Domingo, 08 de Febrero de 2026
CIUDAD VALLES, S.L.P.
DIRECTOR GENERAL.
SAMUEL ROA BOTELLO
Semana del 18 de Julio al 24 de Julio 2014

La moral pública

La moral pública



El que fuese gobernador y Sátrapa de San Luís potosí, Gonzalo N. Santos, decía que la moral es un árbol que da moras, definiendo a la perfección su concepto del comportamiento que deben de tener los hombres públicos. En su pragmatismo, lo único que importaba al astuto gobernante, era conquistar y retener el poder por el poder mismo y no para servir a sus conciudadanos.

La moral de nuestros políticos hoy día está por los suelos. Más aún que todos sabemos que nuestros políticos exhiben una catadura moral tan baja, tan ruin, de la que son portadores un gran número de nuestros políticos. Y es que un político sin moral, sin ética es más peligroso que lo que pueda ser un autócrata para su pueblo. Y para ilustrar nuestro optimismo como decía “Monsi”, está el papelón que hicieron en Brasil tres ex diputados del partido de los sepulcros blanquiazules (PAN) a la Asamblea legislativa del D.F., y hoy flamantes funcionarios de la delegación Benito Juárez, por darle tremenda “madrina” a unos brasileños que no permitían que nuestros egregios paisanos militantes del sepulcro blanquiazul manosearan a una exuberante brasileña. En los días que corren todos los mexicanos conocemos de la doble moral de muchos de nuestros hombres públicos, pero destacan como paladines de la doble moral los sepulcros blanquiazules, quienes por mucho tiempo se arrogaron el derecho de la ética y moral públicas, pero que cuando ejercieron el poder mostraron su verdadero rostro.

Actualmente el síndrome de la corrupción (ausencia de moral) en México, se ha convertido en el problema número uno para la opinión pública, según los índices de medición que realizan las encuestadoras. El tema de la corrupción es recurrente en las conversaciones cotidianas, tantos en foros de análisis, medios de comunicación masiva, como en grupos familiares, la Chorcha del café y la ciudadanía en general.

En una sociedad que ha tenido una limitada creencia en el sistema democrático, y que las formas de representación política ha sido a través de los partidos políticos, se torna muy preocupante la caída en la falta de credibilidad en los políticos, apatía electoral y altos índices de abstencionismo en las últimas elecciones nacionales que parece que no han variado para las elecciones de Julio del 2014. La doble moral de los gobernantes, políticos o detentadores del poder es un factor determinante del fenómeno de la corrupción y de esa pérdida de credibilidad.

La corrupción en la función pública y privada, corresponde a conductas antiguas, no es una nueva patología social; y debe estudiarse y tomar decisiones en todos los aspectos como el educativo, recuperar los valores morales y éticos, los problemas socioeconómicos, los temas religiosos o políticos. La prensa juega un papel de suma importancia en la denuncia contra actos corruptos, tiene una función fiscalizadora y de vigilancia al servicio de la sociedad.

La corrupción, en mayor o menor grado, ha existido siempre en el ámbito de la gestión pública. En todos los tiempos, sin excepción de sistema político, culturas y religiones. El fenómeno es de carácter mundial. Al parecer, las graves penas establecidas ya en el Código de Hammurabi escrito hace poco más de tres mil quinientos años contra los gobernantes corruptos no han surtido efectos beneficos. Cicerón forjó su carrera política denunciando la corrupción de Verres. En la obra Breviario de los políticos, del cardenal Mazarino, se destaca el capítulo “dar y hacer regalos”: relevantes ministros de las monarquías; francesa, inglesa y española fueron grandes depredadores. El comercio mundial se desarrolló en el siglo XVII bajo la bandera de las comisiones ocultas (no, la mordida no la inventamos los mexicanos). Hasta el Estado Vaticano (do es la santidad) se ha visto envuelto en algún asunto de corrupción (verbigracia, el cardenal Marzinkus y el Banco Ambrosiano).

La ausencia de moral política y su gemela la corrupción política, entendida como utilización espuria, por parte del gobernante, de potestades públicas en beneficio propio o de terceros afines y en perjuicio del interés general, es un mal canceroso que vive en amasiato con el sistema democrático, a pesar de ser teóricamente incompatible con el mismo, y que debe preocupar muy seriamente a todos los demócratas, ya que corre los cimientos de la democracia, en tanto que elimina la obligada distinción entre bien público y bien privado, característica de cualquier régimen liberal y democrático; rompe la idea de igualdad política, económica, de derechos y de oportunidades, pervirtiendo el pacto social; traiciona el Estado de derecho; supone desprestigio de la política y correlativa desconfianza de la ciudadanía en el sistema, desigualdad en la pugna política, violación de la legalidad y atentado a las reglas del mercado.

En una sociedad abierta y democrática como la mexicana, todos, en mayor o menor medida, somos responsables de la ola de inmoralidad y corrupción que nos asola. Los políticos que la practican, promoviéndola o aceptándola; los sobornadores, ora causantes, ora víctimas; los partidos políticos, carentes a estas alturas de autoridad moral para combatirla; el aparato judicial, que en muchas ocasiones no ha dado el ancho; las instituciones encargadas del control y fiscalización de la actividad administrativa, negligentes casi siempre en su tarea; los medios de comunicación, silenciando (maiceado), a veces, el fenómeno corrupto; la intelectualidad, poco comprometida en su erradicación; la ciudadanía en general, tolerante en exceso con el político corrupto, quizás porque aún no es consciente de que la corrupción la paga de su bolsillo.

Pero, por encima de todas ellas, a mi modesto modo de ver, la causa primera de todos los males en el sector público es la falta de moral pública de muchos de nuestros gobernantes (no todos), llegados a la política no por vocación ni espíritu de servicio, ni siquiera por ideología (qué anacrónicos suenan ya estos conceptos), sino por interés de saquear las arcas públicas. La moral pública debe ser correlativa de la privada. Mal podrá defender la integridad y la moralidad en el plano público quien carece de ella. Por este motivo la educación que no la instrucción vuelve a ser tema central del debate nacional. Cuando la moral pública escasea, la política, que puede ser la más noble de todas las tareas, es susceptible de convertirse en el más vil de los oficios; precisamente porque es una actividad humana y, como tal, defectuosa.

Es esta falta generalizada de moral pública de nuestros gobernantes municipales, por ejemplo, la razón principal del despilfarro del gasto público en los ayuntamientos, del favoritismo en la selección del personal o en la contratación de obras y servicios, de la interesada arbitrariedad en la planificación urbanística, de la negligencia en la gestión del patrimonio municipal o de los frecuentes cambalaches en la composición de las mayorías de gobierno. Es a partir de la ausencia de moral, o de dignidad en el desempeño del cargo, cuando el alcalde (o el regidor, sindico, o el funcionario revestido de capacidad decisoria o meramente asesora), experimenta un total desprecio por el interés general de la ciudadanía y utiliza sus potestades en beneficio particular (propio, de sus allegados o de su partido), orillando los principios constitucionales de eficacia, objetividad, independencia e igualdad, y demás preceptos legales y reglamentarios.

Por ultimo amigo de EMSAvalles, en las próximas elecciones. Cuide el árbol de la moral.

 


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