Rodolfo del Ángel del Ángel
Qué dulce y maravillosa es la comunión contigo mi Señor; cómo poder comenzar cada día y enfrentar las tareas que me aguardan sin entrar en el santuario secreto de la conversación íntima contigo.
Pero, ay, Señor, ¡con cuanta facilidad olvido buscarte! voy cediendo a la inercia del día a día y comienzo a vivir a impulsos. La vida nos va llevando, nos empuja levemente y, a veces, nos arroja con furia. Es entonces que nuestra necesidad clama desde lo profundo de nuestro ser y el corazón nos grita: Busca a Dios.
Perdóname, Señor, porque con gran facilidad olvido que no puedo vivir sin tener contacto consciente contigo. Necesito ver tu rostro siempre en las bendiciones y los momentos amables de mi existencia. Te necesito, sobre todo, cuando vienen los pasajes difíciles cuando tengo que atravesar por la incertidumbre, el dolor y necesidad para no ceder a la desesperación y la falta de fe.
No hay mayor bienaventuranza en nuestra vida que descubrirte en todas las cosas. En mis días y mis noches, en mis alegrías y quebrantos, estás tú.
Cuando vivo en la comunión que me regalas el mundo se descubre en toda su belleza, a cada paso encuentro las huellas de tu presencia, tu sonrisa, tu palabra amable, tu increíble creatividad. Tu amor que se desborda por todos lados en las cosas grandes y pequeñas.
Te descubro, Señor, en la sonrisa de un pequeñuelo, en el dulce amor de una madre que acaricia a su hijo, en la belleza de una flor de colores radiantes y maravillosos, en la majestad imponente de una montaña, en el titilar de los astros que llenen una noche estrellada, en la tempestad que estremece los cielos, en la calma y la frescura de un campo bañado por el rocío matinal.
Te descubro en el rostro de la mujer amada, y en la tierna voz de mi hijo que pronuncia la palabra papá.
Estás por todas partes, pero mis alma ciega de fe no te advierte porque se distrae en los simple, lo cotidiano.
Hoy quiero comenzar el día justo como debo, hablando contigo, agradeciendo, dejando mi alma y pensamientos en tu presencia, pidiéndote que tomes mi mano y camines conmigo.
Te suplico, mi dulce Jesús, que tu presencia amable me acompañe a lo largo del día, que me concedas la visión de la fe para descubrir los múltiples momentos y lenguajes que me hablan de tu presencia.
Entonces la jornada será más mable y no temeré si de pronto atravieso por el valle sombrío. No necesito más que saber que tú caminas a mi lado.
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