Domingo, 08 de Febrero de 2026
CIUDAD VALLES, S.L.P.
DIRECTOR GENERAL.
SAMUEL ROA BOTELLO
Semana del 09 de Marzo al 15 de Marzo de 2012

¡Vamos como el cangrejo!

¡Vamos como el cangrejo!

Víctor Manuel Tovar González



Por muchos años el que esto escribe, basado sobre todo en las lecturas de Druker, Mc Luhan y otros, ha venido defendiendo la tesis de que el conocimiento y sus aplicaciones productivas, la ciencia y la tecnología, serán cada vez más el motor principal del desarrollo económico y social en todas las regiones del mundo, y nuestro México no escapa a esta aseveración.

Dentro de esa tesis, pongo especial énfasis en el papel de las instituciones de educación superior, no porque piense que las instituciones de educación superior pueden hacerlo todo, sino porque lo que la educación superior debe ser me parece absolutamente impres-cindible. Hoy en México, hay que hacer posible lo necesario, y las instituciones de educación superior en ello me parecen insustituibles.

Esa posición no es característica de quienes, sin desestimar la ciencia y la tecnología, las ubican en una posición más bien marginal o secundaria frente a otros factores de desarrollo económico y social. Me parece claro que las teorías del desa-rrollo que lo hacen depender de un solo factor —ya sea éste el mercado, la acumulación de capital, los recursos naturales o la misma educación y la tecnología— son reduccionistas y no captan adecuadamente un proceso social multidimensional cuya esencia es sistémica. Pero afirmar la importancia de la sinergia en una interacción de numerosos elementos no implica negar el carácter especialmente dina-mizador que tienen algunos de esos elementos. En mi caso, sostengo que el más dinamizador de esos factores en el siglo XXI será el conocimiento, y que eso les da a la ciencia y a la tecnología una centralidad motora en todo el proceso de desarrollo, que no tienen en otras visiones de ese fenómeno.

Posiblemente el desafío que más englobe a nuestras instituciones de educación superior en el presente siglo sea el de contribuir significativamente a construir una sociedad basada en el conocimiento, que afronte con eficacia y equidad los grandes problemas del país.

México ha sido un verdadero laboratorio de teorías y experiencias desde el final de la segunda guerra mundial. Los decenios de crecimiento y sustitución de importaciones transcurridos entre los años 50 y 70 fueron seguidos por la década perdida de los 80, con la gran crisis de la deuda. En los años 90, parece que alcanzamos cierto grado de estabilidad económica, luego de largos años de inflaciones, desequilibrios macroeconómicos y desorden en las instituciones. Junto a la recuperación económica se han establecido nuevos mecanismos de integración, modernización del Estado y apertura al resto del mundo.

No obstante los logros alcanzados, el proceso de cambio en México ha dejado sin resolver un problema crucial: la pobreza extrema de grandes segmentos de la población, asociada a una de las peores distribuciones del ingreso del mundo. En efecto, el número absoluto de pobres aumentó y el perfil distributivo empeoró desde el comienzo de los años 80 hasta el presente, a pesar de las declaraciones triunfalistas de los gobiernos de signo tricolor o blanquiazul.

No cabe duda de que las instituciones de educación superior del país, «conciencias críticas y creadoras» de nuestra sociedad, deberían contribuir mucho más a la creación de modelos propios de reforma, tanto política, económica y social que de verdad fueran eficaces para resolver nuestro enorme problema de pobreza y desigualdad.

Por otra parte, el hecho más característico de la sociedad contemporánea es que cada vez más depende del conocimiento. No sólo la producción y el uso de aparatos complejos, como computadoras, instrumentos de telecomunicación, herramientas de laboratorio y maquinaria industrial implican ahora un considerable grado de conocimiento, sino también los procesos productivos de todo lo que consumimos y empleamos día a día. Lo mismo ocurre con nuevos conceptos que son ahora claves para la competitividad en los mercados internacionales, tales como calidad total, entrega a tiempo, automatización, producción flexible y productos hechos a la medida de las necesidades de cada usuario. Estos conceptos no pueden hacerse realidad de forma competitiva sin tecnologías sofisticadas, cuyo soporte fundamental es el conocimiento científico.

Con el advenimiento de las biotecnologías y la próxima «era genética» del siglo XXI, con la química fina, con los nuevos materiales, la nanología, la robótica, la teleinformática, la ingeniería de negocios y con tantas otras tecnologías revolucionarias, esta tendencia se agudizará sin duda en el futuro; la capacidad de producir y usar conocimiento es ya considerada como el recurso de mayor importancia de las naciones y como el aspecto determinante de su productividad. El pro-blema del desarrollo económico es un problema de dominio del conocimiento en expansión y de crecimiento de las capacidades de la población para emplearlo eficazmente, que ya se han convertido en los países desarrollados en un factor aún más dinamizador que la misma acumulación de capital.

Lamentablemente, este país es muy débil en el campo de la capacidad para trabajar con el conocimiento y para utilizarlo agregando valor a nuestra producción económica. En este nuevo siglo, la única forma en que podremos aumentar la productividad sostenidamente, cerrar las brechas sociales, mantener altas tasas de creci-miento económico, crear nuevos empleos mejor remunerados y ser competitivos a escala mundial, es afrontando en serio el tema del conocimiento, tan asociado a la educación superior.

Equidad y conocimiento son, entonces, las dos grandes asignaturas pendientes de nuestro país, que deberían fundirse indisolublemente en el discurso y el quehacer de nuestra clase política. Durante la presen-tación del informe “Situación de la Competitividad de Mé-xico 2010”, se estableció que nuestro país ocupa el lugar 33 entre 45 naciones. El secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), nuestro paisano José Ángel Gurría, advirtió que en México hay un rezago en la competitividad (forma en que se manifiesta el conocimiento), una débil distribución del ingreso y altas tasas de desempleo.

En otra parte de su discurso Gurria Treviño declaró; “Mé-xico retrocedió tres lugares en materia de competitividad internacional”. Durante la presentación del informe “Situa-ción de la Competitividad de México 2010”, se estableció que nuestro país ocupa el lugar 41 entre 45 naciones. Seguimos rezagándonos en la ca-rrera de competitividad (pero tenemos una ex secretaria de educación como candidata presidencial). En las más de 140 variables que medimos tuvimos un desempeño de contrastes claro-oscuros.

Este informe realizado por la OCDE, refleja también que naciones como Chile o Irlanda, con economías similares a México, son ya más competitivas a nivel mundial que nuestro país.

Competitividad, dijeron los analistas que realizaron este informe es la capacidad de un país para crear conocimiento y atraer y retener inversiones. En 2004, México era el segundo país en Latinoamérica en competitividad, ya nos había desplazado Chile; hoy, sin embargo, estamos en el quinto lugar. Chile, Costa Rica, Brasil y Colombia nos ganan.

La posibilidad de tener otro México, con un mejor sistema educativo, menor desigualdad y un buen sistema de justicia. Otro México es posible, un México mejor educado, capaz de crear conocimiento o cuando menos tenerlo, con competencia en todos los sectores, con menor desigualdad en ingresos y mejores oportunidades, es posible, la historia nos da la oportunidad en estas elecciones. Los mexicanos estamos convocados a las urnas en Julio próximo, analizar, razonar el voto es una obligación que todos debemos asumir, de otra forma no nos espante que en el informe de la OCDE del 2015 hasta Haití sea más competitivo que nosotros.

Por lo demás recuerde. Ud. Tiene la mejor opinión. Di no a la Mota.

 


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