Héctor de Luna Espinosa
Imagina por un momento ser traicionado por tu propia familia, no por desconocidos, sino por aquellos que crecieron contigo. Así comienza una de las historias más impactantes de la Biblia: la historia de José.
José era un joven con sueños; literalmente soñaba con un futuro donde Dios lo levantaría, pero esos sueños provocaron envidia en sus hermanos. Un día, mientras su padre lo envía a buscarlos al campo, ellos ven la oportunidad perfecta, lo atrapan y, en lugar de matarlo, deciden venderlo como esclavo.
José pasa de ser hijo amado a esclavo en una tierra extraña, pero la historia no termina ahí. En Egipto, José comienza desde abajo, pero poco a poco gana la confianza de su amo. Todo parece mejorar hasta que es acusado falsamente por algo que no hizo y termina en la cárcel, injustamente olvidado, solo.
Tal vez alguien que escucha esto sabe lo que es sentirse así: traicionado, acusado o abandonado. Pero algo sorprendente sucede en la vida de José; aun en medio de todo, Dios estaba con él.
Con el tiempo, José interpreta sueños importantes y eso lo lleva ante el rey de Egipto, y en un giro inesperado pasa de la prisión al palacio. Se convierte en el segundo hombre más poderoso del país. Dios lo levanta para algo muy específico: salvar vidas.
Viene una crisis, una hambruna terrible, y gracias a la sabiduría que Dios le dio, José administra alimento para que el pueblo no muera. Y entonces sucede algo inesperado: sus propios hermanos, los que lo traicionaron, llegan a Egipto buscando comida.
Ellos no lo reconocen, pero José a ellos sí. Él tiene el poder de vengarse, de hacerlos pagar por todo el daño, pero en lugar de eso hace algo completamente diferente: los perdona, los abraza y les dice algo que cambia todo: "Lo que ustedes pensaron para mal, Dios lo usó para bien, para salvar vidas".
No solo los perdona, los restaura y los bendice. Ahora, ¿por qué te cuento esta historia? Porque no es solo la historia de José, es una historia que apunta a alguien más: a Jesús.
Jesús también fue rechazado, no por extraños, sino por su propio pueblo. También fue traicionado, también sufrió injustamente, pero en su caso, él nunca hizo nada malo. Murió en una cruz, pero no fue el final: resucitó.
Y así como José fue levantado para salvar a muchos del hambre, Jesús fue levantado para salvarnos a nosotros de algo mucho más profundo: del pecado, de la culpa, de una vida sin Dios.
Y aquí viene lo más poderoso: así como los hermanos de José llegaron con miedo, pensando que serían rechazados, muchas personas hoy sienten lo mismo delante de Dios. Piensan: "He fallado demasiado, Dios no me puede recibir".
Pero Jesús no vino a rechazar; vino a perdonar, a restaurar, a darte una nueva vida. Segunda de Corintios, capítulo 5, versículo 17, nos dice: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, y aquí todas son hechas nuevas".
Hoy tú puedes acercarte a Dios, no importa tu pasado, no importa lo que hayas hecho. Dios puede tomar lo que parecía perdido y darte un nuevo propósito.
Si hoy quieres dar ese paso, puedes hacer esta oración conmigo:
Señor Jesús, reconozco que te necesito. Reconozco que he fallado y que necesito tu perdón. Hoy abro mi corazón y te recibo como mi Salvador. Gracias por morir por mí y por darme una nueva vida. Haz de mí una nueva persona. Desde hoy decido seguirte. Amén.
Si hiciste esta oración, es el inicio de una nueva historia. Así como la vida de José cambió, Dios también puede transformar la tuya. Dios te bendiga.
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