Karen Peña | periodista deportivo
El futbol tiene esa capacidad única de unir emociones, despertar pasiones y generar identidades. En 2026, esa fuerza se multiplicará.
El calendario avanza y, con él, la cuenta regresiva hacia uno de los acontecimientos más importantes que vivirá México en las próximas décadas. El Mundial de Futbol 2026 no es solo un torneo deportivo: es un fenómeno social, cultural, económico y político que vuelve a colocar a nuestro país en el centro de la conversación global. México será, por tercera ocasión, sede de una Copa del Mundo, un hecho inédito que merece orgullo, pero también una reflexión profunda sobre lo que somos y lo que queremos mostrar al mundo.
Compartir la sede con Estados Unidos y Canadá no le resta valor al logro; al contrario, subraya la relevancia de México como pieza clave en la región. Ningún otro país ha albergado tres mundiales, y ese dato, por sí solo, habla del peso histórico y simbólico que tiene el futbol mexicano a nivel internacional.
En el terreno organizativo, el país parece llegar mejor preparado que en lo deportivo. Las sedes mundialistas muestran avances visibles: Monterrey destaca por su dinamismo y planeación, Guadalajara mantiene un trabajo constante de la mano de su comité organizador, y la Ciudad de México se alista con obras estratégicas en infraestructura, movilidad y aeropuertos. La experiencia de eventos anteriores ha dejado aprendizajes claros, y hoy se percibe una mayor conciencia sobre la magnitud del reto.
Sin embargo, cuando volteamos a la cancha, el panorama es más complejo. La selección mexicana llega al 2026 con dudas que no pueden ignorarse. El proyecto encabezado por Javier Aguirre todavía busca identidad. Hay talento, hay generaciones interesantes y hay competencia interna, pero no hay certezas absolutas. La delantera sigue siendo un rompecabezas sin una pieza fija; los nombres aparecen, se alternan y muestran destellos, pero nadie termina de asumir el rol de referente indiscutible.
La defensa, históricamente uno de los puntos más frágiles del Tri, continúa sin consolidarse. Las rotaciones constantes y la falta de una pareja central sólida generan inquietud. La portería, por su parte, vive una transición inevitable. La figura de Guillermo Ochoa sigue presente como símbolo, pero el debate deportivo es legítimo: el Mundial exige presente, no solo historia. Definir jerarquías será una de las decisiones más delicadas del cuerpo técnico.
Aun con todas esas interrogantes, hay algo que no cambia: la fidelidad de la afición. El mexicano no abandona a su selección. Puede criticar, exigir, cuestionar y frustrarse, pero sigue ahí. Los estadios llenos, los boletos vendidos a precios elevados, las camisetas agotadas y la presencia masiva en cada sede confirman que el amor por la camiseta verde es casi incondicional. La selección puede perder partidos, pero rara vez pierde el respaldo popular.
Ese fenómeno habla de una cultura futbolera profundamente arraigada. Para el aficionado mexicano, el Mundial es una fiesta que va más allá del resultado. Es folclor, identidad, encuentro y orgullo. Lo vimos en Rusia, en Brasil, en Sudáfrica y en Qatar. Ahora, en casa, esa energía se multiplicará. México no solo será anfitrión; será local incluso en territorio estadounidense, donde la comunidad mexicana garantiza tribunas pintadas de verde, blanco y rojo.
Pero el Mundial también es negocio. Y en ese terreno, el futbol mexicano está viviendo transformaciones importantes. La reciente venta de una parte del Club América a capital extranjero confirma una tendencia clara: los inversionistas internacionales han encontrado en el futbol una mina de oro que durante años fue subestimada. La inyección millonaria no solo impacta a un club, sino que marca un precedente para toda la Liga MX.
La llegada de capital estadounidense al futbol mexicano abre debates inevitables. Por un lado, profesionaliza estructuras, eleva estándares y genera crecimiento. Por otro, obliga a preguntarse hasta qué punto se protege la identidad local frente a los intereses globales. El futbol, hoy más que nunca, es consumo, espectáculo y marca. Y México se ha vuelto atractivo en ese mercado.
No es casualidad que cada vez se hable con mayor fuerza de una posible fusión o integración más profunda con la MLS. El modelo norteamericano de ligas unificadas ya existe en otros deportes y podría replicarse en el futbol. Para algunos, sería una oportunidad histórica; para otros, una amenaza a la tradición. Lo cierto es que el Mundial 2026 será un catalizador de cambios que no se detendrán al silbatazo final.
Este tercer Mundial llega en un México distinto al de 1970 y 1986. Un país más complejo, más cuestionado, pero también más resiliente. El reto no es solo organizar un gran torneo, sino proyectar una imagen auténtica. Mostrar hospitalidad, alegría, diversidad y pasión, sin esconder las realidades que nos atraviesan como nación.
El futbol es un espejo. En él se reflejan nuestras virtudes y contradicciones. El Mundial 2026 será una oportunidad única para reconciliarnos con nuestra identidad futbolera y para recordarle al mundo por qué México es sinónimo de fiesta, color y pasión. La cancha dirá su parte, pero la verdadera victoria estará en la manera en que sepamos vivir y compartir este momento histórico.
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