Héctor de Luna Espinosa
Un grupo de personas intentó poner a prueba a Jesús con una pregunta difícil. Le preguntaron si era correcto pagar impuestos al emperador romano César. Si decía que no, lo acusarían de rebelde; si decía que sí, lo verían como un traidor a su pueblo.
En Lucas 20, versículo 23, hablando de Jesús, nos dice más: él, comprendiendo la astucia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis? Mostradme la moneda. ¿De quién tiene la imagen y la inscripción? Y respondiendo, dijeron: de César. Entonces les dijo: pues dad a César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Y más adelante dice que no pudieron sorprenderle en palabra alguna delante del pueblo, sino que, maravillados de su respuesta, callaron.
Jesús no entró en debates políticos. Simplemente pidió una moneda, la miró y preguntó: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Y ante la respuesta que le dieron, de César, entonces soltó la famosa frase: pues den a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios.
Debemos saber diferenciar entre lo que es del César y lo que es de Dios. Por un lado, lo que es de César: la moneda tenía la cara del emperador romano grabada en el metal, por lo tanto, le pertenecía al sistema de ese mundo. Jesús nos dice que hay responsabilidades lógicas: convivir en sociedad, trabajar y cumplir con nuestros deberes civiles.
Pero, por otro lado, y muy aparte, está lo que es de Dios. Si la moneda le pertenece a César porque lleva su imagen, ¿qué es lo que lleva la imagen de Dios? La respuesta: eres tú. No importa en qué creas hoy, cada ser humano fue diseñado con el sello del creador. Tu valor, tu dignidad y tu propósito no los define un sistema económico ni un gobierno, los define Dios.
Y hay dos lecciones clave que resaltar aquí. Número uno: hay una responsabilidad terrenal. Cumplimos con nuestras obligaciones en la sociedad, como ser buenos ciudadanos y respetar las leyes justas. Pero, número dos: hay una lealtad espiritual que se requiere. La moneda tenía la marca de César, pero nosotros fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Por eso, nuestra vida, nuestra adoración y nuestro corazón le pertenecen por completo a él.
A veces le entregamos nuestra paz, nuestra mente y nuestra valía a cosas que no la merecen. Nos desgastamos devolviéndole al mundo cosas que no nos llenan. Hoy puedes decidir devolverle a Dios lo que es suyo: tu corazón. Él no busca tu dinero ni tus rituales, te busca a ti.
Reconocer que le pertenecemos a alguien que nos ama nos libera de la presión de tener que encajar en las etiquetas de este mundo.
Acompáñame a orar:
Dios, tú me creaste a tu imagen y semejante. Te entrego mi vida, la rindo a ti. Te pertenezco. Jesús. Amén.
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