Fernando Díaz de León Cardona
La postura del dirigente estatal del PRI, Ángel Castillo Torres, inherente a la omisión legislativa de primera intención o de segunda instrucción para no empatar la norma federal con la estatal en el tema específico de las disposiciones existentes para quienes aspiran a la gubernatura del estado, tiene sentido y razón en cuanto que se podrían generar controversias.
Para el presidente del CDE del tricolor, es claro que en un marco de interpretación de la pirámide jurídica fundamental, antes que el contexto legal estatal, siempre pesará más y será más definitivo y contundente el principio o la regla federal en tanto que la Constitución General de la República, establece claramente los criterios sobre quienes sí y quienes no pueden gobernar un estado.
Resultaría infantil, creer o suponer, que el legislativo no consideró esta parte en la ley secundaria porque no hubo un solo ciudadano o un diputado que hubiese presentado una propuesta en este sentido; sería pueril simplemente porque la responsabilidad del Congreso local es afinar la ley primaria con las leyes secundarias sin que ello significara pasar inadvertido un punto tan relevante que pudo haber tenido vigencia política hace 20 años pero que hoy es obsoleto inequitativo y retrograda.
También sería iluso creer que en el contexto aldeano es el Ejecutivo quien propone y es el Congreso del Estado quien dispone. Nuestra realidad política local es otra, porque es obvio que el Poder Legislativo, históricamente no solo no ha sido capaz de proponer, ordenar, vetar o modificar,- sino que siempre ha estado a merced o en los brazos del gobernante en turno y de los intereses partidistas, algo que resulta comprensible si se entiende que la vergüenza se perdió hace muchos años.
Antecedentes son muchos,- y de triste memoria es la actitud sumisa y remolcada de la mayoría de nuestros diputados actuales y de legislaturas pasadas, donde en teoría debieron surgir nuevas iniciativas o reformas a las leyes estatales. La regla, tradición y costumbre es la misma. Un Congreso manso, maiceado y manejable para satisfacer los intereses de otros y frenar las aspiraciones,- en este caso solamente de uno, de Teófilo Torres Corzo.
¿Para qué enrarecer un proceso natural de sucesión gubernamental, omitiendo una modificación tan obvia y dejar a la interpretación o a la imaginación de la clase política y de la opinión pública ese intento de cerrar el paso a un potosino que se ha destacado no solo por su labor en el Senado de la República, sino que se convirtió en el principal interlocutor político para jalar importantes inversiones del mundo asiático a nuestra entidad?
Si esta es la primera señal de vetar a alguien que legítimamente aspira a gobernar su estado, que grave. Y que desafortunado que el presidente de la Mesa Directiva del Congreso del Estado, Fernando Pérez Espinoza, se hubiera dejado seducir por un grupo de poder para impedir esta parte de la reforma local. Que lamentable, porque si a alguien le debe parte de su éxito empresarial y en consecuencia su fortuna y trayectoria política, es justamente a quien fue dedicada la omisión legislativa.
Por otro lado, si le vemos el lado amable, igual y no ocurre nada. En este espacio ya hemos sostenido, que será el presidente Enrique Peña Nieto quien tome la decisión sobre quien será el candidato del PRI al gobierno del estado, de tal suerte que a lo mejor ni controversia habría, y es probable que se sea más la angustia de Ángel Castillo, pues nadie cree que presidente de la República, el CEN del PRI o Gobernación ignoren el precepto constitucional federal y sobre todo que alguien se oponga a su determinación.
Tal vez por eso, nuestros diputados ni la molestia se tomaron en redactar una modificación al Artículo 76 de la Constitución Local. A lo mejor si hubiesen hecho algún cambio, la señal habría sido también demasiado obvia, ¿no? En todo caso, quienes deben de preocuparse son los que no tienen el tiempo de residencia exigido, también por la Constitución Federal o aquellos que hasta ahora no han logrado avanzar ni meterse en el ánimo del presidente.
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