Rodolfo del Ángel del Ángel
Tú me has llenado de bendiciones; cada día vienes para darme tu sol, tu aire, y tu alimento. Tú eres el dueño de todo, nada me pertenece, aunque reconozco con pena que, frecuentemente, me he conducido en la vida como si yo tuviera derecho a todo lo bueno que viene de ti.
El día se torna difícil si me levanto esperando recibir sin demora y menoscabo todo cuanto creo merecer. El hecho es que he llegado a sentir como mío lo que me ha sido concedido. En la bruma de mi mente limitada concluyo que eres injusto conmigo cuando algo me ha sido arrebatado. En realidad, si algo pierdo, Señor, solo estoy regresando lo que me tú me has prestado.
¡Que equivocado he estado! No he reflexionado en el hecho de que aquello que considero pérdida tiene el propósito de hacerme valorar las bendiciones que se me concedieron. Esas bendiciones llegaron para que las disfrutara plenamente con humilde gratitud, para luego, dejarlas ir en la confianza de que todo cuanto es necesario para mi vida lo recibiré de ti. Ello no significa que todo lo tendremos en esta vida, nada más lejos de la verdad que esa idea equivocada y poco realista. En esta vida recibimos mucho, recibimos más allá de lo imaginable, pero en esta vida caminamos, también, con un anhelo insatisfecho, con un sentido de carencia de aquello que no se nos ha concedido y esto solo puede ser por dos razones: o realmente se trata de algo que no es esencial en nuestras vidas y, por lo tanto, no necesitamos; o porque olvidarnos que la única y más grande necesidad que tenemos en este mundo eres tú, Señor.
Porque si tú estás en mi vida, puedo tener contentamiento a pesar de la carencia. Tu presencia en mi vida se torna en alimento y fuerza para mi alma. Tu bienestar fluye en mí, tu alegría y tu complacencia llenan mi corazón y entonces, nada me es necesario, todo adquiere un valor relativo y temporal. Ciertamente que el verdadero gozo no está en el buscar la satisfacción de lo que creo es mi necesidad, sino en la íntima satisfacción del alma que experimento al saber desprenderme de lo que no es esencial. Porque nadie es tan rico como aquel que nada necesita sino tú presencia.
Por eso hoy te doy gracias por todo lo recibido, pero gracias, también, por todo lo que no se me ha concedido. Gracias por todo aquello que me diste como un don para llenarme de alegría y que ahora se ha ido. Todo ello me hace caminar en la vida con un sentido de profunda gratitud, pero también de expectación por todo lo que aún he de recibir. Sobre todo, gracias, Señor, por tenerte a ti. Hoy como ayer te necesito. Porque puedo perderlo todo en este mundo, pero si te tengo a ti soy inmensamente rico y nada me falta.
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