Por Salvador Maceda | Periodista
Tres veces candidato presidencial, fundador del PRD y primer jefe de Gobierno electo de la capital, su mayor legado quizá no esté solamente en los cargos que ocupó, sino en haber demostrado que el sistema podía ser desafiado por la vía democrática.
La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano cierra una etapa de la política mexicana que difícilmente puede explicarse sólo con cargos, candidaturas o partidos. Murió el 28 de octubre, a los 92 años, y con él desaparece una de las figuras que ayudaron a romper la lógica del partido hegemónico y abrir espacio para una oposición competitiva.
Lo conocí desde el trabajo periodístico, siguiéndolo en campañas y recorridos. No era un político de grandes gestos ni de frases fáciles. Su estilo era sobrio, a veces hasta distante, pero detrás de aquella seriedad había una disposición poco común para detenerse y escuchar.
Recuerdo una gira por Guerrero. En el camino apareció un grupo de habitantes de una comunidad apartada. Parte de su equipo consideraba que detenerse no tenía demasiado sentido electoral: eran pocos, algunos ni siquiera contaban con credencial para votar y el itinerario estaba apretado.
Cárdenas decidió parar.
La respuesta que dio entonces resume buena parte de su forma de entender la política: no estaban ahí solamente para conseguir votos; también estaban para escuchar a la gente.
Ese episodio ayuda a comprender por qué su figura sobrevivió a derrotas electorales, divisiones partidistas y cambios generacionales.
LA RUPTURA QUE MODIFICÓ AL SISTEMA
Su peso histórico comenzó a definirse cuando, junto con Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y otros integrantes del PRI, impulsó la Corriente Democrática y cuestionó la forma en que el partido dominante seleccionaba a sus candidatos.
La ruptura terminó conduciendo a Cárdenas fuera del PRI y posteriormente a encabezar el Frente Democrático Nacional en la elección presidencial de 1988. Documentos históricos ubican aquel movimiento como uno de los momentos decisivos en la reorganización de la oposición y la apertura del sistema político mexicano.
La elección de 1988 continúa siendo uno de los episodios más controvertidos de nuestra historia electoral. El resultado oficial dio la Presidencia a Carlos Salinas de Gortari y Cárdenas sostuvo que se había cometido un fraude.
Pero más allá de una discusión que permanece abierta en la memoria política del país, aquella campaña dejó algo irreversible: mostró que el poder presidencial podía ser disputado desde una coalición amplia de fuerzas opositoras.
De aquel movimiento surgiría posteriormente el Partido de la Revolución Democrática, fundado en 1989 con la participación de distintas organizaciones de izquierda y disidentes del PRI.
GANAR DESPUÉS DE HABER PERDIDO
Cárdenas volvería a buscar la Presidencia en 1994 y 2000.
Su victoria electoral más importante, sin embargo, llegó en 1997, cuando se convirtió en el primer jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal electo mediante voto popular. Ese mismo año ocurrió otra transformación: el PRI perdió la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados.
También protagonizó momentos que quedaron incorporados al anecdotario político nacional. En la campaña presidencial de 2000, una discusión sobre cuándo debía celebrarse un debate terminó inmortalizando el famoso "hoy, hoy, hoy" de Vicente Fox. El propio INE lo recuerda entre los episodios más reconocibles de los debates presidenciales mexicanos.
Cárdenas no era un político diseñado para el espectáculo televisivo.
Su fortaleza estaba en otro terreno: la constancia, la organización, la capacidad para reunir fuerzas distintas y una idea de país que mantuvo durante décadas, incluso cuando eso significaba tomar distancia de antiguos aliados.
UN RECONOCIMIENTO QUE CRUZÓ PARTIDOS
Su fallecimiento provocó algo poco frecuente en el México polarizado de nuestros días: reconocimientos provenientes prácticamente de todo el espectro político.
La presidenta Claudia Sheinbaum destacó su papel en el movimiento democrático de 1988 y su aportación a la transformación política del país. A su despedida acudieron figuras de diferentes corrientes, incluidos antiguos compañeros y adversarios.
Eso también dice mucho de su trayectoria.
Se puede discrepar de Cárdenas, de sus decisiones, de sus campañas y de los partidos que ayudó a construir. Lo difícil es negar que participó directamente en la transformación de un sistema donde durante décadas Presidencia, partido gobernante y buena parte de las instituciones estuvieron profundamente entrelazados.
Su legado no debería convertirse únicamente en una estatua ni ser reclamado como patrimonio exclusivo de una organización política.
Cárdenas perteneció a una generación que entendió la oposición como una lucha de largo plazo, con derrotas incluidas, y que ayudó a normalizar algo que hoy parece elemental: que el poder puede disputarse, perderse y cambiar de manos.
Quienes cubrimos aquellas etapas recordaremos también al hombre serio, al personaje que rara vez sonreía frente a las cámaras y que soportaba incluso las caricaturas construidas alrededor de su personalidad.
Pero, por encima de la anécdota, recuerdo al político que sabía detenerse.
México despide a Cuauhtémoc Cárdenas. Con él se va uno de los grandes protagonistas de la transición democrática.
Queda, sin embargo, una pregunta que su trayectoria deja a las nuevas generaciones: si la política todavía puede construirse escuchando antes de hablar y pensando más allá de la siguiente elección.
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