Rodolfo del Ángel del Ángel
Vivimos en un mundo altamente competitivo, cada día tenemos que esforzarnos luchando contra otros para poder vivir de la manera más digna posible. En este mundo lo seres humanos son desechables, no importamos realmente como personas, excepto, cuando tenemos la capacidad de ser productivos, entendiéndose como productividad la capacidad de generar dinero trabajando para alguien más. No es de extrañar, entonces, que con frecuencia las personas cedan a la desesperación y lleguen a concluir, dolorosamente, que no tienen ningún valor pues, de acuerdo al estilo de vida contemporáneo, no están capacitados para vivir en esta sociedad. Llegaré el momento en que seas desechado pues ya no tendrás la capacidad de responder a las exigencias de la sociedad mercantilista y competitiva en la que vivimos.
Pero en el reino de Dios las cosas no son de esta manera, en el reino de Dios las cosas son como deben ser. Cada ser humano es único, excepcional e infinitamente valioso a los ojos de Dios, tan valiosos al punto en que Dios nos amó y entregó a su Hijo para nuestra salvación. Dios quiere que colaboremos dentro de su reino y que, en medio de este mundo indiferente, herido y confundido, hagamos presente la salvación, el amor y la fraternidad de su reino donde cada persona importa.
Para Dios somos muy importantes, él nos ha llamado por su gracia a ser parte de su pueblo escogido y nos ha capacitado para servir. Servir a Dios con los dones y capacidades que su Espíritu nos ha dado no es una carga, no debería serlo, es más bien un privilegio y una bendición. En la iglesia cada persona importa y cada una está llamada a servir. En la iglesia no hay jerarquías, hay distribución de funciones y diferenciación de ministerios de tal suerte que, el quehacer de cada uno es importante, como es importante para el cuerpo el funcionamiento de cada uno de sus miembros sin el cual la integridad y la eficacia del mismo estarían incompletas.
Si consideras que no es mucho lo que puedes ofrecerle a Jesús, te equivocas. Él se especializa en multiplicar lo que a nosotros nos parece escaso para usarlo milagrosamente para bendición de otros ¿Recuerdas cómo con cinco panes y tres pececillos el Señor alimentó una multitud hambrienta? Lo importante no es cuánto tienes que ofrecer a Cristo para servir a los demás. Pon lo que tengas en sus manos y deja que él lo use admirablemente. Así es que no hay pretexto. El Señor ha puesto sus ojos en ti y la única condición para que Dios use tu vida de manera especial es que pongas todo cuanto tienes y eres en sus manos admirables. Tú vales para Dios, y eso es lo que importa. . . ¿Qué estás esperando?
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