Alejandro Zapata Perogordo
Todavía no terminamos de asimilar lo irracional del operativo norteamericano perpetrado en México, aquel de triste memoria denominado “Rápido y Furioso”, cuando surge a la luz pública que durante los años del 2006 y 2007 hicieron lo mismo bajo el rubro de “Receptor Abierto”.
Ambos tenían como objetivo traficar armas a nuestro país para ser entregadas a los cárteles mexicanos y presuntamente darles seguimiento. Esas miles de armas en ambos lados de las fronteras han sido utilizadas para cometer actos criminales y exacerbar la violencia.
Aunque se habla de colaboración y cooperación conjunta, existen varias cuestiones a dilucidar, ya que cuando se realizan acciones unilaterales como los dos operativos que nos ocupan, lo que se percibe es un signo inequívoco de pérdida de confianza, que tal vez sea mutua. Sin embargo, es posible entender que es una enorme falta de respeto a la soberanía mexicana y evidencia un doble discurso por la contraparte estadounidense.
Probablemente tengamos responsabilidad por la porosidad de nuestras fronteras del norte, circunstancia que debemos aceptar y estar conscientes de la existencia prevaleciente de la corrupción que no se ha podido erradicar. No obstante, lo mismo podemos afirmar de los propios vecinos americanos, que dejan pasar la droga y a los migrantes indocumentados cuando así les es conveniente.
Con todo y eso, es injustificable dar armas modernas a los delincuentes en nuestro país, quienes las utilizan en contra de las personas y del Estado mismo, bajo el pretexto de rastrearlas.
Cabe hacer algunas consideraciones sobre este punto: en principio, tenían perfectamente conocimiento del incremento de la violencia en México que prácticamente había comenzado a partir del 2004, año en que hubo la posibilidad de adquirir armas de asalto en aquel país, por lo tanto; dotar de más y mejores armas a los delincuentes preveía una actividad de mayor agresividad, lo cual ocurrió.
Después de que se evidenciara el operativo “rápido y furioso” 2C un subsecretario de estado norteamericano calificó la situación de México como: “una insurrección del narco”. Resulta muy claro que ellos mismo ocasionaron esas condiciones.
En realidad ahora nos dejan muchas dudas de su actuar, pues tomando con la debida reserva, ahí están las declaraciones de Vicente “el Vicentillo” Zambada, en un testimonio escrito ante una corte Federal de Illinois, afirma la inmunidad del gobierno estadounidense a los líderes del Cartel de Sinaloa Joaquín “el chapo” Guzmán e Ismael “el mayo” Zambada, a cambio de que estos suministraran información sobre las bandas rivales, en contrapartida la DEA les suministraba información sobre operativos policiales. (Periódico REFORMA 02/08/2011 pág. 7 José Díaz Briseño, corresponsal). Esto nos conduce a otra interrogante: ¿a qué cartel le suministraron las armas que ilegalmente introdujeron al país?
De lo anterior algo me queda muy claro: El primer operativo recién descubierto, el denominado “Receptor Abierto”, fue un fracaso –cuando menos en los objetivos que señalan-, ya que las armas que se supone serían rastreadas, se perdieron. Tal resultado obliga a cuestionar: ¿por qué hacer un segundo operativo igual?, lo menos que podemos pensar, es que el resultado de ese operativo sería similar.
Aunado a lo anterior, las últimas declaraciones de Rick Perry, gobernador de Texas y aspirante a la presidencia de los Estados Unidos, afirma que de llegar a ocupar la Casa Blanca mandaría tropas a México para combatir a la delincuencia. Es decir, preocupa que vayan exactamente en la misma línea injerencista.
Así, sucesivamente vamos teniendo elementos y sucesos que en su conjunto, nos hacen pensar que existe una tendencia en el vecino que no necesariamente está interesada en que México pueda superar el problema de la inseguridad y, por el contrario, aquí es indudable que deseamos tener socios serios, sensatos, responsables y respetuosos. Simplemente, confiables.
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