Viernes, 02 de Enero de 2026
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Diego de la Cruz, joven que eligió el trabajo y la solidaridad

Diego de la Cruz, joven que eligió el trabajo y la solidaridad

Sukey Barrios



El trabajo bien hecho y el corazón solidario siguen siendo una fórmula vigente para construir un mejor futuro.

En tiempos donde la inmediatez y el éxito fácil parecen dominar el discurso social, resulta refrescante y necesario voltear a ver historias que se construyen desde abajo, con constancia, disciplina y un profundo sentido humano. La de Diego de la Cruz es una de ellas. No se trata de una historia de reflectores ni de atajos, sino de trabajo diario, de oficio bien aprendido y de una convicción clara: cuando se hace lo que se ama, también se puede servir a los demás.

Diego representa a una generación que ha decidido apostar por el esfuerzo como camino, no como discurso. Desde muy joven entendió que el trabajo dignifica y que el talento, cuando se combina con compromiso, puede convertirse en una herramienta de transformación personal y social. A sus 22 años, con apenas cinco de experiencia en la barbería, ha logrado algo que muchos tardan décadas en comprender: el éxito no solo está en lo que se gana, sino en lo que se aporta.

La barbería, lejos de ser para él un simple medio de subsistencia, se ha convertido en una forma de expresión, en un arte y en una responsabilidad. Cada corte es una oportunidad de generar confianza, de mejorar la autoestima de alguien, de acompañar momentos importantes en la vida de las personas. Esa conciencia del impacto que tiene su oficio habla de una madurez poco común y de una ética laboral que merece ser reconocida.

Pero su historia no se queda ahí. Diego decidió devolverle a la vida y a su profesión parte de lo que ha recibido. Cambiar un look por un juguete no es solo una dinámica atractiva; es un mensaje poderoso. Es decirle a la comunidad que la solidaridad puede integrarse a la vida cotidiana, que ayudar no siempre requiere grandes estructuras, sino voluntad y organización. Su iniciativa demuestra que el compromiso social no está peleado con el emprendimiento ni con el crecimiento profesional.

Ver a un joven organizar una actividad altruista, sumar a su equipo, convocar a la ciudadanía y generar un ambiente de convivencia sana es una bocanada de esperanza. En un contexto donde muchas veces se habla de la juventud desde el prejuicio o la desconfianza, ejemplos como el de Diego obligan a replantear esa narrativa. Hay jóvenes que están construyendo, que están aportando y que entienden que el éxito verdadero es compartido.

A esta visión se suma otra de sus grandes pasiones: el ciclismo. El deporte, en su vida, no es un pasatiempo accesorio, sino una escuela de valores. Disciplina, constancia, sacrificio y superación personal son aprendizajes que se trasladan tanto a su oficio como a su forma de ver el mundo. El ciclismo le ha dado estructura, enfoque y una mentalidad competitiva sana, orientada a mejorar cada día y no a vencer a los demás, sino a superarse a sí mismo.

Hay un mensaje claro en su recorrido: el deporte y el trabajo son aliados naturales del desarrollo personal. Alejan de caminos fáciles, fortalecen el carácter y crean comunidad. Diego lo entiende y lo vive, y por eso insiste en invitar a niños, jóvenes y familias a encontrar en el deporte un espacio de convivencia, salud y crecimiento.

Su mirada hacia el futuro no está cargada de ansiedad ni de falsas promesas. Está enfocada en la preparación, en la capacitación constante y en el perfeccionamiento de su oficio. Esa decisión de invertir en educación y profesionalización revela una mentalidad de largo plazo, una comprensión clara de que el éxito sostenido se construye con bases firmes, no con improvisación.

La historia de Diego de la Cruz no es extraordinaria por espectacular, sino por coherente. Es la historia de alguien que eligió trabajar, formarse, ayudar y creer. De alguien que demuestra que la juventud no es sinónimo de improvisación, sino de energía bien canalizada. De alguien que entiende que cada acción, por pequeña que parezca, puede tener un impacto real en la vida de otros.

En un país que necesita referentes positivos, historias como esta recuerdan que sí es posible avanzar con honestidad, que sí se puede combinar vocación, disciplina y solidaridad, y que el éxito verdadero no se mide solo en logros personales, sino en la huella que se deja en la comunidad.

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