Jueves, 09 de Abril de 2026
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La muerte de Jesús

La muerte de Jesús

Héctor de Luna Espinosa



Me han dicho que Jesús murió por mis pecados, pero ¿qué significa eso exactamente? ¿Cómo podría la muerte de Jesús ayudarme a ir al cielo, o de qué me salva la muerte de Cristo?

Una forma de comprender el significado de la muerte de Jesús es imaginar una escena en un tribunal, donde somos juzgados por nuestros pecados y Dios es el juez. Nuestros pecados contra Dios son crímenes capitales. Dios mismo es nuestro juez y, según la ley divina, nuestros crímenes merecen la pena de muerte. La muerte, en un sentido espiritual, significa la separación eterna de Dios en un tormento eterno. Es un asunto muy serio.

Al derramar su sangre en la cruz, Jesús tomó sobre sí el castigo que merecíamos y nos ofreció su justicia. Cuando confiamos en Cristo para nuestra salvación, en esencia estamos haciendo un intercambio: por fe cambiamos nuestro pecado y la pena de muerte que conlleva por su justicia y su vida. En términos teológicos, esto se llama expiación sustitutiva. Cristo murió en la cruz como nuestro sustituto; sin Él, sufriríamos la pena de muerte por nuestros propios pecados.

Quiero compartirles algunos versículos que explican este concepto. Refiriéndose a Jesús, Segunda de Corintios cinco veintiuno dice: al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él.

Luego, Primera de Pedro dos, versículos veintitrés y veinticuatro, dice: quien, cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó Él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.

Y en Isaías cincuenta y tres, versículos cuatro y cinco, nos dice: ciertamente llevó Él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido; mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por su llaga fuimos nosotros curados.

El autor de la carta a los Hebreos lo expresa así: y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión. Para que Dios perdonara nuestros pecados, su juicio debía ser satisfecho, y eso requería el derramamiento de sangre.

¿Por qué el perdón requiere el derramamiento de sangre? Este no es un decreto que viene de parte de un Dios sanguinario, como algunos han sugerido. No hay un mejor símbolo de vida que la sangre; ella nos mantiene vivos. Jesucristo derramó su sangre y dio su vida por nuestros pecados, de modo que no tuviéramos que sufrir la muerte espiritual, que significa separación eterna de Dios, como ya lo mencioné anteriormente.

Jesucristo es la fuente de vida, no de muerte, y Él ofreció su propia vida para pagar nuestra deuda, de manera que pudiéramos vivir. Después de derramar su sangre por nosotros, resucitó victorioso del sepulcro y proclamó su victoria sobre el pecado y la muerte.

Sin embargo, no entendiendo este principio, algunos objetan: derramarse sangre parece tan bárbaro, ¿de verdad es necesario? ¿Por qué Dios no nos perdona simplemente? La respuesta es porque Dios es santo y debe juzgar el pecado. ¿Acaso un juez justo y recto dejaría el mal impune?

En la cruz, Dios derramó su juicio sobre su Hijo, satisfaciendo su ira y haciendo posible que nos perdonara. Por eso Jesús derramó su sangre por tus pecados, mis pecados y los pecados del mundo entero.

Ahora, ¿en qué momento de la crucifixión Dios derramó su juicio sobre su amado Hijo? Muchos teólogos creen que fue hacia el final de las tres horas de oscuridad, cuando Jesús exclamó: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al tomar sobre sí los pecados del mundo, Jesús se apartó de la santa comunión con Dios, y Dios, a su vez, se apartó de su Hijo. Fue una separación temporal, pero dolorosa, pues en ese instante el Hijo de Dios quedó abandonado por su Padre.

Dios desató su ira sobre su Hijo para que nosotros pudiéramos librarnos de ese terrible destino. Este es el mensaje central de la cruz y la razón de nuestra esperanza: Dios abandonó a su Hijo para no abandonarnos jamás.

Dios nos asegura: nunca te dejaré ni te abandonaré.

Te pregunto: ¿has puesto tu confianza en Jesucristo como el sustituto de tus pecados? ¿Crees que Jesús murió por ti para darte vida eterna y que resucitó de entre los muertos, victorioso sobre el pecado?

Si no es así, te animo a que recibas a Jesús como tu Salvador ahora mismo. Puedes expresar tu deseo en una oración como esta:

Señor Jesús, sé que soy pecador; creo que moriste por mis pecados y resucitaste. Ahora confío en ti como mi Salvador. Perdóname mis pecados y transfórmame en la persona que tú quieres que sea. Gracias por el don de la vida eterna. Amén.

Si en verdad crees en el Señor Jesucristo, tienes vida eterna. Puedes descansar en esa verdad.

El apóstol Juan escribió: y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida.

Pero tú, cuando tienes al Hijo de Dios, el Señor Jesús, tienes vida eterna.

Dios te bendiga.

 


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