Juan Veledíaz/www.estadomayor.com
¿En qué momento la realidad del horror se equiparó con el derecho a saber?
El video comenzó a circular el martes 19 de noviembre por la red de Internet. Dura poco más de dos minutos y medio y está tomado con el teléfono celular de un hombre uniformado de azul, con pasamontañas, que aparenta ser miembro de un cuerpo policiaco de Tamaulipas. El individuo recorre con su teléfono móvil el interior de una camioneta color rojo donde yacen, sentados en la parte trasera, los cuerpos sin vida de dos hombres. Cuando realiza las tomas desde diferentes ángulos del vehículo, su figura aparece reflejada en los vidrios polarizados aparentemente de forma accidental.
La camioneta está atravesada sobre un camellón de lo que parece ser una carretera que, de acuerdo a los indicios de quienes subieron las imágenes a la red, podría localizarse a las afueras de Reynosa, Tamaulipas. En esta ciudad de la zona conocida como frontera chica, se desató hace pocas semanas una refriega entre dos grupos que formaban parte, al menos hasta hace unas semanas, del autodenominado cartel del Golfo, los “Metros” y los “Ciclones”, quienes estarían en disputa por el control de la ciudad y las vías que comunican con Matamoros. El pasado fin de semana, en esta región, se reportaron varios enfrentamientos donde hubo al menos media docena de muertos. De acuerdo a las autoridades federales y a la consultoría estadounidense en temas de seguridad e inteligencia Stratfor, este tipo de ajustes de cuentas reflejaría una nueva fractura en esta organización mermada en los últimos años, no solo por la detención o la muerte de sus líderes, sino por disputas en su seno ante la ausencia de un liderazgo que logre aglutinar a las diversas facciones.
En el video aparece, en primer lugar, la silueta de espaldas de un oficial de policía uniformado de forma similar a que quien realiza las tomas. Porta un fusil de grueso calibre y monta guardia junto al cordón de seguridad que los agentes de investigación tendieron para rodear al lugar del asesinato. Por el piso se alcanza a apreciar un chorro de sangre que recorre la banqueta. Viene del cadáver de un hombre tirado boca arriba en el piso que tiene a su lado un arma larga.
—Los dos primeros están sentados en el asiento trasero. Están sentados en el interior de la camioneta. Ajá, en el asiento trasero—, se alcanza a escuchar que dice un policía por teléfono. En el recorrido con la pequeña cámara del celular, el agente toma imágenes de un hombre que quedó hincado afuera del vehículo, está del lado del copiloto con la puerta abierta, tiene el rostro oculto entre el asiento y su pecho. Permanece inmóvil con huellas de sangre en su cuerpo.
Después, el uniformado recorre con su celular la parte trasera del vehículo. Por la ventanilla que tiene el vidrio abajo se alcanza a apreciar los cuerpos de dos hombres con huellas de sangre en sus ropas. Uno de ellos porta una playera gris. Entonces irrumpe la imagen del otro que trae una playera roja. Este hombre tiene el cráneo destrozado. La cámara se detiene durante varios segundos en el boquete que se abre entre el cabello que muestra un hueco donde se aprecio restos de masa encefálica de la víctima. La imagen es dantesca.
Son cuatro hombres asesinados, uno quedó tirado en el piso, otro encogido del lado del copiloto con la puerta abierta, y dos más sentados en la parte trasera. El video se interrumpe por los llantos de una mujer que intenta acercarse al vehículo. Los policías no la dejan, le piden que se retire. La señora parece no importarle lo macabro de la escena y rompe en llanto de nuevo. El hombre con la cámara sigue su recorrido y se detiene de nuevo en el río de sangre que sale del hombre que quedó boca arriba tirado en el piso.
Desde siempre, la virulencia de la mirada ha sido objeto de interrogación, de preguntas incesantes y aproximaciones a una respuesta desde diferentes disciplinas. El espanto y el asco parecen sublimados por el morbo, y cuando se está en el lugar del suceso, el morbo actúa como cortina de humo donde la curiosidad se transforma en una contemplación muda vuelta indiferencia.
Cuando hablamos de videos de asesinatos, de violaciones o de tortura, existen varias ambigüedades: “¿De qué tipo de representación se trata? ¿Estamos todavía en el marco de una representación? ¿Hay en este caso una forma cualquiera de sublimación? Por otra parte, estas preguntas no solamente conciernen a los videos propiamente dichos. También se refieren a sus espectadores: ¿Por qué mirar estas imágenes de asesinatos? ¿No estaremos recuperando una práctica bárbara antigua, la de los sacrificios humanos organizados con fines de espectáculo? ¿Acaso los videos que escenifican la muerte no corren el riesgo de producir una sociedad de la indiferencia, en la que nadie se preocupa por el otro?”.
Las preguntas y la reflexión la hace la doctora en filosofía y antropóloga italiana Michela Marzano en su libro “La muerte como espectáculo. La difusión de la violencia en Internet y sus implicaciones éticas”, una obra donde se analiza cómo a partir de las películas snuff, en los años setenta y ochenta en Europa y Estados Unidos, el auge de asesinatos, torturas y violaciones grabados y difundidos de forma masiva, tuvo una transformación radical a raíz de los atentados del 11 se septiembre del 2001, y la posterior “guerra contra el terrorismo”.
A partir de esos años en México, con la irrupción de la banda paramilitar denominada “los Zetas”, y el desbordamiento de la violencia pocos años después por las disputas entre organizaciones de tráfico de drogas, el uso de las imágenes de asesinatos, interrogatorios con torturas y decapitaciones, se convirtió en una arma no solo de propaganda, sino de terror frente a todo lo que fuera diferente a los intereses de los grupos en pugna.
Parecería que la sociedad mexicana pasó de una etapa de asombro y estupor a “una apología de la indiferencia”, ante el cúmulo de videos, fotos y escenas que se desbordaron desde el año 2006, cuando Felipe Calderón llegó a la presidencia del país y la nación entró en un torbellino de terror y sangre del cual aún no sale.
En este sentido, el trabajo de la profesora Marzano, se vuelve útil cuando se hace necesario detenerse un poco frente al mapa de las narcodisputas, hacer a un lado por un momento el registro de fracturas y peleas entre bandas que responden a intereses de las organizaciones de tráfico de drogas, y cuestionarse no sólo cómo llegó ese video tomado por un hombre uniformado de policía a la red, sino más allá del registro y su fines ¿en qué momento la realidad del horror se equiparó con el derecho a saber?
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