Domingo, 08 de Febrero de 2026
CIUDAD VALLES, S.L.P.
DIRECTOR GENERAL.
SAMUEL ROA BOTELLO
Semana del 26 de Agosto al 01 de Septiembre 2011

Vamos por las Burkas

Vamos por las Burkas

Víctor Manuel Tovar González



La tolerancia es uno de los valores humanos más respetados, y se considera el supremo valor de las sociedades democráticas, y guarda relación con la aceptación de aquellas personas, situaciones o cosas que se alejan de lo que cada persona posee o considera dentro de sus creencias. Se trata de un término que proviene de la palabra en latín “tolerare”, la que se traduce al español como “sostener”, o bien soportar.

Los griegos y los antiguos pueblos civilizados ninguno ponían trabas a la libertad de pensar y que a los griegos por muy religiosos que fuesen les parecía bien que los epicúreos negasen la Providencia y la existencia del alma. Que todos los antiguos pueblos civilizados tenían una religión pero que la usaban con los hombres del mismo modo que con sus dioses, todos reconocían un dios supremo pero le asociaban una cantidad prodigiosa de divinidades inferiores; sólo tenían un culto, pero permitían una multitud de sistemas particulares.

Los romanos, no profesaban todos los cultos, no daban a todos sanción pública pero los permitieron todos. Los romanos se caracterizaban por su tolerancia. El Senado y el pueblo tenían un principio que los guiaba y era: “sólo a los dioses les corresponde entender de las ofensas ingeridas a los dioses”.

Los romanos tenían un consentimiento hacía todos los dioses y sólo eran objetos de culto los Césares deificados. Cicerón llegó a dudar acerca de todo. Lucrecio lo negó todo y no se le hizo ningún reproche, la tolerancia llegó tan lejos que Plinio el naturalista empieza su libro negando la existencia de Dios diciendo que hay uno, que es el sol.

Cicerón llegó a negar la existencia del infierno, igual que Juvenal y Séneca decía que no hay nada después de la muerte y ante todas estas afirmaciones nunca hubo la menor protesta. Jesucristo, escribió Voltaire en su Tratado sobre la Tolerancia, nunca tuvo ningún acto de intolerancia; sus actos predicaban la dulzura, la paciencia y la indulgencia: allí están el Samaritano caritativo, el perdón a la pecadora, los invitados de Caná, la no - indignación contra Judas, etc. Y su muerte humanamente, jamás predicó odio contra los que profesaban otras creencias, dice Voltaire, tiene mucha relación con la muerte de Sócrates que muere a causa del odio de los sofistas, los sacerdotes y los principales del pueblo. Sócrates pudo evitar su muerte y no quiso, Jesucristo se ofreció de manera voluntaria. Ambos aceptan estoicamente el sacrificio.

Sócrates llegó a perdonar a sus acusadores y jueces y Jesucristo pidió a su Padre que perdonara a sus enemigos. Sin embargo, haya que señalar que los griegos consideraban a los extranjeros como “bárbaros” y en ese sentido Aristóteles decía que los bárbaros eran “esclavos naturales”. El proceso contra Sócrates por haber introducido nuevos dioses en lugar de los dioses oficiales de la polis son elementos que señalan que en el politeísmo de la antigüedad hubo crisis. La sociedad ateniense se reivindica después de la muerte de Sócrates al condenar a muerte a su principal acusador, Melito, y los demás jueces y acusadores fueron condenados al destierro. A Sócrates se le erige un templo.

Parece increíble que algunas autoridades morales de nuestro Valles (se publicó en la prensa local el domingo) no han leído la biblia, o al menos eso nos parece. Pues resulta ridículo en una sociedad que se presume democrática, existan aún quienes se opongan al uso de prendas de vestir (minifalda), cuya única decisión corresponde a los individuos (o la individuas citando al clásico de la lengua Vicente Fox).

Es increíble ver hasta dónde llega la intolerancia social, económica y política en el país cuando los intereses se han radicalizado y la ideología se ha cegado por un valor moral hipotético y una hipocresía cultural y tradicional de la que se prefiere nunca hablar.

Se sataniza la supuesta existencia de una inmoralidad nacional, haciendo claras alusiones y analogías al debate del matrimonio en la Cd. de México entre otras libertades sociales que hoy se discuten. En el diálogo nacional y personal se prefiere ocultar que existe hoy una evidente intolerancia social, política y económica y se justifica esta omisión con argumentos que oscilan entre el valor de la tradición, la familia y la religión. Se acusa, por ejemplo, a las libertades sociales de crear espacios que corrompen a la juventud, más no se acepta que parte de esa juventud busca integración en otros ámbitos a causa de la opresión que se encuentra en los círculos sociales cerrados.

Se apunta el dedo a las supuestas depravaciones culturales como el atentado número uno a la cohesión familiar y se olvida de que la cohesión familiar siempre se ha basado en la comunicación abierta, en la aceptación humanitaria y en el entendimiento de que el individuo es en sí individuo y no parte de un moralismo colectivo intolerante y ferozmente excluyente.

Se incurre en una indignación basada en una hipocresía latente, porque siempre se culpa a la minoría, a los indefensos, a la juventud, a los pobres, a los mal educados, a la falta de religión o Fé, a la perversión liberal y el individualismo. Más muy pocas veces se acepta la culpa de la opresión económica actual que día con día impulsa al deseo monetario, al del status social, al deseo del dinero fácil y a la idea de que el ser alguien sólo se equipara con cuánto dinero se tiene, que círculos de amistades conlleva y/o cuantos bienes materiales se poseen. En pocas palabras: En que clase social se vive.

Siempre se culpa a lo que se ve en la televisión, en la radio, a la música incontrolable, a la apertura social en general. Pero nunca se culpa a la frustración de la discriminación causada por una espantosa diferencia de las clases sociales que avienta al desamparado a buscar cobija bajo los umbrales asquerosos del crimen organizado. Ni se culpa a la discriminación hacia los que menos tienen, que comúnmente cataloga a los más desafortunados como criminales, causantes de toda barbarie, sin importar que los grandes criminales se encuentran escondidos tras bambalinas entre empresarios, políticos y magnates.

No, nunca se voltea a ver al abuso laboral y sus bajos sueldos, a las lucrativas millonadas de la elite, a la marginación ideológica de un conservadurismo nacional que prefiere esconder la realidad de su pueblo, oprimirlo, excluirlo, llevarlo al anonimato y a la oscuridad indefinida. Un conservadurismo que promueve precisamente una cultura bronca, criminal y desamparada en lugar de ofrecer abrir espacios de entendimiento común y diálogo sensible. Un conservadurismo que prefiere el tabú, el chisme, la acusación, el miedo – sin voltear a ver que la misma gente a la que acusan son padres, hijos, hermanos, compañeros escolares, de trabajo. Es México.

Por eso nosotros no creemos que la disolución social se debe a las prendas que usan nuestros jóvenes, ellos tienen sus mentes limpias. Sucias las tienen quienes si exacerban sus calenturientas mentes al ver a las jovencitas lucir su frescura y rosagancia. La prohibición de uso de ciertas prendas que algunos consideran inmorales es una forma de violencia de género. Y según la declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1993, demuestra el reconocimiento y la comprensión internacionales de que la violencia contra la mujer es una violación de los derechos humanos y una forma de discriminación contra la mujer.

Defendamos el derecho de las mujeres a vestir como les parezca, alto a las moralinas hipócritas y mejor encausemos nuestra energía social a dar fin a la violencia en el hogar, a la trata de mujeres y a la mutilación femenina, en vez de volvernos modistos de la burka.

Por lo demás como siempre Ud. Tiene la mejor opinión.

 


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