Martha Orta Rodríguez
Suelen ser quienes mandan en casa. Pueden ser menores de edad y aún así, ser los jefes de la familia. No son considerados delincuentes, pero pegan, amenazan, roban, chantajean, mienten; agreden psicológicamente... Son los protagonistas del llamado "síndrome del emperador", un fenómeno de maltrato de hijos a padres, madres o cuidadores que se ha instalado con fuerza en la sociedad.
Este tipo de violencia no es nueva, pero en los últimos años su incidencia se ha disparado, hoy es más común que de antaño, saber de niños que maltratan a sus progenitores. Por desgracia no se tiene cifras reales, porque no es considerado un delito, toda vez que quienes ejercen este tipo de conducta no son sujetos de edad penal.
Sin embargo vemos cotidianamente, niños, niñas y adolescentes que retan en público y en privado a quienes debieran de ser su figura de autoridad. Traigamos a la mente infantes que hacen sus piruetas en el súper, o que lanzan objetos porque no se les cumplen sus berrinches, adolescentes que agreden verbal y físicamente a sus padres. Incluso, que roban porque no les dan lo que ellos creen merecer.
Estos datos hechos reflejar sólo la punta del iceberg del problema, por la resistencia de los padres a darse cuenta de la tiranía de sus propios hijos.
En otros países, el fenómeno se ha tratado durante más años y los datos sobre su incidencia son más preocupantes. Un estudio realizado en Estados Unidos advierte que la violencia (no exclusivamente física) de adolescentes hacia sus padres tiene una incidencia de entre el 7 y el 18 por ciento en las familias tradicionales (en las monoparentales llega hasta el 29, mientras que las estadísticas canadienses aseguran que uno de cada 10 padres son maltratados).
Razones:
¿Qué puede ocurrir en la personalidad de un niño para que llegue a agredir a sus padres? Pueden ser innumerables causas genéticas, familiares y ambientales que ayuden al desarrollo de este síndrome. Sin embargo, algunos indicativos pueden ser:
• El abandono de las funciones familiares
• La sobreprotección y sobre exigencia simultáneas.
• Los hábitos familiares determinados por la escasez de tiempo.
• La ausencia de autoridad.
• La permisividad y, sobre todo,
• La falta de elementos afectivos, como la calidez en la relación con los hijos.
Se les educa más en otros entornos sociales que en la familia, algo que no ocurría hace tan sólo una década. Como si fuese más importante el éxito social a costa de la descomposición familiar. Se privilegia el bien estar y no el bien ser.
No nos extrañemos de lo que sucede en la calle, si como autoridad primaria de nuestros hijos e hijas, no somos capaces de encontrar el justo equilibrio en la educación.
Ser demasiado permisivos, contribuye a que formemos adultos poco tolerantes y con una gran facilidad para sentirse frustrados. Capaces de creer que nada de lo que les rodea, es suficiente para ellos y por lo tanto exigen mucho y no se comprometen.
Quienes viven así en su infancia y adolescencia, por lo general, serán adultos poco responsables, sin compromiso y por lo general se relacionan de manera violenta o en actividades que no les signifiquen esfuerzo.
Como en todo, la clave es el justo equilibrio.
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