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El nuevo orden mundial: el riesgo de la ley del más fuerte

El nuevo orden mundial: el riesgo de la ley del más fuerte

Alberto Peláez | periodista



La incertidumbre se ha instalado como norma y el orden internacional, tal como lo conocíamos, empieza a resquebrajarse peligrosamente.

La política internacional atraviesa uno de sus momentos más desconcertantes desde el final de la Guerra Fría. En el centro de esa incertidumbre se encuentra una figura que, día tras día, marca la agenda mundial con declaraciones que parecen contradictorias, impulsivas y, al mismo tiempo, profundamente calculadas: Donald Trump. Su discurso no solo provoca sobresaltos mediáticos; genera temblores reales en los equilibrios políticos, económicos y militares del planeta.

Trump no es un político convencional. Su verbo carece de filtro y su estilo rompe con cualquier manual diplomático. Esa imprevisibilidad lo convierte en un actor difícil de leer, incluso para sus aliados más cercanos. A veces parece no saber hasta dónde quiere llegar, pero hay algo que sí resulta claro: sabe exactamente lo que quiere provocar. Su narrativa apela a la fuerza, a la imposición y a la idea de que el poder se ejerce sin pedir permiso, una lógica que choca frontalmente con el concepto mismo de libertad y con los principios básicos del derecho internacional.

En el plano interno de Estados Unidos, ciertas políticas han sembrado miedo entre comunidades enteras. Migrantes, residentes legales e incluso ciudadanos viven bajo la sensación de que la línea entre la ley y el abuso se ha vuelto difusa. Se refuerzan cuerpos y prácticas que poco tienen que ver con una policía profesional y mucho con una lógica de intimidación. La libertad, esa palabra que Estados Unidos ha enarbolado históricamente como bandera, empieza a mostrar grietas preocupantes.

Pero es en el terreno geopolítico donde el impacto resulta más profundo. El mundo observa cómo se consolida un nuevo orden internacional sustentado en tres grandes polos de poder: Estados Unidos, China y Rusia. El problema no es la existencia de estos bloques, sino la manera en que uno de ellos pretende imponer las reglas. La ley del más fuerte, la ley de la selva, parece ganar terreno frente a un derecho internacional que durante décadas funcionó como árbitro imperfecto, pero necesario.

Las contradicciones son evidentes. ¿Con qué autoridad moral se puede cuestionar a China por su interés en Taiwán si al mismo tiempo se sugiere la posibilidad de tomar Groenlandia por la fuerza o mediante presión económica? ¿Con qué cara se condena la invasión rusa a Ucrania cuando se normaliza la idea de apropiarse de territorios estratégicos ajenos? El mensaje implícito es devastador: si uno puede, todos pueden. Y cuando todos pueden, nadie está a salvo.

Groenlandia se ha convertido en un símbolo de esta nueva narrativa. No es solo una isla semiautónoma de Dinamarca; es una pieza clave en el tablero global. El deshielo del Ártico abre rutas comerciales inéditas, revela reservas energéticas, tierras raras y, sobre todo, un recurso que será el más disputado del siglo XXI: el agua. Quien controle esa región tendrá una ventaja estratégica incalculable. El problema no es el interés, sino la forma de expresarlo: la amenaza abierta rompe con décadas de cooperación y golpea directamente a la OTAN, una alianza que hoy parece más frágil que nunca.

Si dos países aliados llegan a confrontarse, aunque sea verbalmente, el mensaje al mundo es demoledor. La Alianza Atlántica se construyó como un bloque de disuasión y estabilidad tras la Segunda Guerra Mundial. Socavarla desde dentro equivale a abrir la puerta a un escenario de confrontaciones impredecibles. No se trata solo de Europa o de Estados Unidos; se trata del equilibrio global.

En este contexto, México aparece en el discurso como un eslabón débil. Las acusaciones de que el crimen organizado gobierna amplias zonas del país no son nuevas, pero utilizadas como justificación para una posible intervención cruzan una línea peligrosa. Que existan fallas graves en la política de seguridad no otorga a ningún país el derecho de violar la soberanía de otro. Normalizar ese razonamiento sería aceptar que cualquier potencia puede invadir cuando considere que un Estado ha fracasado.

Ese es el verdadero riesgo del momento actual. No se discute la gravedad de los problemas, sino el método para enfrentarlos. Abandonar el derecho internacional en nombre de la eficacia equivale a dinamitar el último dique de contención frente al caos. Hoy es México, mañana podría ser cualquier otro país. España, por ejemplo, es una puerta estratégica al Mediterráneo y al comercio global. Con esa lógica, ningún territorio estaría fuera de alcance.

Donald Trump ha demostrado ser un maestro del espectáculo, pero el escenario que está construyendo va mucho más allá de la televisión. Estamos ante un cambio profundo de reglas, ante un mundo donde la fuerza pretende sustituir al consenso y donde la amenaza se usa como herramienta diplomática. Puede que no veamos disparos en Groenlandia ni invasiones inmediatas, pero el daño ya está hecho.

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