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Semana del 02 de Diciembre al 08 de Diciembre de 2011

¿Por qué regular los mercados?

¿Por qué regular los mercados?

Víctor Manuel Tovar González



Cuando el que escribe estudiaba Economía en los lejanos años setenta, el delito de “maquinación para alterar el precio de las cosas” merecía mucho respeto. También tenían bastante peso las disposiciones legales establecidas para meter en cintura a quienes practicaban la “usura” con intención de enriquecerse de manera desmesurada e injusta, a costa de las necesidades de las personas con menos recursos y posibilidades.

Este tipo de regulaciones no eran propias de las singularidades mexicanas de la época, sino que casi todos los países tenían claro que debían proteger a sus ciudadanos frente a los abusos y las disfunciones de un libre mercado extremo y sin límites. De hecho, en los propios Estados Unidos –que nadie podrá negar que sea el paradigma del capitalismo– han sido múltiples las medidas legales que se han tomado a lo largo de la historia para evitar concentraciones monopolísticas y actuaciones orientadas a sesgar inapropiadamente el funcionamiento del mercado.

Los que nos iniciamos en el estudio de la Economía con el célebre manual de Samuelson (la biblia económica en esos tiempos) pudimos entender y valorar el funcionamiento del mercado como un mecanismo de ajuste entre la oferta y la demanda, que hasta hace pocos años prácticamente todo el mundo entendía que debía ser objeto de algunas regulaciones e intervenciones del gobierno limitadas, orientadas a garantizar su eficiencia y a compensar equitativamente algunas de las desigualdades que podía generar por sí solo. Lo cual garantizaba unos equilibrios sociales imprescindibles y un adecuado clima de paz social y de estabilidad política.

La intervención estatal limitad y acotada por la constitución liberal que nos rige parecía bastante lógica y razonable. Sin embargo, desde hace algunos años, los gobiernos neoliberales, sean estos del PRI o del PAN (en política económica no tienen distinción) han trastocado este esquema. Ahora los que imponen su ley son “los mercados”. Y en nombre del nuevo dios denominado mercado se nos dice en cada momento lo que hay que hacer o no hacer, cuáles son los recortes y sacrificios que se deben asumir (generalmente las personas más pobres) y cómo se han de distribuir los costos de una crisis, que en realidad no tendría que haberse producido en la forma en la que se está produciendo.

De esta manera, eso que se califica como los mercados opera como una especie de divinidad inmisericorde y tiránica, a la que nadie osa enfrentarse ni cuestionar y que, de manera insaciable, pide más y más sacrificios y ofrendas rituales -¡hay que satisfacer y aplacar a “los mercados”, se dice– a aquellos que menos tienen; y que, por lo tanto, cada vez tienen y tendrán menos; en tanto que la “clase sacerdotal” (políticos neoliberales y banqueros) de esta nueva religión insaciable engorda sus cuentas y patrimonios, que mantiene bien resguardados –eso sí– en los inviolables templos sagrados de sus paraísos fiscales.

Cuando en el futuro se escriba la historia de este período, seguro que muchos analistas no serán capaces de entender cómo se pudo producir tal cúmulo de despropósitos y cómo la feligresía neoliberal, compuesta de los sufridos crédulos pudimos aceptar y aguantar durante tanto tiempo tamaña impostura. Lo cual no dudáramos dará lugar a una buena cantera temática de estudios y tesis doctorales. Si es que alguna vez decidimos enfrentarnos de verdad a los brujos y oráculos que interpretan oficialmente los sinos fatales de “los mercados”.

En principio, para situarnos en condiciones de poder romper con esta peculiar concepción mágico-religiosa de la funcionalidad económica, habría que empezar preguntando ¿quiénes conforman realmente eso que se llama “los, mercados”? ¿Quiénes están detrás de los ídolos? Y luego habrá que analizar cómo esa minoría de augures y aprovechados ha logrado imponer la sumisión a sus intereses abusivos.

En realidad, cuando se habla de “mercados” generalmente no se está hablando de economía (como ciencia o como política), sino de poder económico. Lo cual, hoy por hoy, es tanto como hablar de poder en sí. A partir de ahí, cualquier falacia política ha podido presentarse como si de un pensamiento riguroso se tratara. Por lo tanto, hay que tener claro que estamos ante una pugna taimada en defensa de privilegios e intereses muy concretos que se encuentran organizados en diferentes escalones, que responden de maneras distintas, pero complementarias, al propósito de obtener ventajas de la situación establecida.

El primer escalón de los beneficiados del paraíso neoliberal son el reducido grupo que está constituido por una red de empresas de intermediación financiera que se han especializado en comprar y vender papeles financieros de manera bastante rápida, arruinando y exprimiendo a quienes pueden (principalmente a los productores agropecuarios, industriales, comerciantes y trabajadores en general) obteniendo pingües beneficios en períodos muy cortos de tiempo, a veces sin arriesgar prácticamente nada y sin moverse de sus lujosos cubículos.

Los que lideran “los mercados” apoyados en sus testaferros. Los políticos. Están beneficiándose de un tipo de economía cada vez más inestable y parasitaria, que crece y se desarrolla sobre la destrucción y el enflaquecimiento de los más débiles.

Las formas de operar de esta red político-empresarial, aunque a veces se pretenden presentar como algo muy inteligente e imaginativo –incluso se habla de ingeniería financiera– en realidad bordean el terreno de la estafa y el engaño, como se ha visto en múltiples ocasiones. Lo cual suele reportar grandes beneficios, incluso en los peores momentos de crisis. Por ejemplo, una de las principales gestoras de fondos de inversión de alto riesgo (Brevan Howard) ha llegado a ganar 1.500 millones de dólares durante las tres semanas de mayor inestabilidad del pasado mes de agosto. Es decir, mientras unos pierden bastante, otros ganan en grandes cantidades.

Los dioses del olimpo neoliberal tienen ante sí el reto de que los mexicanos tengamos un nuevo sumo sacerdote y ya tienen las propuestas. En la esquina del PRI al copetes Peña y en la esquina del PAN la coloreteada Josefina. A ellos les da lo mismo una que el otro, ambos garantizan una economía sin control, cada vez más inestable, volátil y parasitaria, que crece y se desarrolla sobre la el enflaquecimiento de aquellos a los que parasita, que son lógicamente los mexicanos productivos y trabajadores. Y Serán los garantes del rápido enriquecimiento de los financieros paracitos.

De ahí la urgencia en reaccionar debidamente y la necesidad de concitar nuevos consensos en torno a reglas de juego razonables y viables, empezando por meter en cintura a los que “maquinan para alterar el precio de las cosas”, a los que practican la “usura” más despiadada, a los que recurren al burladero de los “paraísos fiscales” para no rendir cuentas ante nada ni ante nadie y, en definitiva, ni siquiera a someterse al imperio de la ley.
Pero recuerde Ud. Tiene la mejor opinión.

 


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