Felipe de Jesús González
Lo que el mundo verá en los próximos años es un giro radical en la conducción de la Iglesia católica, ahora a cargo de Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, quien deja el arzobispado de Buenos Aires y se queda a vivir en Roma.
El cambio proviene no solamente de su personalidad austera -hasta su nombramiento, viajaba en transporte público- o por ser un gran comunicador. A diferencia de la mayoría de los cardenales que participaron en el Cónclave, Bergoglio pertenece a una orden religiosa y no es un sacerdote diocesano. Esto le da una connotación diametralmente distinta a su pontificado.
La Iglesia se divide en clero regular y clero secular. El clero regular lo conforman aquellos religiosos que deciden someterse a una serie de reglas para profundizar su entrega a Dios. En primer lugar, todo religioso vive al menos un año de Noviciado, 365 días de aislamiento, oración y servicio, al término del cual necesariamente tiene que hacer votos de pobreza, castidad y obediencia primero temporales y, si decide continuar en la Congregación, votos perpetuos.
Otra regla a la que se someten los religiosos es a tener una vida en comunidad, es decir, compartir con otros la oración a través de la Liturgia de las Horas, que como mínimo consiste en rezar laudes -por la mañana-, vísperas -por la tarde- y completas -por la noche-; van al comedor juntos en las horas señaladas y también tienen actividades deportivas y de estudio.
Además, cada Congregación tiene un carisma, que se refiere a una parte de la vida del fundador de la Iglesia. Así, las órdenes que se dedican a las misiones imitan a Jesús cuando iba de pueblo en pueblo anunciando el Evangelio; quienes atienden a enfermos, lo hacen porque Jesús se ocupaba de ellos; las y los monjes de vida contemplativa se retiran a orar como Jesús en el Monte, cuando le pidió a sus discípulos que lo dejaran solo.
En el caso de los Jesuitas -orden a la que pertenece el Papa Francisco- su carisma es apologético, es decir, su vocación es prepararse intelectualmente para defender la fe cristiana. San Ignacio de Loyola fundó la Compañía de Jesús en el contexto de una enorme crisis de fe y de valores de la Iglesia católica, que incluso provocó un cisma de grandes proporciones, tomando la parte de la vida de Jesús de cuando se paraba frente a los fariseos, maestros de la ley y otras autoridades de la época, y defendía con argumentos sus ideas. Como toda Congregación, los Jesuitas tienen un superior general, aunque muestran obediencia también a los obispos y al Papa.
El clero secular, en cambio, se refiere a religiosos "que son del mundo", es decir, sacerdotes que realizan su ministerio y cuyo líder es el obispo de su demarcación, sin que estén obligados a realizar ni a cumplir los votos de pobreza y obediencia, y hacen una promesa similar al voto de castidad que realizan los miembros de las órdenes religiosas. Tampoco están obligados a vivir en comunidad, ni tienen prohibido poseer bienes.
Este es el giro que pienso habrá con el nuevo Papa. El mundo verá formas y actitudes poco comunes a lo que la gente está acostumbrada, porque un religioso tiene un origen y una formación distinta. El hecho de que el arzobispo Bergoglio viaje en transporte público o tenga una vivienda modesta, es porque está preparado y obligado a respetar el voto de pobreza, no es una pose.
Cuando en un gesto de humildad el nuevo Papa pidió a los miles de feligreses congregados en la Plaza de San Pedro que oraran primero por él, es una señal de "vine a servir, no a ser servido".
Los cardenales electores tomaron una decisión difícil al elegir al primer Papa de origen latinoamericano; asumieron el riesgo de colocar a la cabeza a un religioso de la orden de los Jesuitas y, finalmente, apostaron por un cambio de forma y de fondo en la conducción de la barca de Pedro.
La Iglesia está herida en su credibilidad por el descrédito provocado por muchos clérigos en el mundo y por eso estaba urgida de elegir a un pastor que sea ejemplo de congruencia, sencillez y humildad, más parecido al Jesús que se describe en los evangelios, que a tantos jerarcas perdidos en la opulencia, en la apatía y en el desapego de su vocación. Así que los cardenales, al decidirse mayoritariamente por el arzobispo Bergoglio, decidieron colocar a un capitán de convicciones fuertes, para tratar de evitar el hundimiento del Titanic. Sólo el tiempo dirá si pudo enderezar el barco.
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