Luis Bárcenas Torres
Toda obra humana debe sustentarse primeramente en los propósitos que la animan. Podría decirse en consecuencia, podría decirse en consecuencia que toda actividad humana sin propósitos claros que definan su camino y su rumbo hace estériles los esfuerzos y anhelos que la animan.
Si cualquier empresa del hombre requiere cimentar sus fines, con mayor razón la educación, piedra angular sobre la que se construye el porvenir de cualquier pueblo.
Sin embargo, el panorama educativo de los países en desarrollo, entre ellos el nuestro, da lugar a profundas preocupaciones, dudas, desesperanzas; tal pareciera que la brújula que orienta su rumbo se propusiera perdernos en el caos.
Hoy más que nunca la educación formal está en tela de juicio. Los resultados de la acción de la escuela no manifiestan su eficacia y los egresados de ellas, lejos de encontrar, a la luz de lo aprendido, respuestas a sus necesidades se pierden en la penumbra de la mediocridad.
En nuestro país, ni sistema educativo formal ni el doméstico no nos ha dotado del bagaje formativo suficiente y ahora naufragamos en el mar de la corrupción, del conformismo, de la confrontación y la pobreza.
La escuela no puede ser la única culpable, tiene razón. La culpable es una sociedad que no ha sabido incluir como valor sustantivo de la educación la formación del carácter. La escuela moderna, ya decía antes de la Segunda Guerra mundial el obispo húngaro Tihamer Toth, dedica demasiados cuidados a la inteligencia de los jóvenes y olvida excesivamente la formación del carácter, de la fuerza de voluntad.
De allí la realidad dolorosa de que en la sociedad de los hombre adultos, abunden también más cabezas instruidas que temples de acero, de que se encuentre más ciencia que carácter. Y sin embargo, agregaba, la base moral del estado, su fuerza, su piedra fundamental, no es la ciencia, sino la moral; no es la riqueza, sino el honor; no es la vileza, sino el carácter.
La palabra educación le queda muy grande a la secretaría que la ostenta y ya uno de nuestros más eminentes pedagogos, Jaime Torres Bodet, decía: Mientras la Secretaria de Educación Pública no sea un organismo de definición para la moral pública, llamarla “de educación” constituye a lo sumo un alarde retórico intrascendente. Preguntábase el humorista Rius cuando se refería al fracaso de la educación en México: ¿Es que acaso somos más honestos, más limpios, más laboriosos , más puntuales, más perseverantes, más leales, más diligentes, más solidarios, etc.? No, la escuela omitió esa enseñanza.
El concepto educativo es amplio y profundo y la escuela no puede constituirse en monopolio de la enseñanza de los valores universales que son por igual, responsabilidad de todos, familia, sociedad, iglesia, medios, etc.
Y hoy, más que nunca, la crisis de valores que ha llevado al naufragio a tantos “ninis”, impone la necesidad de retomar aunque sea un poco de aquella educación doméstica de antaño en la que, a través de la acción de los padres, se construían los hábitos, los valores y se moldeaba el carácter, tan necesario en estos tiempos para enfrentar, con mayores posibilidades de éxito, los retos del porvenir.
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