Víctor Manuel Tovar González
Mientras todos en el planeta seguimos con gran ansiedad la crisis en Europa y los Estados Unidos, en China con una población de 1,300 millones de seres humanos están pasando sucesos que no atraen tanta atención como lo que pasa en el mundo occidental. Pero deberían. Si esa locomotora de la economía mundial que es el consumo de China se desacelera, o peor aún se llegase a detener, las consecuencias serán mucho más graves de las que ha tenido la crisis europea y norte americana, aún considerando el daño que esta le ha hecho al resto del planeta.
Aquí, a riesgo de perderlos en el aburrimiento amables lectores les doy algunos adormecedores, pero imprescindibles para comprender el fenómeno, datos técnicos sobre lo que está pasando hoy en China: la actividad manufacturera ha caído por tercer mes consecutivo (fenómeno que no sucedía desde hace 9 años), la burbuja especulativa en la construcción (¿les suena?). Recuerde lo que hace tan sólo cuatro años ya sucedió en el caso estadounidense, la compra-venta de vivienda con fines especulativos estuvo acompañada de un elevado apalancamiento, es decir, con cargo a hipotecas que, con la venta, eran canceladas para volver a comprar otra casa con una nueva hipoteca, cuando no se financiaban ambas operaciones mediante una hipoteca puente.
El mercado aportaba grandes beneficios a los inversores, y contribuyó a una elevación de precios de los bienes inmuebles, y, por lo tanto, de la deuda. Pero el escenario cambió a partir de 2004, año en que el Banco de la reserva de los Estados Unidos comenzó a subir la tasa de interés para controlar la inflación.
Desde ese año hasta el 2006 el tipo de interés pasó del 1% al 5,25%. El crecimiento del precio de la vivienda, que había sido espectacular entre los años 2001 y 2005, se convirtió en descenso sostenido. En Agosto del 2005 el precio de la vivienda y la tasa de ventas cayeron en buena parte de los Estados Unidos de manera abrupta Las ejecuciones bancarias debidas al impago de la deuda crecieron de forma espectacular, y numerosas entidades comenzaron a tener problemas de liquidez para devolver el dinero a los inversores o recibir financiación de los prestamistas.
Algo similar está por estallar en China, los precios caen y a las grandes empresas del sector de la construcción les cuesta conseguir financiación. La deuda de los Gobiernos locales ha alcanzado un volumen equivalente al 27% del total de la economía y, por si eso fuera poco, los analistas creen que en el 80% de los casos estas deudas serán incobrables. Los precios de las acciones de empresas Chinas cotizadas en la Bolsa de Nueva York cayeron al conocerse que los reguladores están encontrando graves fallas en su contabilidad.
Quizás la siguiente cita del Financial Times resulte menos aburrida: “El sector inmobiliario chino, que hasta hace poco era muy atractivo para los inversores, se ha convertido en un espectáculo de terror... cuyos efectos se sentirán en el mundo entero”.
¿Quiere decir todo esto que viene un crack en China? No necesariamente. Pero... Hay una alta probabilidad de que en los próximos años China sufra una crisis que ralentizará su crecimiento económico. Este accidente podría ser financiero, ecológico, político-social o internacional. Tendría, además, que ser lo suficientemente grave y duradero como para afectar simultáneamente a varias regiones y sectores.
Un desplome de la Bolsa que elimine gran parte de los ahorros de la gente, la contaminación del agua de una gran ciudad o cualquier otra impredecible situación que produzca masivas protestas callejeras (y en China serían realmente masivas) pueden ser la chispa de una crisis que se difunda hasta afectar a toda la economía. De ahí, el impacto se diseminaría al resto del mundo a gran velocidad.
El acuerdo social y político que el actual régimen tiene con el pueblo chino es el siguiente: nosotros creamos millones de puestos de trabajo y la promesa de creciente prosperidad para todos y ustedes nos dejan gobernar sin exigir mayor participación en la toma de decisiones.
Si la tasa de creación de empleos disminuyese, la legitimidad del régimen menguaría, así como su capacidad de gobernar centralizadamente como lo ha hecho hasta ahora. Pero, además, están apareciendo otros factores que están socavando la estabilidad política: la inflación, la desigualdad y la corrupción.
En la década pasada, la inflación fue, en promedio, inferior al 2% anual. Ahora es de 6,2% al año, y en los alimentos, el capítulo más políticamente explosivo, los precios se han disparado aún más (recuerde que la tasa de inflación es un promedio).
La desigualdad económica antes del boom chino era reducida e invisible porque la mayoría de la población del gigantesco país se encontraba en la miseria, después del boom, el crecimiento beneficio a 100 millones de chinos que viven en el primer mundo y a otros 200 que viven como en países emergentes. Pero ahora mismo existen 1,000 millones de chinos en la miseria. Su distribución de la riqueza está a la par con las peores del mundo y es muy visible. Los trabajadores urbanos ganan tres veces más que los campesinos en las zonas rurales y el número de chinos que entran en la lista de los más ricos del mundo rompe récords cada año (los multimillonarios chinos son, como media, 15 años más jóvenes que sus pares en otros países).
La corrupción igualmente se ha hecho más visible y afecta a todos. Los esfuerzos del Gobierno por controlarla, que incluyen frecuentes encarcelamientos de funcionarios públicos y hasta la pena de muerte, no han tenido éxito. Entre la población corre el rumor de que los castigados no son los culpables, que estos permanecen impunes (¿también le suena?)
Las crisis económicas aunadas a las dictaduras suelen transformar a la corrupción de un hecho irritante largamente tolerado a una potente causa popular que, como en los casos de Egipto o Túnez, contribuye a la caída del Gobierno. China aún está lejos de esto, pero la corrupción es un factor que sin duda preocupa mucho al régimen.
Lo mismo pasa con los crecientes problemas ecológicos que, para muchos chinos, no son abstracciones: cuando se hace demasiado frecuente que al abrir la llave del agua para bañarse o cocinar sale agua marrón y maloliente o el sucio aire que respiran gracias al uso de carbón mineral como combustible privilegiado, la pasividad de la población puede rápidamente tornarse en activismo estridente. Y esto está sucediendo.
En 2010 en China ocurrieron 180.000 protestas callejeras motivadas por un sinnúmero de causas, destacando las anteriormente mencionadas y la demanda de los jóvenes de participar en la toma de decisiones públicas.
Las calles en China se están calentando. Si esta tendencia llega a reducir el crecimiento del país, lo que suceda en las calles chinas no tendrá parangón con ningún otro país y nos afectará a todos. Mucho más que Europa y los Estados Unidos Juntos.
Pero recuerde. La mejor opinión es la de Ud.
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