corrupción de los políticos, empresarios, banqueros… Por la indefensión del ciudadano de a pie” (no, no es México, es España), dicen en el manifiesto con el que convocaron a la movilización. Lo cierto es que, a pesar de lo general de la proclama y con la ayuda de las redes sociales, lograron la adhesión de miles de personas (1, 000,000 en toda España, aseguran los organizadores) que salieron a las calles a manifestarse.
Bajo el lema Toma la calle. Rompe su bolsa. Gobierna tu vida, miles de personas han copado por completo la céntrica Plaza del Sol en una marcha sin incidentes y de ambiente festivo y reivindicativo. “Solo con el fraude fiscal de los que más tienen se suprimirían los recortes sociales”, protestaba Elio Fernández. A su lado, un bebé tenía colgado del cuello un lema más tajante: “He nacido para ver morir el sistema”.
Muchos atribuyen la inspiración de estas protestas a un libro de 30 páginas escrito por el francés Stéphane Hessel y que pocas semanas después de su publicación en España se convirtió en un éxito de ventas. La obra, de hecho, dio nombre a los manifestantes. “¡Indignaos!”, se titula el libro, “indignados” les dicen los medios a quienes protestan. “En situaciones como la presente, no debe existir espacio para la resignación o la apatía”, dice Hessel en su libro.
¿Quiénes son? Se trata principalmente de jóvenes a los que se les han sumado personas de todas las edades y estatus social descontentas con la situación de su país y la respuesta de los políticos ante la crisis. Uno de los aspectos más destacados de la movilización es que no está promovida por partidos políticos.
¿Por qué ha tenido tanto éxito? Las movilizaciones son totalmente pacificas y se están produciendo a pocos días de las elecciones generales en España del próximo 20 de noviembre. Un movimiento diferente a la previsible monotonía de la campaña electoral llamó la atención de inmediato. Además está de fondo la situación económica. Hay 21% de desempleo (45% entre los más jóvenes), además de duros recortes en gastos y la casi certeza de nuevos ajustes después de las elecciones. A esto se suma la posibilidad cierta de que miles de personas pierdan sus casa por no poder seguir pagando la hipoteca.
Los dos partidos mayoritarios llevan en sus listas candidatos acusados de hechos de corrupción (ya lo dije, no es México, es España), cosa que ha generado un profundo cuestionamiento del estilo actual de hacer política. En medio de este desencanto, el llamado movimiento de los indignados surge como catarsis ciudadana de indignación ante el manejo de la crisis y el estilo tradicional de hacer política. En resumen, muchos ciudadanos estaban disconformes y encontraron en el movimiento una opción para manifestar su descontento. Otro factor es el hecho de que España, por cercanía y por historia, vivió con mucha intensidad los levantamientos en el mundo árabe.
Decenas de miles de ciudadanos de los cinco continentes respondieron la semana pasada al llamamiento de los indignados. Desde que en el pasado mes de mayo las marchas de protesta se multiplicasen por la práctica totalidad de las grandes capitales españolas, movimientos similares se han reproducido en otros países y han sido particularmente llamativos en Bruselas y Nueva York, símbolos ambos núcleos de las decisiones políticas y financieras que están en el origen del malestar ciudadano. Guerra de cifras aparte, el gran logro del Movimiento de los indignados, heredero de aquellas movilizaciones españolas de mayo, fue el de movilizar a decenas de miles de ciudadanos de los cinco continentes bajo los mismos lemas en favor de un cambio global y en contra de los recortes sociales y de las élites políticas y financieras.
Esta dimensión global de la protesta es lo que otorga al movimiento de los indignados un sello distintivo sin precedentes. Es la primera vez que una iniciativa ciudadana consigue organizar de manera coordinada tantas manifestaciones en tantos lugares tan dispares y alejados. Frente a las viejas protestas altermundialistas organizadas allá donde se reunían los líderes mundiales, esta es una respuesta global alimentada por la cuestionada gestión, también global, de esta crisis financiera que ha desembocado en una gran depresión mundial.
Las reivindicaciones del Movimiento indignado cuentan con las simpatías de la mayor parte de la opinión pública en un difícil momento histórico en el que el reparto de las cargas y los sacrificios se percibe como injusto y desigual. Amenaza con especial virulencia a los jóvenes. La inacción del pasado, propia de sociedades anestesiadas, ha dado paso a una más positiva reacción social que exige, sin embargo, grandes dosis de organización y mucho civismo.
Nuestro México también participo en la gran jornada mundial, aunque de manera bastante marginal, pero recordemos que nuestros grandes movimientos sociales comenzaron con poca participación. En nuestro país los componentes de la insurgencia social están dados. La corrupción del gobierno a todos niveles, la privatización enmascarada de la educación, el menor esfuerzo público en salud y el privilegio de que disfrutan quienes invierten en la bolsa e instrumentos financieros.
Bien venido un movimiento pacífico como el de los indignados. México requiere un cambio urgente, donde los partidos y los políticos no participen, pues ya nos fallaron.
¿O acaso algún político mexicano puede decir a la cara a la ciudadanía? Si, si, si los represento!
Pero recuerde, Ud. Tiene la mejor opinión
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