Víctor Manuel Tovar González
El decreto de ley contra la discriminación aprobado en el Distrito Federal hace algún tiempo, ha desatado las quejas injurias y hasta a recibido una que otra anatema de parte de algún pederasta, y obvio de las buenas conciencias conservadoras (que se persignaron o golpearon el pecho al ver en vigor dichas leyes).
Los decretos de los adoradores del diablo, encabezados por su pontífice Marcelo Ebrard, como lo catalogan “las buenas conciencias”, dijeron que predica sobre la noción de igualdad absoluta (...) en eso basan algunas aberraciones como permitir (que horror) que personas del mismo sexo contraigan matrimonio, que se contrate a madres solteras, que se practique la equidad de género y que se integren los indígenas a la sociedad nacional.
Los conservadores se equivocan, como se equivocaron al creer que las Leyes de Reforma tenían como fin afectar al clero. Se equivocan. Las leyes, como fue en su tiempo el de la reforma, únicamente aspira a incluir a nuestra sociedad a los tiempos que se viven, no intenta agredir a ninguna persona o grupo social. Simplemente prohíbe la discriminación.
Para entenderlo es imprescindible hacer algunas precisiones.
Cada ser humano, está provisto de múltiples características. Tiene un aspecto físico, un origen familiar, entrega su conciencia a un determinado Dios, proviene de una etnia, cuenta con una orientación sexual, posee una vocación, ejercita una conducta. La suma de eso constituye su identidad. Cada uno somos así una amalgama de varias cosas: algunas son fruto de circunstancias que no logra controlar, otras son resultado de decisiones voluntarias que afectan sólo a quien las adopta, otras el fruto de decisiones voluntarias que atañen a terceros.
¿Qué características de todas esas que configuran a un ser humano deben tomarse en cuenta a la hora de distribuir oportunidades o recursos escasos como un trabajo, una posición de prestigio?
Si atendemos a las prácticas sociales, la manera en que de hecho se producen las relaciones sociales en nuestro querido México, los rasgos involuntarios parecen ser los predominantes: su apellido, las redes familiares con que cuente, el aspecto que posea, el tono de su piel, la etnia a la que pertenece, y cosas de esa índole, todas involuntarias, son las que influyen en el trato que usted recibirá. Así si usted reúne un puñado determinado de características involuntarias, su oportunidad de un buen empleo crece, o no me diga que miento si una persona de aspecto Caucásico (güerito pues) de origen europeo, será preferido para un puesto de trabajo de índole ejecutivo sobre otro mexicano prietito y de origen indo-americano.
¿Es correcto tratar así a la gente? Por supuesto que no.
Tratar con respeto a los seres humanos consiste en nunca tomar en cuenta a sus cualidades involuntarias, en cambio, si privilegiar a su desempeño, a la conducta que él elige en cuanto a su trabajo y su relación con la sociedad. Esto viene exigido por el concepto de dignidad. Los seres humanos tienen dignidad, y no precio, porque son el fruto de sus propias decisiones y no en cambio el resultado de voluntades ajenas a la suya. Si cada ser humano es un evento único (nunca hubo nadie como yo antes que yo existiera y nunca habrá nadie como yo, cuando me vaya, dijo Truman Capote) ello se debe a que cada individuo es el fruto de su voluntad, el resultado de la suma de sus decisiones.
¿Significa entonces que todas las elecciones que realizan las personas deben ser tomadas en cuenta a la hora de decidir cómo tratarlas?
Tampoco.
Dentro de las múltiples decisiones que una persona ejecuta, algunas le corresponden sólo a él y otras, en cambio, tienen que ver con su relación con los demás. Cómo viva cada uno su vida sexual, qué Dios adore o qué sustancias consuma a la hora de escapar del tedio de la existencia, es algo que sólo atañen al sujeto que tomó esa decisión. En cambio, qué disposición tenga una persona a cumplir la ley, honrar sus compromisos o proteger a los más débiles, es una decisión voluntaria que repercute a terceros.
¿Qué aspectos de los tres que se acabamos de ver; rasgos involuntarios, elecciones voluntarias que sólo afectan a quien la toma o elecciones que afectan a terceros, deben ser tenidas en cuenta a la hora de distribuir oportunidades y recursos en la sociedad?
No cabe duda que de los tres sólo deben importar las elecciones de cada uno relativas a sus relaciones con terceros: la disposición a cumplir los deberes, a respetar la ley, a colaborar en las tareas comunes. Y estas características, como lo suponen las leyes aprobadas en el pasado reciente en el Distrito Federal, son independientes de la orientación sexual de las personas, su origen racial, familiar, sexo o cosas semejantes.
Prohibir la discriminación no es imponer la voluntad absoluta de un puñado de ciudadanos sobre de otros, como temen los conservadores y las “buenas conciencias”. Se trata de establecer diferencias; pero en base al desempeño, el conocimiento y el comportamiento en lo individual y lo social, no en base a la orientación sexual, la etnia o el origen. Aunque ello conduzca, horror exclamarán las así mismo llamadas “las gentes de bien” o “gente bonita” al matrimonio entre homosexuales, la igualdad de género, la integración étnica, a la prohibición de contratación por origen, apellido y apariencia.
Reflexionar sobre el tema de la discriminación, está en la palestra de la discusión que los mexicanos debemos realizar en el 2012. O queremos una sociedad anquilosada, retrograda, discriminante, añorante de príncipes europeos y de dioses rubios de olimpos extranjeros, que solamente pueda crecer a 0.5% promedio cada década. O una sociedad sin discriminación, que no igualitaria, donde la aristocracia sea por el conocimiento, el comportamiento ético y disposición al trabajo. Es decir vivir en una verdadera democracia.
Por lo demás. Recuerde Ud. Tiene la mejor opinión.
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