Martes, 26 de Septiembre de 2017
CIUDAD VALLES, S.L.P.
DIRECTOR GENERAL.
SAMUEL ROA BOTELLO
Semana del 18 de Agosto al 24 de Agosto de 2017

¡Cuánto amor el tuyo, Señor!

¡Cuánto amor el tuyo, Señor!

Rodolfo del Ángel del Ángel


El amor en la experiencia humana es siempre una aspiración que nunca alcanza la altura y la medida del amor perfecto. Claro, aunque tengamos las mejores intenciones y nos unan lazos de afecto hacia los demás, siempre hay algún grado de egoísmo y de temor en nuestra manera de amar. Lo cual no quiere decir que debamos dejar de intentar, pero con esa conciencia: estamos siempre aprendiendo. Si eso somos, unos aprendices del amor.

El amor en la experiencia humana siempre está esperando algún grado de recompensa o reciprocidad. Damos, esperando recibir, somos pacientes si nos tratan con paciencia, somos generosos, si nos tratan de generosidad. Ciertamente que esta es una forma conveniente de tratar a los demás y, por supuesto, tiene su grado de valor. ¡Si al menos aprendiéramos esta clase de “amor” viviríamos con cierto bienestar! Pero bien dijo Jesús: “Si aman a quienes les aman. . . ¿que hacen de más”?

El amor verdadero nos llama a “hacer algo más” ¡Que palabras más desafiantes! Implican, prácticamente, una renuncia consciente y voluntaria a nuestros propios derechos para dar y darse a los demás. Jesús nos llama a caminar una milla más de la exigida, a entregar también la capa cuando nos arrebaten la túnica, a poner la otra mejilla cuando nos han golpeado una. ¡Vaya, esos si que es amar! Pero ¿quién es capaz de semejante entrega, de tal grado de negación?

El referente perfecto y único de esta manera de amar no lo vamos a encontrar en la experiencia humana, por lo menos en la experiencia humana común. Solo Dios es amor perfecto y ese amor se reveló en la forma de una cruz grabada en la historia de la humanidad.

Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo Unigénito. Cristo puso su vida por nosotros por amor. Todo ellos sin merecimiento alguno de nuestra parte, solo porque Él así lo quiso y lo decidió. El amor verdadero es una gracia, es incondicional, espontáneo, inmotivado. El amor verdadero es entrega absoluta, sin medida por quienes no merecen ser amados, esos somos nosotros. Con razón San Pablo dice que las dimensiones del amor divino rebasan toda categoría, todo criterio humano que pretenda comprender lo inconmensurable. Solo esta clase de amor trae perdón y reconciliación, solo esta clase de amor rebasa toda ley que condena, toda justicia que acusa, todo pecado que mata.

Nos preguntamos cómo podemos transformar una sociedad llena de violencia, muerte, indiferencia y egoísmo. Cómo podemos restaurar relaciones quebrantadas, cómo podemos superar el odio y los resentimientos; la respuesta es: solo amando, amando de una manera semejante al amor de Jesús. Claro, descubrimos que somos imperfectos, que nuestra humanidad nos sale al paso, que se antoja imposible correr el riesgo. Tenemos que pedirle a él que cambie nuestro corazón y nos enseñe, nos eduque en al amor, que nos conceda saber perdonar, ser generosos, aprender a servir de manera alegre y desprendida. Para ello necesitamos sumergirnos en el océano del amor divino y encontrar en él la inspiración y la fuerza. Bien dice San Juan: Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros (1 Juan 1:11)

 


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