Karen Peña | periodista deportivo
Cada vez que Tigres vuelve a pisar el césped del Alfonso Lastras Ramírez, la memoria colectiva del fútbol potosino se activa. No es un partido más. Es un recuerdo que duele. Es imposible no volver a aquella tarde del 9 de marzo de 2013, el día en que el estadio dejó de ser casa y se convirtió en territorio ajeno. El día de La invasión Tigre.
Corría la Jornada 10 del Clausura 2013 y el Club San Luis, hoy extinto, ya caminaba sobre arena movediza. La franquicia se desmoronaba desde dentro: decisiones administrativas erráticas encabezadas por la familia Chargoy, un equipo sin alma en la cancha y una afición que, harta, había decidido ausentarse como forma de protesta. Ese vacío en las tribunas fue la puerta abierta para que la hinchada universitaria tomara el Alfonso Lastras sin resistencia.
Ese sábado, los 25 mil asientos del Coloso de Valle Dorado se tiñeron de amarillo y azul. No eran los colores auriazules del San Luis; eran los tonos regiomontanos de Tigres, dirigidos por Ricardo "Tuca" Ferretti. San Luis Potosí amaneció como sede neutral y terminó convertido en sucursal de Monterrey.
A los aficionados de Tigres se les señaló como los villanos de la historia, pero el golpe más profundo vino desde adentro. Los verdaderos enemigos de la plaza tunera estaban en la propia dirigencia. Los hermanos Chargoy traicionaron a su gente, a la misma a la que meses antes le prometieron un proyecto sólido y duradero.
Vendieron la totalidad de los boletos a la afición felina y, para colmo, días antes habilitaron la venta en Monterrey tres horas previas que para el público potosino. La complicidad entre la directiva y las barras de Tigres selló una de las páginas más humillantes en la historia del fútbol local.
La invasión no se quedó en el estadio. Desde la carretera a Matehuala hasta los hoteles, el centro histórico y las plazas comerciales, la ciudad se pintó de amarillo. San Luis Potosí parecía, por unas horas, una extensión de Nuevo León.
El negocio fue redondo para algunos. La reventa explotó en pleno marzo y los pocos aficionados con bono cedieron ante precios exorbitantes que triplicaban el valor original del boleto. En términos económicos, La invasión Tigre dejó una derrama cercana a los 25 millones de pesos en el estado.
Pero no todo fue ganancia.
La tensión se desbordó. Los pocos auriazules que se mantuvieron fieles a su equipo fueron blanco de burlas y agresiones. La respuesta no tardó: riñas, enfrentamientos e incluso reportes de detonaciones marcaron el saldo de una jornada que terminó manchada por la violencia.
Casi una década después, la herida sigue visible, aunque ya no sangra igual. La llegada del Atlético de Madrid al fútbol potosino devolvió estabilidad y dignidad a una plaza golpeada. En la cancha, el Atlético de San Luis ha cobrado revancha: en el Apertura 2024 eliminó a Tigres en los cuartos de final del torneo y de una forma humillante. El tiempo ha ayudado a cerrar la herida, pero no a borrar la cicatriz.
Porque aquel 9 de marzo de 2013 no se olvida. Vive en la memoria de la tribuna sur, en cada visita de Tigres y en cada vez que el Alfonso Lastras recuerda el día en que dejó de ser hogar.
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