Domingo, 08 de Febrero de 2026
CIUDAD VALLES, S.L.P.
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SAMUEL ROA BOTELLO
Semana del 13 de Diciembre al 19 de Diciembre 2013

Teoría del techo de cristal...

Teoría del techo de cristal...

Martha Orta Rodríguez



Teoría del "Techo de Cristal" esa teoría que habla de como las mujeres en los ámbitos públicos tenemos que enfrentar esa decisión en algún momento de nuestra vida y que socialmente es permitida; esa decisión de elegir entre nuestra superación personal y profesional y la conciliación familia y trabajo. Y que hoy en día algunas -cada vez más- hemos decidido romper con todo lo que ello conlleva.

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece que México es una República representativa y democrática, en la que hombres y mujeres como ciudadanos y ciudadanas son iguales ante la Ley.

La ciudadanía está relacionada con la pertenencia a una sociedad, por tal motivo, es necesario que el o la sujeto tenga los elementos para el disfrute pleno de la misma, es decir, que tenga acceso en igualdad de circunstancias a todos los derechos y no sólo a las obligaciones.

Las mujeres mexicanas obtuvieron su ciudadanía en 1953 mediante el derecho al voto. Cabe señalar que en San Luis Potosí, en 1923, la XXVII Legislatura, mediante Decreto número 103 emitido por Rafael Nieto Compeán, estableció a las mujeres como “electores con derecho a ser inscritas en el censo electoral”, siendo el Estado pionero en reconocer el derecho al sufragio a las mujeres y a la participación en los procesos electorales. Fue a partir de ese momento que, al menos en teoría, que se podía aspirar al ejercicio de una participación activa, esto es, no sólo el derecho a elegir a sus líderes, sino la posibilidad de ser ellas mismas representantes de las y los mexicanos en todos los ámbitos, es decir, en el poder legislativo a través de una diputación o una senaduría y/o mediante la participación en el ejecutivo, ya sea como titular de una Secretaría de Estado, de una Gubernatura o de la Presidencia de la República. Importante avance, porque se nos reconoció el derecho de votar y de ser votada.

Como se mencionó, la ciudadanía de las mujeres en México se garantiza constitucionalmente, ya que todas las personas nacidas en el país que sean mayores de 18 años pueden acceder a ella, asimismo, el ejercicio de los derechos humanos también está consagrados y existe legislación específica como por ejemplo, la Ley General para la Igualdad entre Mujeres y Hombres, La Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia y la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación.

No obstante, la ciudadanía sólo es de carácter formal, ya que siguen persistiendo prácticas discriminatorias que vulneran su ejercicio. En ese sentido, los esfuerzos políticos y sociales en torno a ésta se ven rebasados ante un ambiente dominado por un sistema patriarcal y machista en el que los derechos de las mujeres se quedan en el papel, es decir, en donde la igualdad resulta insuficiente, cuando el contexto en el que se desenvuelven las mujeres propicia que las oportunidades estén fuera de nuestro alcance

Ante este panorama, es viable afirmar que aunque en teoría somos ciudadanas, no podemos aún garantizar el disfrute pleno de dicha garantía, pues no se cumplen con las premisas básicas: asimilación e inclusión.

No existe una asimilación porque las diferencias genéricas de las mujeres han sido utilizadas para justificar una especie de incompetencia para la participación, es decir, se han utilizado las características femeninas como un impedimento, ya que se les acusa de ser poco serias, de dejarse llevar por los sentimientos, además de que las funciones sociales que se les han asignado a las mujeres han servido como un grillete que insiste en mantenerlas en el ámbito privado. Y que incluso son perpetuadas a través del lenguaje que ubica a las mujeres como privilegiadas al pertenecer al ámbito doméstico y a la crianza.

Por tal motivo, se sostiene que no existe un panorama que favorezca la inclusión, ya que las diferencias existentes entre hombres y mujeres han provocado que ellas sean relegadas del ámbito público. Si una de nosotras deja de trabajar porque es madre, nadie dice nada. En cambio si un hombre decidiera hacerlo, sería tachado de flojo o "mantenido"

Es preciso aclarar, que se considera esta afirmación en su carácter general, ya que es cierto, porque hay mujeres que han logrado ejercer plenamente su ciudadanía, siendo la excepción, y en este carácter excepcional no significa que sea regla. Porque aún somos pocas las que estamos en el ámbito de la toma de decisiones. Por lo que hemos de asegurar que ha habido una incapacidad para dar respuesta a la promesa de la igualdad política entre hombres y mujeres.

Con base en lo anteriormente descrito, se considera que en México existe una ciudadanía restringida más por las reglas y costumbres no escritas; que por las propias normas, al menos, ya que los derechos humanos formalmente son para todas las personas, pero, algunos y especialmente TODAS no pueden ejercerlos plenamente. Es como aceptar que hay lo que llamamos el club de Tobi : "donde no se admiten niñas"

Hoy en día podemos asegurar que la teoría del techo de cristal resulta ser más que un mito, una realidad, y que esa barrera invisible dificulta a las mujeres acceder a puestos de decisión sí existe y limita las oportunidades de participación y por lo tanto, el ejercicio pleno de la ciudadanía. Porque se nos exige cumplir intachablemente con nuestras actividades de crianza y labores domésticas y no se reconoce que esto tiene grandes repercusiones en la salud física y emocional de las mujeres porque se cumplen jornadas de trabajo no remuneradas muy largas. De allí que se hable de una segunda y tercera jornada laboral.

En un primer momento, resulta obvio considerar que las responsabilidades sociales que históricamente han sido asignadas a las mujeres, sean las causas por las cuales hay tan poca representación. La creencia de que ellas son las únicas responsables de realizar las labores domésticas y el cuidado de las y los hijos implica una fuerte presión social que en ocasiones las obliga a abandonar sus trabajos porque no tienen en donde o quien cuide a sus hijas/os, porque no hay quien realice las labores domésticas o simplemente porque no es bien visto que una mujer que tiene una familia esté fuera de casa. Por lo tanto, resulta mucho más complicado considerar siquiera, un puesto laboral que no tenga un horario establecido y por otra parte, las condiciones descritas dificultan que las mujeres puedan profesionalizarse y por lo tanto ser candidatas. Además se debe considerar que las mujeres no por trabajar, sean excluidas de vivir violencia y por ende la pareja puede ser muy celosa del tiempo que ella dedique a su trabajo. Asimismo, es fundamental tomar en cuenta que la culpa (construcción social socialmente inducida y aceptada) por ser una "mala madre" es un potente inhibidor de cualquier deseo de participación en el ámbito público para quienes son madres. Y es que aunque no se reconozca, se crea incluso un cerco social no tangible para las tomadoras de decisiones. Y muchas por las culpas y la construcción social deciden; de manera voluntaria optar por la crianza y el ámbito familiar a su superación personal.

Por ello, se debe incidir en políticas públicas que permitan el compartir responsabilidades en el ámbito doméstico con la pareja para poder estar en condiciones de equidad en torno a la distribución del trabajo público. Lo que permitiría en gran medida que las mujeres tuviésemos tener un acceso efectivo a la ciudadanía.

Hay otro tema donde se percibe ese cerco social sobre todo cuando las mujeres deciden voluntariamente no tener familia lo cual ha sido motivó de discriminación que las mujeres han enfrentado históricamente por lo que esto no es más que la punta del iceberg. Para muestra de ello, vale la pena cuestionar ¿qué pasa con aquellas mujeres que voluntariamente han decidido no tener familia? ¿Por qué no están consideradas? Porqué ni siquiera se considera que la maternidad este separada del hecho de ser mujer. Y se considera como un valor superior la maternidad. En cambio no se cuestiona la hombría de alguien por no considerar ser padre o por abandonar a sus hijos e hijas

Las creencias acerca de las mujeres y el ejercicio del poder vuelven más duro el cristal que impide su participación igualitaria, la visión que existe es dicotomatica en relación a los géneros y ha provocado una creencia generalizada de que las mujeres son naturalmente incapaces para el ejercicio del poder, es decir, persiste la falsa creencia de que el lugar natural en el que deben estar las mujeres es la casa, por lo que es común la afirmación de que no quieren o no pueden ocupar posiciones de poder. Por eso se privilegia a través de afirmaciones como "ama de casa" "jefa del hogar"

Asimismo, la percepción que se tiene de las formas de actuar y de ser de las mujeres se convierten en argumentos en contra de su consideración y subsecuente elección a un puesto de poder, es decir, muchos detractores utilizan como argumento la "desestabilización" que padecen las mujeres a causa de sus hormonas y señalan que para ejercer estos cargos se requiere un "máximo de racionalidad" siendo los hombres quienes son capaces de poseer esta particularidad, por lo que se prefiere contratarlos a ellos por considerarle una opción viable y natural para el desempeño de un puesto de decisión.

En ese orden de ideas, no queda más que reafirmar y confirmar que el mito de la igualdad existente en la democracia mexicana es eso, un mito, ya que persiste una cultura discriminatoria en las instituciones públicas, hay una frecuente desvalorización de las capacidades y aportaciones de las mujeres en el ejercicio del poder, no hay mecanismos de participación y desarrollo efectivos y, permanece una cultura que sobrevalora la función social histórica de las mujeres en detrimento de su participación en el ámbito público.

Conclusiones y posibles alternativas

Con lo anteriormente descrito, no pretendo revictimizar a las mujeres e instaurarlas en un muro de lamentos, ya que se considera que no necesariamente por ser mujeres se posee una especie de visión femenina que permita hacer las cosas de forma distinta, pero tampoco se insinúa que deben ignorarse las diferencias. Ya que las diferencias sexuales están ahí y han sido el pretexto para justificar las discriminaciones que las mujeres han enfrentado.

Hoy enfrentamos lo que diría Amelia Valcárcel: "de poco en poco, se llega al país de nunca jamás" y para lograr que verdaderamente haya un cambio es necesario considerar por lo menos: potenciar la participación femenina. Promover en los medios de información el fomento por la participación activa de los hombres en las labores doméstica y el cuidado de la familia y se impulse el rechazo social hacia las actitudes y prácticas que conserven la falsa idea de que las mujeres deben permanecer en casa por obligación vital. Se deben instaurar permisos de paternidad en instituciones públicas y de la iniciativa privada. Establecer protocolos que erradiquen la discriminación laboral hacia las mujeres y se considera pertinente mencionar que se debe sensibilizar a la ciudadanía respecto a la necesidad de erradicar mitos en torno a las mujeres, es decir, el hecho de que una mujer obtenga un puesto de decisión, no quiere decir que por arte de magia las cosas van a cambiar, puede que así ocurra, pero tampoco es garantía. Luego entonces, por eso es pertinente decir que la sociedad es tan dura, que por cada mujer que acierta, se avanza en la credibilidad de que pueden ser tomadoras de decisiones; pero basta con que una sola se equivoque para reafirmar la creencia de que las mujeres no son aptas para incidir en la vida pública y por una se castiga a muchas.

Las mujeres merecemos tener las mismas oportunidades, pero no como un privilegio, sino como un derecho. No se nos otorga el derecho a la participación, porque este ha sido reconocido como inherente. Aspiramos a una ciudadanía plena en la que a hombres y mujeres se nos reconozca como iguales y al mismo tiempo se nos respeten nuestras diferencias, ambos elementos, básicos para una verdadera democracia.

 


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