Luis Bárcenas Torres
La herencia de Coco Herrera:
Hace cosa de cinco años el periódico El Norte publicó un reportaje en el que se ponderaban los atractivos turísticos de la zona. Destacaba la belleza de las cascadas de El Salto, Micos, Tamul; lo impresionante del Sótano de Las Golondrinas y reiteraba, casi con envidia, lo generosa que con nosotros había sido la naturaleza. Al referirse a Ciudad Valles el autor indicaba que como centro regional nuestra ciudad contaba con una regular oferta hotelera, pero, concluía con dureza, de ahí en adelante la ciudad no tenía nada que ofrecer.
En la actualidad son muchas las ciudades y pueblos del país que pugnan por recuperar sus atractivos urbanos con el propósito de ofrecer al turismo una alternativa de ocio que reporte beneficios económicos. No sin pocos problemas, gobiernos decididos han transformado sus centros históricos devolviéndoles el esplendor original; así lo hicieron en Morelia, que ahora luce orgullosa su catedral y los palacios y plazas de la zona centro; Tampico es otro después que retiraron el comercio ambulante aledaño a la plaza de la Libertad y se remozaron los edificios de la zona para imprimirle un sello al estilo Nueva Orleans. No fue fácil para Marcelo Ebrard recuperar las calles contiguas al Palacio Nacional para devolverles estilo original de nobleza, pero lo logró.
El programa Pueblos mágicos ha despertado el interés de lugares como Real de Catorce y Xilitla que ya lograron su denominación y Alaquines y Armadillo que se aprestan a obtenerla mediante acciones de imagen y ordenamiento urbano que incluye remozamiento de edificios, limpieza de calles y capacitación para la atención al turismo, por ejemplo.
Cuando no hay herencia arquitectónica que preservar algunos gobernantes se las han ingeniado para construir los atractivos que detonen polos de desarrollo, así lo hicieron en Monterrey, que antes de la Macroplaza era solo un pueblote donde factorías y viviendas se alternaban en un paisaje urbano poco atractivo. Luego construyeron el parque Fundidora en lo que fueron los terrenos de la antigua acería y el Paseo Santa Lucía con su río artificial. Ahora con capital privado de quienes construyen el nuevo estadio Monterrey, le darán vida a varios parques que se unirán mediante el rio La Silla que fluirá navegado por diseñados lanchones al pie del imponente cerro.
La capital de nuestro estado, con un legado arquitectónico virreinal de valor inobjetable, ha integrado el Fideicomiso del Centro Histórico entre cuyos ambiciosos proyectos incluye, para empezar, la recuperación de la Alameda Juan Sarabia con remozamiento y construcción de edificios que transformarán esa parte de la capital y la convertirán en poderoso atractivo turístico.
El embellecimiento de las ciudades no son obras de relumbrón, como se dijo cuando Toño Esper transformó la Av. Hidalgo, son obras necesarias que impactan en el estado de ánimo de la ciudadanía, impulsan un sentido de pertenencia y orgullo y favorecen el desarrollo y crecimiento económicos.
Ciertamente nuestra ciudad no tiene nada que ofrecer. Con historia a partir del tren, aunque es la población más antigua del estado, Valles carece de atractivos urbanos. Es más, la anarquía arquitectónica en que se ha desenvuelto no le ha favorecido para desarrollar un sello que le caracterice.
La anarquía también es vial, agravada por un tianguis semanal que neciamente se instala en la periferia de los mercados y por el ambulantaje que ha sentado sus reales en el resto de la zona comercial. Caminar por las aceras del centro es, como dijo una vez Ana Delia Gallegos, una especie de "deporte extremo" por los desniveles de las banquetas y los mil estorbos que obstaculizan nuestro paso.
Presentar nuestra mejor cara con la limpieza de nuestras calles es un afán que perdimos hace tiempo. Aquella ciudad ecológica que pregonó Jorge Terán no pasó del discurso. Las laboriosas "hormiguitas" de Nahúm Azuara bien pronto guardaron sus escobas cuando los intereses de Coco fueron otros. En el centro de la ciudad los hacinamientos de basura son el espectáculo que se ofrece a la vista de los visitantes. Ya nadie barre las calles y nuestra avenida principal, ya llena de baches, es una polvareda en tiempos de seca y un lodazal en tiempos de lluvia.
La que podría ser un agradable paseo comercial es un tormento con colgaderos de mochilas sobre las banquetas, sonidos a todo volumen, góndolas de ropa que obstaculizan el libre paso de los peatones y una aberrante contaminación visual de la agresiva publicidad comercial. Así no debe ser la avenida principal de la segunda ciudad más importante del estado.
Es lamentable, deplorable, nuestro paisaje urbano. En el reciente fin de semana largo y buen fin, tuvimos la visita de miles de turistas que abarrotaron los hoteles; las participantes de un Campeonato nacional de Soft bol Femenil deambulaban por el centro buscando algún atractivo para tomarse la foto del recuerdo, no, no lo hubo: la ciudad nada tiene que ofrecer.
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