Héctor de Luna Espinosa
En el versículo uno del capítulo uno del libro de Job dice que hubo en tierra de Uz un varón llamado Job, y era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Job era un ciudadano que gozaba del respeto de todos porque era irreprochable, recto, temeroso de Dios y de vida intachable.
Luego nos dice que tenía 10 hijos, mucho ganado, muchas tierras, una casa llena de sirvientes y una considerable fortuna. Nadie negaría que era el más grande de todos los hombres del oriente, pues él se había ganado esa reputación con años de arduo trabajo y honestidad en sus tratos con los demás. Su nombre era sinónimo de integridad y piedad.
En cuestión de horas, sin previo aviso, la adversidad cayó sobre Job como una avalancha de rocas. Perdió su ganado, sus cosechas, sus tierras, sus sirvientes y, aunque parezca increíble, a sus 10 hijos. Poco después perdió la salud y, por lo tanto, su última esperanza de ganarse la vida.
El libro que lleva su nombre recoge una anotación que Job hizo en su diario poco después de que dejaran de caer las rocas. Escribió en el capítulo uno, versículo 21: "Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a él; el Señor dio y el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor".
Tras esta increíble declaración, Dios añadió que, a pesar de todo esto, Job no pecó ni culpó a Dios.
¿Cómo pudo soportar con tanta serenidad semejante serie de pruebas y dolor? Piensen en las consecuencias: la bancarrota, el sufrimiento, 10 tumbas nuevas y la soledad de esas habitaciones vacías. Sin embargo, leemos que adoraba a Dios; no pecó ni culpó a su Creador.
Las preguntas lógicas son: ¿por qué no lo hizo?, ¿cómo pudo evitarlo?, ¿qué le impidió sentir amargura o incluso pensar en el suicidio? A riesgo de simplificar demasiado la situación, sugiero tres respuestas básicas que encuentro al examinar el libro que lleva su nombre.
Primero, Job afirmó la soberanía amorosa de Dios. Creía que el Señor que dio tenía todo el derecho de quitar. En sus propias palabras afirmó lo siguiente en Job 2, versículo 10: "¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?". Y entonces me pregunto: ¿quién es el insensato que se atrevió a alzarle la voz a Dios? ¿Puede el barro cuestionar el plan del alfarero? Job no lo hizo. Para él, la soberanía de Dios estaba totalmente ligada a su amor.
En segundo lugar, Job confiaba en la promesa de resurrección de Dios. En Job 19:25 y 26 dice: "Yo sé que mi Redentor vive", y luego afirma: "Y al fin en mi carne he de ver a Dios". Él miraba hacia el futuro, confiando en la promesa de su Señor de que todo sería brillante y hermoso en la vida venidera. Sabía que entonces todo dolor, muerte, tristeza, lágrimas y adversidad desaparecerían. Sabiendo que la esperanza no defrauda, perseveraba hoy visualizando el mañana.
Pero, en tercer lugar, Job confesó su propia falta de comprensión. Escuchen su sincera confesión en Job 42, versículo 2 en adelante: "Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti; por tanto, yo hablaba lo que no entendía, cosas demasiado maravillosas para mí que yo no comprendía". Y dice: "Te preguntaré, y tú me enseñarás". Miró en su interior y confesó su incapacidad para comprenderlo todo. Depositó su adversidad en Dios sin sentirse obligado a explicar el porqué.
Tal vez estés empezando a sentir los golpes de las rocas que caen. Tal vez la avalancha ya haya ocurrido; tal vez no. La adversidad puede aparecer a miles de kilómetros de distancia en este momento; así se sentía Job unos minutos antes de perderlo todo. Repasa estas reflexiones de todas maneras, por si acaso.
Dios es soberano y puede hacer lo que quiera; es Dios. Confía en sus promesas; Él siempre las cumple. Y, aunque no entiendas todo, deja todo en sus manos; deposita tu confianza en Él.
Acompáñame a orar:
Señor, en medio de la adversidad decido poner mi vida en tus manos. Sé que eres un Dios bueno y amoroso; por tanto, sea hecha tu voluntad, que sé que es buena, agradable y perfecta. Amén.
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