Domingo, 08 de Febrero de 2026
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Semana del 09 de Agosto al 15 de Agosto 2013

Francisco: Misión y compromiso

Francisco: Misión y compromiso

Simón Vargas Aguilar



En 1984, se celebró el Primer Encuentro Internacional de la Juventud con el Papa Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro en el Vaticano; posteriormente, en 1985, en el marco del año Internacional de la Juventud, el Santo Padre anunció la institución de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), misma que tuvo su primer edición en 1986, en Roma.

Para 1987, el primer encuentro de la JMJ fuera de Roma se celebró en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, congregando a aproximadamente un millón de personas; a 26 años de aquel acontecimiento, la JMJ tuvo lugar en otra ciudad Latinoamericana, Río de Janeiro, Brasil, donde del 23 al 28 de julio, cerca de tres millones de jóvenes se reunieron para escuchar al Papa Francisco y para continuar con la Misión Continental de "Ir y hacer discípulos a todos los pueblos" (Mt 28,19).

Y es que, a pesar de que América Latina es una región predominantemente católica, ya que según el Anuario Estadístico Eclesial 2011, presentado el 13 de mayo de 2013 por el Papa Francisco, tiene el 42 por ciento del total de católicos en el mundo, la notoria disminución en el número de católicos, así como el avance de otras religiones, esbozan el ambiente de crisis que se vive dentro de la Iglesia Católica.

Tan sólo en Brasil, el país con el mayor número de católicos, el porcentaje de personas mayores de 16 años que se declararon católicos descendió del 64 por ciento en 2007 al 57 por ciento en 2013, según una encuesta realizada por el Instituto de Investigación Datafolha.

En México, el panorama no es diferente, ya que la caída en la cantidad de católicos ha sido notable en las últimas tres décadas; de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en 1990, 89.7% de los mexicanos se declararon católicos, en 2000 ese porcentaje se redujo a 88% y en 2010 disminuyó a 83.9%.

Bajo este contexto, la visita del Papa Francisco a Brasil representó la tarea de "llevar la fuerza de Dios para arrancar y arrasar el mal y la violencia; para destruir y demoler las barreras del egoísmo, la intolerancia y el odio; para edificar un mundo nuevo"; así como, un esfuerzo claro por renovar la Iglesia y ponerla en el camino adecuado para que cumpla su misión de testimoniar en el mundo de hoy la religiosidad basada en los verdaderos valores cristianos: "espiritualidad, generosidad, solidaridad, perseverancia, fraternidad, alegría; principios que encuentran sus raíces más profundas en la fe cristiana".

Por ello, Francisco hizo un enérgico llamado a los jóvenes para dejar de lado "la sugestión de tantos ídolos como el dinero, el éxito, el placer, el poder y en cambio, dar aliento a la generosidad, para que sean protagonistas de la construcción de un mundo mejor, a través de los valores que son el corazón espiritual de un pueblo". Asimismo, durante el discurso pronunciado en la ceremonia de bienvenida, celebrada en los Jardines del Palacio Guanabará de Río de Janeiro, el Pontífice recalcó: "no tengo oro, ni plata; pero, traigo conmigo lo más valioso que se me ha dado: Jesucristo".

Ante estas palabras y diversos actos simbólicos como reunirse con familias pobres de la favela de Varginha o con jóvenes en proceso de rehabilitación por adicción a las drogas en el Hospital San Francisco de Asís, el Papa abrió la puerta a una revolución global de la Iglesia Católica; porque como lo expresa el Documento de Aparecida: "no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época".

Por ello -como lo señaló el Papa Francisco- ante ese cambio de época, "nadie puede permanecer indiferente ante las desigualdades que existen en el mundo", o ante las diversas situaciones que necesitan atención, como la plaga del narcotráfico, misma que no se solucionará a través de la liberalización de las drogas, sino por medio de "la promoción de una mayor justicia social y de la educación para construir el bien común".

Aunado a esto, "todos hemos de aprender a abrazar a los necesitados" y re-edificar una Iglesia que tenga como base la "fe revolucionaria", que sepa dialogar con los discípulos; que refuerce a la familia, célula esencial para la sociedad; y que no reduzca el compromiso de las mujeres en la Iglesia, sino que promueva su participación activa en la comunidad eclesial", ya que ningún esfuerzo es duraderocuando se ignora, margina y abandona en la periferia a una parte de la misma sociedad.

Actualmente, para el Papa Francisco, la Iglesia es un instrumento de reconciliación y de misión; los Obispos son "pastores" o "anunciadores de esperanza" y no "príncipes" o "administradores de una ONG; y es que ante el olvido de la sencillez, la Iglesia dejó de escuchar, de guiar y se convirtió en "prisionera de su propio lenguaje".

Ante esta situación, Francisco nos invita a trabajar por un mundo más justo y solidario, en el que prevalezca una visión humanista de la economía y una política que logre más y mejor participación de las personas, evite el elitismo y erradique la pobreza".

Hoy, somos testigos de un cambio de paradigma en el catolicismo, con un Papa que desea que la "Iglesia salga a la calle a armar lío y que abandone el clericalismo", que nos recuerda que "la juventud es el ventanal por el que entra el futuro del mundo" y que destaca que "no hay desarrollo del hombre cuando se ignoran los pilares que sostienen una nación: la vida, la familia, la educación integral, la salud y la seguridad".

 


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