Lunes, 20 de Noviembre de 2017
CIUDAD VALLES, S.L.P.
DIRECTOR GENERAL.
SAMUEL ROA BOTELLO
Semana del 03 de Noviembre al 09 de Noviembre de 2017

El recuerdo imborrable de mi abuelo

El recuerdo imborrable de mi abuelo

Rodolfo del Ángel del Ángel


Su nombre era un permanente recordatorio de su huella señera por este mundo; se llamaba Domingo, padre de mi padre. El primero que respondió al llamado de la fe en su familia a la edad de 40 años. Bajito de estatura, temperamental y generoso a la vez, ojos claros como el verde del campo del que vivió rodeado toda su existencia. Arraigado a su tierra, ausente de ella era como un pez fuera del agua. Cuando nos visitaba con la abuela en San Luís al saludarnos lo primero que decía era: “nos vamos luego, no podemos dejar los puercos, las gallinas y las plantas mucho tiempo, encargadas no las cuidan igual”

Le encantaba viajar en el tren a Tampico. Una vez que le acompañé me di cuenta de que uno de sus secretos placeres era comprar de todo lo que vendían a lo largo del camino. Prácticamente se volvía como un chiquillo antojadizo.

Tenía su muy especial y única forma de expresar el amor por sus nietos. Nos sentaba en su silla de peluquero y nos hacía un corte muy a su estilo, a “coco”; dejando sólo un “copetito” como recuerdo del cabello que habíamos perdido y teníamos la esperanza de recuperar.

Era apreciado por todos, en el pueblo le llamaban “tío Mingo”. Construyó casi todas las casas del lugar, a los 70 años lo vi trepado reparando el techo de la cocina de la casa de la abuela, por supuesto, cortó el cabello de todos, niños, adultos y viejos.

Por años fue la única cabeza que se inclinó en casa a la hora de los alimentos para dar gracias. Fue un testimonio silencioso de fidelidad a su Dios junto con su primo hermano, Don Julio. Entre los dos mantuvieron en pie, a veces precariamente, el único y ruinoso templo del lugar. Por muchos años, domingo tras domingo, debido a la falta de obrero o pastor, aquellos dos viejos anduvieron el camino hacia la Casa de Dios para celebrar ellos dos el culto, ambos eran ancianos gobernantes. Cómo los únicos miembros activos se turnaban para compartir la Palabra y reunir la ofrenda.

A lo largo del tiempo su figura encorvada, su rostro arrugado, sus manos recias y su mirada tierna me acompañan como un vivo e imborrable recuerdo.

Se lo llevó un cáncer, se fue antes que la abuela, en su cama. Acompañado de su fiel amigo y hermano cantó antes de partir las estrofas del himno ¡Cuan Grande Es Él!

“Cuando el Señor me llame a su presencia, al dulce hogar, al cielo de esplendor, le adoraré cantando la grandeza de su poder y su infinito amor.”

La memoria de mi abuelo y el testimonio de su fidelidad le dan vida a las palabras del salmista: “El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano. Plantados en la casa del Señor, en los atrios de nuestro Dios florecerán. Aún en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes, para anunciar que el Señor mi fortaleza es recto, y que en él no hay injusticia” (Salmo 92:12-15).

También me recuerda aquella canción de mis ayeres que bien le iba, pues él nació al inicio del siglo, justo en el año 1900. “Es un buen tipo mi viejo”, con esa canción lo saludo una vez más en el recuerdo diciéndole: “Yo soy tu sangre mi viejo, soy tu silencio y tu tiempo”.

 


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