Jueves, 15 de Noviembre de 2018
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La “guardia pretoriana” en la mira

La “guardia pretoriana” en la mira

Juan Veledíaz


Por primera vez en su historia, que comenzó con la llegada de un civil a la presidencia de la república hace 62 años, el Estado Mayor Presidencial la otrora “guardia pretoriana” del presidencialismo mexicano, está bajo la lupa. La “oficina militar de la Presidencia”, según lo anunció la noche de su triunfo electoral Andrés Manuel López Obrador pasará bajo jurisdicción de la secretaría de la Defensa Nacional, con una primera intención de acotar los cotos de poder político, el tráfico de influencias y la falta de fiscalización y rendición de cuentas que caracteriza a este cuerpo especial, resabio del viejo sistema presidencialista autoritario. Paradojas de la historia, medio siglo después de uno de los episodios más oscuros de la existencia del EMP, por el rol de sus francotiradores en la matanza estudiantil de Tlatelolco, su paso a la extinción se vislumbra en el horizonte.

La primera vez en su carrera militar que tuvo mando de tropas, en funciones operativas en terreno, fue como general de división. Su caso ilustró a la perfección lo que es una crítica en el ejército a los militares que hacen carrera como “ayudantes”, “carga portafolios” y “abre puertas” de políticos en el Estado Mayor Presidencial (EMP).

El día que Roberto Miranda Sánchez piso un cuartel fuera de Guardias Presidenciales y del EMP, fue al terminar el sexenio de Ernesto Zedillo, donde ocupó la jefatura del cuerpo especial encargado de la seguridad del presidente de la república y su familia. Y donde consiguió todos sus ascensos desde teniente a general de división.

A Miranda Sánchez se le reconoció su labor logística, de organización y conocedor de protocolos, pero no como comandante de tropas. Las críticas de sus subordinados, primero en Torreón, donde llegó como comandante de la Onceava Región Militar al inicio del sexenio foxista, y después en Mazatlán al frente de la Tercera Región Militar, fue que no sabía mandar.

Era el típico comandante que a gritos, abusos, arrestos y rabietas quería hacerse respetar, dice a este Blog un oficial que le tocó como superior jerárquico en aquel tiempo.

Mirada era lo que se le conoce como un “traga fuego”, es decir aquel que utiliza el recurso de la rabia y el abuso como estratagema para ocultar su ignorancia operativa en terreno. No era caso único, dice esta fuente que pidió el anonimato para evitar represalias en su actual destino, suele ocurrir con quienes hacen carrera en oficinas, salones de recepciones oficiales y en rutinas en el Cuerpo de Guardias Presidenciales que nutre al EMP.

Hubo un momento en que Miranda aspiró a ser secretario de la Defensa Nacional, a finales del sexenio calderonista. Dio entrevistas, habló de reformar a la Sedena, pero su expediente de sus últimas encomiendas no le alcanzó ni siquiera para ser tomado en serio.

En el año 2000 uno de sus ex jefes en el EMP también busco seguir en las mieles y privilegios del presupuesto público. Cuando el general Miguel Ángel Godínez Bravo declaró al periódico Milenio en aquel entonces, que no se descartaba para encabezar la Sedena, a más de un militar de profesión y curtido en la sierra, desierto y selva, les provocó una carcajada. El hombre que le cubrió las espaldas y guardó los secretos de José López Portillo, creía, se sentía, que podía estar al frente de la Defensa Nacional. El estallido de la rebelión en Chiapas a la media noche del 31 de diciembre de 1993, cuando era comandante de región en esa entidad, no solo lo dejó mal parado, sino exhibió la poca experiencia en el manejo de información de inteligencia que oportunamente le habían hecho llegar.

En su momento fue opinión generalizada entre varios de sus colegas contemporáneos que, de Godínez a Miranda, los militares adscritos al EMP que se habían ganado el escudo del águila con las estrellas, que los acreditaba como generales del ejército, había sido más por su servicio al presidente en turno que en terreno al frente de unidades operativas.

Sin rendir cuentas a nadie
De acuerdo a información oficial, hasta el año 2006 se tenía registrado que el Estado Mayor Presidencial contaba con 11 generales y almirantes, 174 jefes –es decir oficiales con el rango de coronel, teniente coronel, mayor y sus equivalentes en la marina que son capitanes—402 oficiales subalternos, 821 elementos de tropa y marinería, así como 45 policías federales y 410 civiles, para sumar mil 863 efectivos.

Si se sumaran los efectivos del Cuerpo de Guardias Presidenciales, el jefe del EMP, tiene bajo su mando a alrededor de nueve mil efectivos, encuadrados en diversas dependencias y unidades.

Esto constituye una cuarta fuerza armada por encima de la secretaría de la Defensa Nacional, la Fuerza Aérea y la secretaría de Marina Armada de México, dice a este Blog el general brigadier retirado José Francisco Gallardo Rodríguez.

Gallardo, quien abordó en su tesis doctoral algunos conceptos clave para entender la seguridad nacional y el papel de las fuerzas armadas dentro de una reforma del Estado,

asegura que la existencia del EMP desde su origen está fuera de cualquier ley o reglamento. Su existencia es partir de un ordenamiento del fuero militar. “¿Con base en qué? Cuando cualquier ordenamiento legal debe tener como fuente de derecho a la Constitución, la Ley Orgánica del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos. Y el Estado Mayor Presidencial no aparece. El Estado Mayor Presidencial es un órgano técnico militar que auxiliará al Presidente de la República en la obtención de información general; planificará sus actividades personales propias del cargo y las prevenciones para su seguridad, participará en la ejecución de las actividades procedentes como una unidad administrativa de la Presidencia de la República, adscrita directamente al Presidente. El EMP se encuentra integrado dentro de la estructura de la Presidencia de la República, con base en un Manual de Organización. Por tanto, es una oficina militar de la Presidencia”, dice.

El Cuerpo de Guardias Presidenciales, que fue creado en septiembre de 1952 a pocos meses para que concluyera el sexenio “alemanista”, está compuesto de un cuartel general, tres batallones de infantería, dos batallones de Policía Militar, un batallón de Transportes, un Grupo de Morteros, un Grupo de Caballería, una Compañía de Ingenieros, una Compañía de Intendencia, una Compañía de Sanidad y una sección de Transmisiones además de una batería de honores y una banda de música, lo que sumaría alrededor de cinco mil efectivos.

También existe desde 1983 el 24 batallón de infantería de Marina adscrito a Guardias Presidenciales, integrado por un mando, un grupo de comando y tres compañías de fusileros, una compañía de armas de apoyo, y una compañía de cuartel general y de servicios, lo cual suma alrededor de 800 efectivos.

El EMP cuenta desde 1986 con un Grupo Aéreo de Transporte Presidencial, integrado por pilotos de la Fuerza Aérea y los servicios aéreos, su número de efectivos varía, pero ronda los 500 con 15 aeronaves.

Todo este personal tiene a su cargo el Palacio Nacional, la residencia oficial de Los Pinos, edificio Molino del Rey, el predio Constituyentes, el Hangar Presidencial, el centro hospitalario, el campo militar Marte, el campo deportivo del EMP, un sitio marcado por las intrigas que ahí se fraguaron previo a la matanza estudiantil del 2 de octubre de 1968.

Además de operadores logísticos y golpeadores de fotógrafos de prensa que se acercan demasiado al “Tlatoani” sexenal, el EMP tiene también la facultad de garantizar la seguridad de mandatarios y funcionarios extranjeros que visiten el país, de los ex presidentes de la república, donde algunos ex jefes del EMP se han retirado, y de otras personalidades que por la importancia de su cargo o encomienda ordene de manera expresa el presidente de la república.

Ha sido con el pretexto de su misión de garantizar la seguridad de instalaciones presidenciales, que el EMP se ha regodeado de canonjías y prestaciones que los hacen ser una “casta intocable”. Gallardo recuerda que una de sus actividades como cuerpo especial ha sido desarrollar actividades de inteligencia y contrainteligencia que son necesarias para el cumplimiento de las funciones del EMP.

Bajo este argumento en 1967 el entonces jefe del EMP, el general Luis Gutiérrez Oropeza mandó a un grupo de oficiales encabezados por el entonces mayor Carlos Humberto Bermúdez Dávila a entrenarse en tácticas antiterroristas a bases militares estadounidenses.

Gutiérrez Oropeza, conocido con el mote del “Poblano”, pasó a la historia como el cerebro detrás de la matanza estudiantil de Tlatelolco tras revelar en sus informes póstumos el entonces secretario de la Defensa Nacional, el general Marcelino García Barragán, cómo sus soldados detuvieron a varios oficiales del EMP que habían actuado como francotiradores desde los edificios de la Plaza de las Tres Culturas aquella tarde del 2 de octubre de 1968.

Bermúdez era entonces jefe de la sección segunda, inteligencia militar, del EMP, y en su expediente aparece aquel curso de un año antes en Estados Unidos.

Su relevo en 1970 en el EMP, el hoy brigadier retirado Jorge Carrillo Oléa, fundador del Cisen, lo señala como uno de los orquestadores de aquella provocación al ejército que devino en el trágico tiroteo que marcó la historia contemporánea del país del que este año se cumple medio siglo de ocurrido.

Paradojas de la historia, 50 años después de uno de los episodios más oscuros de la existencia del EMP por su papel en Tlatelolco, su paso a la extinción se vislumbra en el horizonte.

twitter. @velediaz424
sitio web. estadomayor.mx

 


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