Alejandro Zapata Perogordo
México demanda de una oposición política responsable, una oposición que contribuya a resolver los problemas de los ciudadanos y de la nación; una oposición que colabore en la construcción de un país más fuerte y promisorio para todos.
La nación requiere de una oposición que no pierda el tiempo en permanentes planes perversos de cómo ganar votos, como si todos los días hubiese elecciones y como si el único propósito de los partidos fuera ganar el poder.
Una oposición seria y democrática ayuda a gobernar y no se dedica a destruir el camino andado.
Hace unos días en el espacio noticioso del periodista Oscar Mario Beteta, el analista político, Pablo Marentes, señaló con gran tino el papel del Partido Revolucionario Institucional como primera fuerza política de oposición.
“. la oposición se veía como el no proponer nada, oponerse a todo y derrotar cualquier iniciativa del gobierno, así lo decía la oposición inglesa de los siglos dieciocho y diecinueve, que parecía que estaba prefigurando la oposición contemporánea mexicana”.
Y agregó que “en vez de que se propusiera exactamente lo contrario, la oposición tiene que actuar de manera tan responsable como el gobierno en turno porqué esa es la que está esperando arrebatarle el gobierno y como tal sería también enormemente responsable del éxito o fracaso del gobierno en turno y está listo para asumirlo”.
El analista, al apelar a ese ejemplo, nos motiva a pensar sobre el papel que las oposiciones deberían jugar en una coyuntura determinada, sobre todo, cuando se enfrentan dificultades que el Gobierno por si mismo no puede resolver, pues en un sistema democrático como el nuestro, el acuerdo es fundamental.
El comentario se acuña por la polémica suscitada entre el PRI y el PAN, derivado de la propuesta del primero con el objetivo de cambiar las reglas a la Ley de Coordinación Fiscal y dotar de mayores recursos a los Estados.
Se abrió el tema en medio de descalificaciones y eso da pie para analizar todas las finanzas públicas, circunstancia en principio positiva, lo lamentable estriba en las verdades a medias, los discursos maniqueos, las promesas demagógicas, las marrullerías, los datos sesgados y lo único realmente difícil de desterrar es la dialéctica de confrontación. Bajo esa perspectiva estamos inmersos en un debate sin seriedad completamente abaratado.
México ha pasado por infinidad de dificultades desde las décadas de los setentas, ochentas y noventas, cuando ocurrieron las grandes devaluaciones, nos endeudamos y no había forma de pagar, el discurso se centro en un pésimo manejo de las finanzas públicas y todos nuestros males se atribuyeron a la deuda externa.
Esa, entre otras fue una de las razones que ocasionó el proceso de transición, la gente exigía una administración que garantizará estabilidad económica, que diera certidumbre, donde estuviera presente la transparencia, la rendición de cuentas e inclusive presidentes que dieran la cara.
Ese ha sido un cambio de fondo, aunque se requieren ajustes indispensables en el fortalecimiento del federalismo y apuntalar tanto el crecimiento económico como la distribución de la riqueza.
No obstante, ni los estados ni los municipios pensaron contar con los recursos que ahora reciben, los que se han multiplicado de forma considerable, de los que disponen además con gran discrecionalidad, tanto de transferencias de la federación como en su momento de los excedentes petroleros, prácticamente sin rendir cuentas a nadie.
Pese a eso, endeudaron a sus entidades muy por encima de sus capacidades y ahora los gobiernos del PRI tienen enfrente la elección del 2012 y necesitan recursos para echar a andar su maquinaria.
Desde el año pasado la bancada del PRI en la Cámara de Diputados hizo público compromiso para aprobar una Ley Hacendaria, con espíritu federalista, que les permita fortalecer las finanzas estatales y atemperar su dependencia con el gobierno federal.
Pero ¡Vaya, se les olvido! y prefieren seguir dependiendo de la Federación y “agandallarse” el presupuesto, bajo el plurito de ¿a ver quién se opone a que les lleguen más recursos a los estados?, cuando en realidad su verdadera pretensión es cubrir sus ineficiencias, mayor gasto corriente; cubrir el clientelismo electoral y como siempre, disponer de los dineros a su antojo, con gran opacidad, sin rendición de cuentas y a la hora de pagar nos la cargan a todos.
México no merece tener un PRI opositor que gobierna en entidades federativas donde la característica es: estados pobres y endeudados y ciudadanos marginados frente a funcionarios ricos.
El ejemplo más notable está a la vista de todos. Coahuila bajo la administración de Humberto Moreira, actual dirigente nacional del PRI, tiene una deuda pública superior a los 30 mil millones de pesos.
Como suele hacer el PRI, en donde se gusta de ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio, a través de la legislatura de mayoría tricolor, se apresta a autorizar un endeudamiento similar al que se tiene para reestructurar la deuda.
¡Vaya que no se les olvida aplazar los problemas en vez de resolverlos¡.
Por eso, es menester que el asunto de la deuda pública estatal se observe de manera integral, no únicamente en forma convenenciera, pero en fin, ¡con estas mulas nos toco arar!.
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