Alejandro Zapata Perogordo
“La corrupción es un vicio de los hombres, no de los tiempos”. Seneca
La corrupción es un fenómeno que existe a nivel mundial, cuyo crecimiento ha llegado a causar gran preocupación, pues va orillando a las naciones a la anarquía y al desorden social. Este letal cáncer se encuentra sumamente arraigado en México, se considera una practica habitual, cotidiana y hasta cultural.
No es privativo del sector público, aunque es en ese ámbito donde es más notable, también se encuentra en la iniciativa privada y en lo social. Uno de los casos más relevantes fue el que afecto el sistema financiero norteamericano y este a su vez a todo el mundo. La causa-efecto es alarmante y por lo tanto su combate debe ser inminente, más aún por los estragos derivados de esa pandemia.
El indice Transparencia Internacional, capítulo Mexico, señalo en el año 2001, que los dos actores mas ligados a la corrupción según la percepción ciudadana son: los políticos y los policías. Concuerda con declaraciones emitidas de Eduardo Buscaglia, asesor de la ONU en materia de corrupción y delincuencia organizada, al señalar: “....entre un 50 y un 60 porciento de los municipios mexicanos han sido feudalizados o capturados por el crimen organizado. Mexico está sufriendo un proceso de feudalizacion de su sistema político a nivel municipal e ira subiendo hacia los gobernadores, eso quiere decir que los mismos actores criminales se están transformando en alcaldes, en gobernadores.” (agencia EFE 2007)
Hace algunos años cuando se creo el Instituto Federal de Acceso a la Informacion, por sus siglas el IFAI, el objeto pretendido era lograr una contraloría social que inhibiera a los funcionarios a cometer actos de corrupción. Sin embargo, aunque ha tenido efectos positivos, son insuficientes, pues encuentran la forma de darle la vuelta e inclusive los propios gobiernos esconden la información.
El problema pasa por una etapa crítica y aunque habíamos transitado por etapas sumamente escandalosas como lo ocurrido con el IPAB y el FOBAPROA, donde se escondieron fraudes inauditos, ahora encontramos que se atenta contra la dignidad humana, en el creciente número de ejecuciones o secuestros, donde son cómplices muchos agentes policiales y autoridades que les brindan protección.
No es solamente una cuestión de malos funcionarios, se trata de un mal endémico, al estar las instituciones rebasadas, ya sea por su anacronismo al ser creadas para otras circunstancias o por su deficiente diseño. El hecho real se contrae a que son vulnerables y dejan de cumplir correctamente el servicio publico encomendado, de manera particular me refiero a las policiales, a aquellas encargadas de procurar justicia, de investigar y perseguir delitos, como también a las propias contralorías, que regularmente sirven de tapaderas.
El reto es enorme: ¿Como combatir la corrupción que prácticamente se da en todos los ámbitos de la vida publica nacional y se encuentra profundamente arraigada en el sistema político mexicano? Por otra parte, si no se combate con eficacia seguirá creciendo el fenómeno hasta arribar a un completo desorden, donde impere como en algunos lugares ya existe, la era de la cleptocracia, es decir, parafraseando a Jorge Steinsleger, el gobierno de los ladrones.
El callejón tiene salida, la solución de los problemas que plantean los hechos sociales, como todo problema social, implica un problema político y por lo tanto, requiere la intervención de la autoridad, que tiene como función originaria la gestión social y ser eje rector del bien común. Al contrario, si el gobierno evade su propia responsabilidad o bien desde ahí se padece la abstención, la inacción o peor aun la causa de la molestia, obliga a las personas a su organización, a la participación, al impulso de los valores éticos y a tomar la iniciativa de vigilancia y de denuncia.
La creación de organismos para combatir a todos niveles la corrupción es necesaria, para desterrar esa nociva práctica que está vulnerando a la sociedad, nuestras libertades y sobre todo que pone en riesgo la integridad física e inclusive la vida.
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