Domingo, 17 de Diciembre de 2017
CIUDAD VALLES, S.L.P.
DIRECTOR GENERAL.
SAMUEL ROA BOTELLO
Semana del 24 de Noviembre al 30 de Noviembre de 2017

Nada que perder, todo por ganar

Nada que perder, todo por ganar

Rodolfo del Ángel del Ángel


Es común, frente al dolor no merecido, preguntarnos ¿por qué a mí? Ciertamente que la vida no es justa y, frecuentemente, vemos como a la gente buena le pasan cosas malas, y es que el sentido de la existencia no lo encontramos en la lógica humana de lo que es justo y no lo es. El sentido de la existencia lo encontramos en la fe, y la fe, nos resulta un absurdo si la tratamos de explicar desde plano de nuestros razonamientos. La razón humana tiene un límite y no lo explica todo, especialmente cuando de las cosas esenciales de la vida se trata. Es San Pablo quien dice que debemos andar por fe y no por vista, pues solo la fe puede percibir las cosas que no se ven y que tienen peso de eternidad. Cuando uno considera la vida del apóstol descubre lo que para él significaba andar por fe.

Cuando escribe a los hermanos de Filipos lo hace desde una oscura, fría y estrecha prisión romana. En esta carta el apóstol despliega confianza y gozo e invita a sus amados lectores a alegrarse en el Señor. Uno pudiera creer que San Pablo se ha vuelto loco ¡Cómo es posible que desde su condición pueda hablar de gozo, confianza y fe en Dios! La razón solo la descubrimos cuando apreciamos cuál es la fuente de la seguridad del apóstol. Él sabía que estaba allí por la voluntad de Dios y que había un propósito en ello. Él lo expresa de la siguiente manera: “Quiero que sepan, hermanos, que lo que me ha sucedido ha favorecido la difusión de la Buena Noticia” (Fil. 1:12). Dondequiera que Pablo iba era un misionero de Cristo con una sola encomienda: Anunciar la Buena Noticia en Cristo. Así es que él no estaba allí pro elección personal sino por comisión divina y para el representaba la extraordinaria oportunidad de dar testimonio de Cristo a la guardia pretoriana.

Pablo sabe que en la confianza que viene de la fe, no tenía ya nada que perder, pues, desde que había sido comisionado, todo lo había considerado como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo. De tal modo que podía concluir que cualquiera que fuera su suerte, no había modo de perder para él. Si permanecía en prisión, él ganaba, pues aquellos que estaban acobardados de proclamar a Cristo por temor a la persecución habían cobrado ánimo con sus prisiones y se atrevían, ahora, a hablar abiertamente y con valor de Cristo.

Claro, la prisión representaba la posibilidad de morir, pero Pablo sabía que solo la voluntad de Dios determinaría su suerte y en medio de esa situación algo tenía por seguro: Cualquiera que esta fuera, no había manera de perder. Si moría partiría para estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero si el Señor decidía dejarlo todavía, tampoco perdería, pues aún podría permanecer entre sus hermanos para provecho de su fe. En realidad, Pablo experimentaba un conflicto interior, este conflicto no era entre morir y no morir, pues nadie tiene elección frente a tal realidad. Su conflicto era entre querer ir con Cristo más allá de la muerte y vivir el mayor gozo que en este mundo se puede experimentar entre luchas y penurias: El gozo de servir a Cristo y anunciar su mensaje de vida.

Prisionero o libre, vivo o muerto; nada tenía que perder, más bien, tenía todo por ganar. Esta seguridad está expresada en sus propias palabras: “Estoy completamente seguro que ahora como siempre, viva o muera, Cristo será engrandecido en mi persona. Porque para mi la vida es Cristo y morir una ganancia” (Fil. 1:20, 21).

Jim Elliot, misionero que murió a manos de los indios Aucas a quienes él había ido a predicar el evangelio, escribió alguna vez estas palabras en su diario: “Ninguno es tonto si pierde aquello que no puede retener, para ganar lo que no puede perder”.

Claro, él también había comprendido que solo la fe le da sentido a la vida, porque en la confianza que nos viene de Jesús es perdiendo como ganamos.

 


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