Domingo, 08 de Febrero de 2026
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Semana del 10 de Diciembre al 16 de Diciembre 2010

Salario mínimo: Buenas intenciones, malos resultados

Salario mínimo: Buenas intenciones, malos resultados

Víctor Manuel Tovar González



La figura del salario mínimo se establece en el artículo 123, fracción VI de la Constitución General de la República, “bajo el principio de que el salario mínimo, deberá ser suficiente para satisfacer las necesidades normales de la vida del obrero, su educación y placeres honestos considerándolo como jefe de familia”. Sin duda un buen deseo del constituyente, pero una gran utopía para los millones de mexicanos que viven con menos de cinco salarios mínimos.

El Consejo de Representantes de la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos (órgano encargado de fijar el monto del salario mínimo), que se integra con 22 consejeros del sector obrero (11 titulares y 11 suplentes), 22 consejeros del sector patronal (11 titulares y 11 suplentes) y el presidente de la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos, acordó declararse en sesión permanente a partir del día primero de diciembre, y dispone de un plazo que vence el día 30 de diciembre para fijar los nuevos salarios mínimos generales y profesionales que entrarán en vigor el día primero de enero del 2011, tarea poco grata en virtud de que la meta del constituyente quedara una vez más muy lejana. Algo anda terriblemente mal en el mercado laboral mexicano.

Desde hace un decenio el país tiene la tasa de desempleo más elevada registrada. Solo ha estado por debajo del 10% durante cuatro meses en ese lapso. Hoy, el desempleo juvenil bordea el 24% y en algunas ciudades supera el 50%. Además, 51% de los ocupados está vinculado a un empleo informal.

Cifras como esas están, sin duda, detrás de la falta de productividad, las altas tasas de pobreza y desigualdad en la distribución del ingreso, fenómenos en los que México registra resultados entre los peores ya no sólo de la OCDE si no de América Latina. Definitivamente, se trata de un asunto estructural que el país tiene que encarar con seriedad.

La semana próxima comienza en firme la discusión en torno al salario mínimo, un tema vertebral en el funcionamiento del mercado de trabajo. Las posiciones de partida están puestas. Mientras los empleadores proponen un aumento que ronda el 4%, las centrales obreras piden el 8%. Los sindicatos sostienen que un incremento sustancial en el mínimo mejora la capacidad de compra de los consumidores y, por esa vía, se promueve el crecimiento. Además, tratan de mostrar que el incremento es muy pequeño, cuando el porcentaje se expresa en pesos y centavos.

En contra partida, el sector patronal opina que, salvo pequeñas mejoras en el consumo agregado, un mayor salario mínimo tampoco reduce la pobreza, porque las personas de menor ingreso reciben menos de la remuneración mínima legal (Qué mejor ejemplo que los jornaleros en nuestra Huasteca).

Los expertos de las patronales, destacan que cada tres años acumulamos nueve puntos porcentuales reales de crecimiento en el salario mínimo y sus sobrecostos. Es como si cada tres años se impusiera una nueva carga parafiscal. Así, un aumento del salario mínimo por encima de la inflación se convierte en un obstáculo a la generación de empleo formal. En contra de la intuición de muchos, la visón empresarial es de que un menor aumento ayudaría a los pobres, a los desempleados y a los informales. Porque un aumento del salario mínimo muy por encima de la inflación perjudica a los pobres, a los desempleados y a los informales. Los mayores beneficiados serían los trabajadores afiliados a sindicatos corporativos.

La aritmética demográfica aplicada de manera simplista apoya el argumento. Sólo un millón de personas gana el salario mínimo, contra seis que devengan menos de eso, 2,3 millones permanecen en el desempleo y trece millones son informales. En cuanto a quienes ganan entre dos y diez salarios mínimos, las encuestas señalan que el piso para los aumentos en la remuneración es la inflación, muestra de una relación débil entre mínimo y consumo. Así, la propuesta de los sindicatos beneficia fundamentalmente a sus afiliados, y no a los desempleados, a los pobres y a los informales, que son un porcentaje mucho mayor de la población.

No sorprende, entonces, que los argumentos de los empresarios no hayan logrado convencer a los políticos y a los demás ciudadanos sobre sus propuestas para administrar mejor el mercado laboral. El problema central está en que en este debate hay más pasión que cálculo; pero también, en que con el instrumento único del salario mínimo se quiere conseguir a la vez buen nivel de empleo y consumo alto. El mercado de trabajo sólo puede soportar el consumo a costa de un incremento en la productividad del trabajo, los incrementos en el salario no se pueden lograr, ni con buenas intenciones, pero tampoco con apologías de la ganancia.

Para resolver esta estéril discusión hay que pensar en instrumentos nuevos. Uno de ellos podría ser el de impuestos negativos al empleo, como los que hoy se estudian en Chile dirigido a los jóvenes más pobres. En este esquema, el gobierno hace transferencias (es decir les otorga dinero) a las personas con salarios que estén bajo un umbral determinado. Así, el salario más reducido permite a la gente trabajar y se formalizarse, y la transferencia fortalece la capacidad de consumo de los pobres. Este planteamiento sin duda sólo ofrece una solución de momento, pero sin embargo merece su estudio junto con otras propuestas innovadoras.

Otra de las soluciones a estudiarse, ofrece la real solución, y se debe realizar fuera de la comisión de los salarios mínimos, y darse en el Congreso de la Unión, dado que su carácter social la rebaza. Y es la mejor educación, sobre todo aquella vinculada con el sector productivo, a mayor productividad mayor salario, el estado mexicano debe gastar más y mejor en la educación de su fuerza laboral. Debe regresar a sus orígenes; educación laica, gratuita y obligatoria, dar fin a la simulación y dejar de cobrar atreves de las asociaciones de padres, o ¿no se han dado cuenta de que muchos padres están imposibilitados de pagar dichas cuotas? O comen o estudian sus hijos.

Mientras que el estado mexicano no olvide las recetas neoliberales del FMI, y retome su esencia popular, y le devuelva a la educación pública el esplendor de los años 30, 40, 50, 60, 70, los jóvenes que no trabajan ni estudian (Ninis) seguirán aumentando, y los que lleguen a las aulas, debido a su mala preparación sólo ganaran desaliento, frustración y empleos mal remunerados. Solo con educación pública de excelencia y vinculada a la producción y los servicios, se incrementará la productividad y con ella los salarios.

El nivel de desempleo es razón suficiente para que se abra una discusión seria y permanente en la que quepan este y otros esquemas que permitan aumentar y formalizar el empleo. En un país con alto índice de desocupados, el asunto no se puede dejar para unos pocos días al final del año.

[B]Como siempre, Ud. Tiene la mejor opinión.[/B]

 


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