Luis Bárcenas Torres
El pasado lunes 24 de octubre, la comunidad educativa de la Secundaria Técnica No. 16, impuso el nombre del Profr. Adalberto Zúñiga Ortiz a la biblioteca de esa institución. La emotiva ceremonia de reinauguración de ese anexo escolar, además de reunir a directivos, excompañeros, alumnos y padres de familia, dio marco para exaltar la obra educativa de tan estimado maestro.
Siempre he pensado que los más encomiables oficios a los que el hombre pueda dedicar su vida son el sacerdocio, la medicina y la docencia. No sé, hay mucho de idealismo en cada uno de ellos. Son sin embargo los maestros los más incomprendido de los tres. Hoy la función del maestro está en tela de juicio. Es mucho lo que se le exige y poco lo que se le reconoce, por eso creo acertada la decisión de perpetuar el nombre del Profr. Zúñiga Ortiz, en uno de los lugares más importantes del complejo escolar.
Adalberto Zúñiga Ortiz nació en aquel Valles del 44 de largos y puntuales temporales. Niño aún, fue llevado por su padre a la ciudad de México donde cursó su educación primaria en la escuela “Octavio Arenas”. Puesto al cuidado de sus abuelos paternos, fue su tía Tere quien se encargó de enseñarle algunas de las cosas esenciales de la vida, incluso bailar, pasatiempo este que favoreció la socialización del futuro maestro.
En 1959, ingresó a la Escuela Normal Rural del “Mexe”, del Valle del Mezquital en el estado de Hidalgo, donde según Mauricio Magdaleno, ”arde la tierra en una erosión de pedernales, salitre y cal”. Rodeado de los áridos eriales y secos cauces de arroyos inmemoriales del mundo otomí, Adalberto templó su espíritu docente y construyó las disciplinas que habrían de distinguirlo.
Ya profesor, en 1965, regresa a la tierra que lo vio nacer para atender su primera encomienda en la Escuela Primaria Rural Federal “Ricardo Flores Magón” del ejido Los Sabinos, donde todavía se le recuerda con afecto. Hubo después un peregrinar por varias escuelas, donde la huella indeleble de su entrega apasionada quedó impresa.
En 1971 contrajo matrimonio con la Srita. Socorro Castro, con quien procreó tres hijos, Mario Adalberto, Miguel Francisco y Mónica Alejandra, hoy brillantes profesionistas.
Su inquieto espíritu de superación lo llevó a la Escuela Normal Superior de Tamaulipas donde cursó la licenciatura en Lengua y Literatura. De 1977 a 1979 impartió el taller de Lectura y redacción en el Centro de Estudios Científicos y Tecnológicos 331 de Xicoténcatl Tamaulipas.
Fue en 1979, ya en plena madurez profesional, cuando regresó a Ciudad Valles para integrarse a la planta docente de la Escuela Secundaria Técnica No. 16 como profesor de Español. Es aquí precisamente donde se consolidan sus cualidades distintivas. Hombre de memoria prodigiosa, era capaz de recordar el nombre y apellidos de casi todos los alumnos de la institución. No olvidaba los cumpleaños de los compañeros a quienes felicitaba muy temprano. Así comenzó a ganarse el aprecio de todos.
Puntual como pocos, enseñaba con el ejemplo el valor de llegar a tiempo. No se recuerda de él alguna inasistencia o retardo a sus compromisos, seguramente no los tuvo. Casi un año tardó en llegar su primer sueldo, pero esto no fue motivo para el incumplimiento de su deber y sin importar la lluvia o el frío, con las primeras del alba, caminaba los cinco kilómetros de su casa a la escuela aún en construcción. El maestro ya estaba hecho, la justicia para él aún no.
El dominio de la materia y la amenidad de sus clases lo hicieron el maestro preferido del alumnado. Pero él era más que un maestro. Hombre de autoridad moral, trato amable y humano, serenidad, tolerancia, capacidad de mediación y consejo, amigo de todos y de todos estimado. Si descuidar sus obligaciones, no regateaba el tiempo para una buena charla, para escuchar y orientar. Fue Director de la institución de 1996 a 1998.
A partir de 1999, luego de un brillante y fructífero magisterio, recibe su merecida jubilación. Pero no se retira del todo, todavía los alumnos de la Escuela Normal y de Estudios Superiores del Magisterio Potosino, de la Universidad Pedagógica Nacional y del Instituto “Mariano Arista”, aprovecharon el acervo construido a lo largo de su fecunda labor docente.
Poner el nombre del maestro Adalberto Zúñiga Ortiz a la biblioteca de la EST 16 es tal vez un sencillo homenaje a quien hizo de la lectura un placer y del libro su mejor herramienta, pero seguramente en ningún otro lugar estaría mejor.
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