Héctor de Luna Espinosa
¿Alguna vez has pensado que quizá naciste en la familia correcta o en la familia equivocada? Porque hay cosas que heredamos sin haberlas escogido: nuestro apellido, nuestra nacionalidad, nuestro idioma, nuestras costumbres y hasta muchas de nuestras creencias.
Pero, ¿qué pasa con la salvación? ¿Será que para ser salvo tienes que haber nacido en una familia cristiana? ¿Será que Dios está más cerca de quien nació en determinada nación? ¿Será que algunos tienen más posibilidades de ser salvos que otros?
Romanos 10 nos da la respuesta. Pablo dice: "Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos es rico para con todos los que le invoca", y después concluye: "Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo". Y resalto que dice: "todo aquel".
En tiempos de Pablo, judíos y griegos representaban dos mundos muy diferentes. El judío podía pensar: "Yo nací dentro del pueblo de Dios". El gentil, es decir, el que no era judío, podía sentirse como alguien que estaba lejos. Pero Pablo dice que en Cristo no hay diferencia.
No hay un Dios más bueno para los judíos y otro menos bueno para los gentiles. No existe una salvación de primera clase para quien nació en una familia religiosa y otra de segunda clase para quien nació lejos de Dios.
La salvación no se hereda por apellido. Puedes haber nacido en una familia cristiana, pero necesitas creer personalmente en Cristo. Y quizá tú naciste en una familia que nunca habló de Dios. Tal vez tu pasado está lleno de errores y piensas: "Yo estoy demasiado lejos". Pero escucha esto: "Todo aquel que invocar el nombre del Señor será salvo".
No dice el que tuvo el pasado correcto. No dice el que nació en la familia correcta. No dice el que hizo suficientes cosas buenas. Dice: "Todo aquel".
Eso te incluye a ti. Incluye al religioso y al que está lejos, al que conoce mucho de la Biblia y al que apenas comienza a escuchar acerca de Jesús, al que viene de una familia cristiana y al que viene de una historia completamente diferente.
La misma puerta está abierta para todos: Jesucristo.
Y quizá hoy necesitas dejar de confiar en tu apellido, en tu tradición, en tus buenas obras o en la fe de tus padres, porque la pregunta no es: "¿En qué familia nací?". La pregunta es: "¿He puesto mi fe en Jesucristo?".
Porque la promesa permanece: "Todo aquel que invocar el nombre del Señor será salvo". Todo aquel que cree, todo aquel que invoca, todo aquel que viene a Jesús, ese será salvo.
Y si ya conoces a Cristo, recuerda algo más: la gracia que te alcanzó a ti también puede alcanzar a alguien que todavía está lejos. Así que no mires a nadie pensando que está demasiado lejos de Dios.
No nacimos en la familia correcta para ser salvos. Fuimos invitados a entrar por la puerta correcta: Jesucristo. Y esa puerta está abierta para todo aquel que cree.
No importa dónde naciste, importa en quién has creído.
Dios te bendiga.
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